viernes, 29 de enero de 2016

LA GRAN VÍA DE MADRID.
Breve biografía crítica de una gran calle

1. Madrid nació en el oeste de lo que hoy es el casco antiguo, justamente en el lugar del palacio, en el mismo borde de la cresta militar sobre el río Manzanares. Y se extendió hacia unos terrenos de accidentada topografía, lo que provocó desde el principio su irregularidad planimétrica, agravada también por la complicada configuración del trazado de los caminos y por las azarosas lindes de los predios rurales. Como se puede seguir viendo hoy con toda claridad, el casco antiguo de Madrid -teniendo por tal a todo el territorio anterior al ensanche del siglo XIX- es muy irregular, carente casi por completo de toda geometría.
Esta característica preocupó ya a Felipe II, el rey que hizo de Madrid la capital, y que por ello encargó a Juan de Herrera el trazado de una geométrica plaza mayor capaz de contrarrestar un tanto la intensa irregularidad de lo que se había elegido como corte. Efectivamente fue Herrera quien trazó y quien situó el gran rectángulo de la Plaza Mayor, construido en medio del desorden, aunque el que la realizó realmente fue su ayudante y discípulo Francisco de Mora. Todo ello en los siglos XVI y XVII. Y sería en el XVIII cuando, después de un incendio, otro gran arquitecto madrileño, Juan de Villanueva, le diera a la plaza el aspecto todavía más ordenado que hoy conserva.

Todo esto era casi simbólico en relación al orden urbano que Madrid no podía lograr, aunque el famoso plano de Texeira, también del siglo XVII, parezca casi, con su atractiva persuasión gráfica, convencernos de lo contrario. Muchas reformas parciales se hicieron en Madrid a lo largo del tiempo para conseguir un mayor orden del plano de la ciudad. Una de las importantes fue la calle del Barquillo, llamada así precisamente por la forma tan complicada que tenía el barrio que la nueva apertura iba a reformar. Durante el siglo XIX se hicieron también muchas otras reformas parciales.

Fue igualmente durante este último siglo cuando se empezó a pensar en una importantísima reforma, más importante que todas las que hasta el momento se habían hecho o incluso pensado: en una nueva gran avenida -una “Gran Vía”- que uniera el primer tramo de la calle de Alcalá, algo antes de llegar a la plaza de Cibeles, con la calle de la Princesa, el camino donde se había hecho el palacio de Liria. Se pensaba sobre todo en mejorar el tráfico, entonces muy precario para unir esas zonas, si bien a las personas más profesionales y más conscientes no se les ocultaban los grandes beneficios que una apertura tal iba a tener en relación a la reforma de la precaria estructura urbana de la capital, y así al comercio, a la vida civil y a tantos órdenes de cosas. La idea de la apertura de una Gran Vía se convirtió enseguida casi en una obsesión, y ya en 1866 el municipio había encargado un trazado a Carlos Velasco Peinado, cuya realización chocó frontalmente, sin embargo, con disposiciones de la legislación vigente. Con vistas a poder realizarla, en 1879 se modificó la Ley de Expropiación, de aplicación absolutamente necesaria ya que el nuevo trazado iba a abrir violentamente el casco antiguo de la ciudad, derribando necesariamente numerosos edificios y convirtiendo en vía pública lo que hasta entonces eran mayoritariamente terrenos particulares.

Hasta 1898 -el año de la pérdida de Cuba y de lo demás que quedaba aún del viejo imperio- se hizo un nuevo proyecto, que trazaron los arquitectos José López Salaberry y Francisco Andrés Octavio. Este diseño se sometió a información pública en 1901 y fue aprobado, al fin, en 1904. El ancho inicial, pensado como 20m, se aumentó luego a 25 y después a 35. (Menos mal: haber hecho esta importante calle con un ancho escaso hubiera sido, simplemente, un desastre. Podría decirse que este ancho final era el mínimo para conseguir una avenida digna y adecuada.)

El alcalde de Madrid era entonces el Conde de Peñalver, que ha de considerarse como el verdadero promotor de la vía, y cuyo nombre se le dio al primer tramo de la avenida durante bastantes años. El primer tramo, desde la calle de Alcalá hasta la Red de San Luis, se realizó de 1910 a 1917. De 1917 a 1922 se realizó el 2º tramo, esto es, hasta la plaza del Callao. La empresa concesionaria de los derribos y las obras fue la de Martín Albert Silver, un banquero francés, que cedió el trabajo en 1923 al negociante bilbaíno Horacio Echevarrieta Maruri. En 1925 se comenzó la realización del tercer tramo, de la plaza del Callao a la plaza de España, que no se terminó hasta los años 50.

Ni que decir tiene que lo más violento y transformador de la realización de la avenida eran, en principio, los derribos, si bien luego serían los edificios quienes intervinieran con mayor y definitiva impronta. Entre las dificultades inherentes a dichos derribos puede citarse el ejemplo de la difícil solución dada al ábside del oratorio del Caballero de Gracia, de Juan de Villanueva, cuya curvatura quedó en posición tangente con la nueva calle, y que fue resuelto entonces mediante una fachada ecléctica que incluía unas viviendas, hoy sustituido de nuevo por una solución más moderna, aunque no demasiado convincente, de Javier Feduchi y de los años 80. Entre las desapariciones posteriores a la realización de la avenida, la más comentada y popular fue la del templete del Metro situado en la Red de San Luis, realizado por Antonio Palacios en 1917-19 y retirado en los años 60.

Con la construcción de esta gran avenida, la configuración del centro de la ciudad cambió por completo. El eje de la calle de Alcalá, que tiene hacia el Este una prolongación nítida y prácticamente indefinida, se inicia desde el Oeste dividida en 2 calles, Arenal y Mayor, cerradas ambas por el Palacio y por la cornisa sobre el río, y tan sólo unidas al llegar a la Puerta del Sol. La Gran Vía, en cambio, se prolonga hacia el Noroeste mediante la calle de la Princesa hasta enlazar con la Moncloa, la Ciudad Universitaria y la carretera de La Coruña. A partir, pues, de la realización de la Gran Vía el eje Este Oeste se convirtió en el Noroeste-Este, duplicado en la parte más antigua y central, y que, por primera vez, atraviesa, une y relaciona toda la ciudad. La estructura misma de la metrópoli había, pues, cambiado.

El propio centro había cambiado también, lógicamente, y se había organizado y especializado. Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, el primer tramo de la calle de Alcalá, entre Sol y Cibeles, se había renovado por completo, construyéndose en él las sedes de las empresas bancarias y de negocios, así como las de otras muchas y variadas instituciones. Esta importante vía, considerada ya como la principal, se convirtió así, de facto, en la calle más representativa de la capital, dotada de una arquitectura ecléctica especialmente afortunada y bastante conseguida como un hecho de conjunto, hecho físico y material que sobrevive hoy más allá del traslado del centro de negocios hacia el eje de la Castellana y, en general, hacia el norte.
La Gran Vía, aunque pensada también en principio como un soporte residencial de calidad, se convirtió enseguida en un eje terciario, pero no institucional o de negocios, sino comercial, de ocio y hostelero. El gran y pequeño comercio, los teatros y los cines, los pequeños y grandes hoteles y unos pisos que iban pasando con rapidez de viviendas a oficinas, especializaron la Gran Vía frente a la calle de Alcalá, y convirtieron este doble eje en lo más importante del centro de Madrid, con su nexo de unión en el sistema de la Puerta del Sol y la plaza del Callao mediante la pequeña trama de calles que lo articulan, principalmente las de Preciados y Carmen. La Gran Vía se convirtió en la arteria más popular de Madrid, en el gran eje comercial y de actividades del centro. Su tan deseada realización cambió la ciudad por completo, como ya hemos explicado, y le dio su elemento urbano quizá más atractivo y poderoso.

2. El primer tramo de la Gran Vía, que asciende –dando con ello una cierta sensación de fatiga, como si se rememorara la dificultad que se tuvo para iniciarla-, comienza con el gran edificio singular que fue el de la Unión y El Fénix (Alcalá 39, arqtos. Jules y Raymond Fevrier, 1905-10, hoy “Metrópolis” y anterior, en realidad, a la avenida), rotonda brillantemente replicada y acompañada por otra inmediata y separada por una calle pequeña, la del edificio que tiene en su planta baja la joyería Grassy (Gran Vía 1, arqto. Eladio Laredo y Carranza, 1916-17). Y este notable y atractivo inicio queda espectacularmente rematado por el gran final de este primer tramo, consistente en la presencia del rascacielos de la Telefónica (Gran Vía 28, arqtos. Ignacio Cárdenas y Pastor y Louis S. Weeks, 1925-29), el más alto del lugar, al menos por su posición, y en una vista ampliamente fotografiada, e inmortalizada también, modernamente, por el afortunado y atractivo pincel de Antonio López García.

Y fue esta arquitectura ecléctica, de estilo neobarroco, la que caracterizó por completo la realización de esta primera parte de la avenida. La Gran Vía fue una actuación relativamente superficial, dicho esto en el sentido de que los nuevos edificios que la apertura supuso rara vez están más al fondo de los solares que ocupan la primera línea de la calle. Los que podríamos llamar “efectos Gran Vía” se extienden a veces por las calles laterales o por plazas traseras, pero no siempre. En la mayoría de los casos, la Gran Vía la constituye únicamente la primera línea de edificios, que siempre resuelven todas las esquinas, naturalmente, pero que no suelen continuar hacia atrás, bien fuera por sí mismos, bien mediante edificios semejantes. La Gran Vía es así como un escenario, una escenografía urbana, y si bien a esta condición podría tenérsele como por algo demasiado superficial –dicho esto en el peor de los sentidos- hemos de rescatar de esta sospecha a la avenida asegurando que la Gran Vía es desde luego una escena porque constituye un gran “Teatro”, un espectacular y magnífico teatro urbano. Nada más, pero tampoco nada menos.

Podría decirse sin exageración que muchos elementos urbanos son un “teatro”, con tantas plazas ocurre eso, por ejemplo. Un teatro quieto, desde luego, donde se representa siempre la misma escena y donde se dicen repetidamente las mismas frases no sonoras, pero un teatro, al fin. Donde los edificios se presentan al modo de personajes que dialogan entre sí y animan con un coloquio sordo, pero elocuente, la quieta escena, y ello más allá de sus estrictas obligaciones estéticas, constructivas y funcionales.
El gran teatro de la Gran Vía tiene tres “actos”, sucesivos en el espacio, y siempre en quieta y continua representación. El primero es el primer tramo del que estábamos hablando, cuyos personajes, en un gesto de firme voluntad unitaria, se han vestido todos de neo-barroco (o, como mucho, de neo-renacimiento); esto es de aquel estilo historicista que estaba más de moda en el Madrid de las dos primeras décadas del siglo, antes de que nada de lo que enseguida sería la arquitectura moderna hiciera su aparición. Era un estilo, y un historicismo, superviviente de las ideas y los modos del siglo XIX, pero que en Madrid, y en España, había tomado un fuerte impulso por la promoción de los “estilos españoles” que, frente a la moda decimonónica de lo francés, había defendido el gran arquitecto y profesor Vicente Lampérez, y que había sido seguido por proyectistas tan ilustres y de tanto éxito como Antonio Palacios, Aníbal González, Leonardo Rucabado y hasta Teodoro de Anasagasti.

Era un estilo –o unos estilos- que venía a disimular un poco la falta real de contenidos arquitectónicos verdaderamente interesantes en las primeras décadas del siglo, extinguidos ya los historicismos decimonónicos, que fueron más profundos e importantes, y sin aparecer todavía, como dijimos, los inicios de la arquitectura moderna. Estilos propios así para un tiempo incierto, un tiempo de espera -aún cuando él mismo no tuviera conciencia de tal- como si se tratara de un paso de baile que no hace otra cosa que dividir y separar dos piezas musicales realmente importantes.

Pero lo cierto es que aunque sea sin otras obras maestras que las ya señaladas del principio y del final, este primer acto y tramo de la Gran Vía, está dotado de suficiente unidad y de una variedad también notable, cuya combinación logra una fortuna escénica no pequeña, y de alto empaque urbano. Si uno va mirando uno a uno los distintos edificios probablemente tenga una importante decepción con muchos de ellos (aunque no con todos), pero como efecto urbano de conjunto hay que reconocer que se tuvo un notable éxito. Y no es un éxito pequeño, ya que resulta más difícil, en general, lograr una armonía de conjunto en un sector de una ciudad que obtener grandes éxitos particulares. Tal parece que los arquitectos de la ciudad que aquí intervinieron hubieran sido absolutamente conscientes de que el verdadero protagonista formal no era otro que la nueva avenida. Entre la unidad y la variedad combinadas y la condición ascendiente de la calle se obtuvieron unos efectos estéticos, en buena medida pintorescos, bastante convincentes.
Cabría señalas algunos otros edificios concretos. El de Gran Vía esquina a Marqués de Valdeiglesias (arqto. Juan Moya, principio de los años 20) es de un estilo neobarroco convencional, pero resolvió muy afortunadamente el ángulo obtuso entre Alcalá y Gran Vía, al inicio de ésta, y la adecuada conexión con la iglesia de San José. El edificio de Gran Vía 4 (de arqto. no conocido y de los años 10) no siguió exactamente el estilo colectivo, pero lo hizo en un modo académico capaz da armonizarse con él, dotado de una fachada muy abierta y acristalada que se enlaza con edificios comerciales de París o, incluso, de Chicago.

De entre los edificios neo-barrocos más enfáticos y conseguidos destaca el de Gran Vía 16 (arqto. julio Martínez Zapata, 1914-16). En Gran Vía 25 (arqto. Modesto López Otero, 1919-25) encontramos en el Hotel Gran Vía una alusión nada desdeñable a la arquitectura vienesa del gran Otto Wagner. Justamente antes de la Telefónica y enfrente del vació de la red de San Luis que abre la calle de la Montera destaca el brillante eclecticismo del edificio de Gran Vía 26 (arqto. Pablo Aranda Sánchez, 1914-16). Aunque podríamos también echar un vistazo hacia algunas de las calles laterales que tienen ciertos “efectos Gran Vía” en solares más retrasados con respecto a la avenida, y descubrir así, en la calle Virgen de los Peligros 11 y 13, al edificio conocido como la “Casa de los portugueses” (arqto. Luis Bellido, 1919-22), de un eclecticismo independiente y personal, muy conseguido, probablemente el edificio estéticamente más cualificado de la zona. Con todos ellos cerramos nuestra referencia a este primer tramo.

3. El segundo tramo (o segundo “acto” del “teatro”), de la red de San Luis a la Plaza del Callao, contaba con una notable ventaja, la condición horizontal y recta, lo que hizo que su imagen urbana sea la mejor, y en la que puede imponerse más el propio espacio urbano vacío como tal, sin que sea demasiado necesaria la relativa unidad arquitectónica que preside el tramo anterior. Esto fue sin duda una fortuna porque aquí, y de hecho, y debido a la época, el cierto consenso cultural que presidía el tramo anterior había desaparecido, si bien puede decirse que las aproximaciones, también eclécticas, acabaron siendo finalmente bastante semejantes.
Ya en los años 20, en los que se construyó el segundo tramo, la idea de los “estilos nacionales” y la consecuente hegemonía del neo-barroco y el neo-renacimiento habían desaparecido. La época seguía siendo ecléctica, pues la arquitectura moderna no era todavía más que incipiente, y los arquitectos practicaban entonces un academicismo clasicista, sin reglas fijas, pero que aspiraba a una frialdad estética mayor, a una neutralidad formal en la que los academicismos clásicos se interpretaban como los instrumentos formales idóneos para resolver cualquier problema arquitectónico. Se dice todo esto en plural para referirse más adecuadamente a unas posiciones que, aunque participaban de lo dicho, no eran arquitectónicamente similares.

Los edificios que podrían haber dado la medida de un estilo académico y clásico capaz de ser colectivo fueron, probablemente, los de Antonio Palacios, el mejor y más adecuado a lo dicho el de Gran Vía 27 (Casa Matesanz, 1919-23), pero también el de Gran Vía 34 (con José Yarnoz Larrosa, 1921-29), aunque este último ofrece importantes detalles, como los tan visibles torreones, que lo hacen indeciso entre un academicismo clásico más puro y frío y los viejos y más “calientes” “estilos nacionales”. Que Palacios había sido enormemente sensible a estos quedó presente en sus obras maestras juveniles del Palacio de Comunicaciones en Cibeles y del Hospital de Jornaleros en la Ronda (Raimundo Fernández Villaverde). Pero luego Palacios aspiró a un estilo clásico y académico más universal, aunque no perdiera por eso los perfiles personales, como demostraron el edificio del Banco del Río de la Plata y el Círculo de Bellas Artes, ambos en la calle de Alcalá, y también los dos citados de la Gran Vía, aunque no sean tan notorios ni tan importantes.
Acompañando a Palacios en esa intención académica más universal, encontramos también el interesante edificio Madrid-París, en Gran vía 32 (arqtos. López Salaberry y Teodoro de Anasagasti, 1920-22 y 1933-34), que fue construido en dos partes y fases, en altura, y que tuvo dichas intenciones tanto en el edificio original de 5 pisos como en el definitivo de 10. Ha de hacerse notar que la final configuración de este edificio acompañó también al de la Telefónica en la emulación de las grandes ciudades norteamericanas (sobre todo, claro está, Chicago y Nueva York), ambición que tanto por la época como por la naturaleza urbana de la avenida no podía ser ajena a la construcción de la Gran Vía. Probablemente no hubo ninguna gran ciudad occidental que fuera ajena en esta época a la citada y poderosa influencia.

De otro lado podría citarse también el edificio del Palacio de la Música (del arqto. Secundino Zuazo, 1924-28), igualmente dentro de estas nuevas tendencias, más frías y abstractas, pero en un volumen mucho más pequeño y especialmente significativo por el arquitecto del que se trata, con una obra arquitectónica y urbanística tan importante para el desarrollo de Madrid en esta época.
Así, pues, y debido paradójicamente al hecho de integrarse en la voluntad de estilo más universal que el clasicismo académico suponía, los edificios de este segundo tramo fueron menos parecidos entre sí. Aunque adquirieron algunos rituales urbanos muy significativos; por ejemplo el del tratamiento singular de las esquinas con las calles menores, gestos importantes, muchas veces repetidos, que hicieron “dialogar” entre sí a las distintas edificaciones y establecieron así un importante nexo entre ellos.

4. En el final del segundo tramo y principio del tercero se produjo un episodio espacial y formal de alto interés, la plaza del Callao, que puede considerarse también como un “cuarto acto” del “teatro” total que la Gran Vía supone. O. si se prefiere, y por su singularidad, un teatro propio. Una escena intensa e independiente, espacialmente puntual al tratarse en este caso de una plaza.
Allí -y contando con el tiempo- se produjo una intensa escena que se inició con unos importantísimos personajes. El primero fue el Palacio de la Prensa (arqto. Pedro Muguruza, 1924-28), en estilo más o menos neobarroco, pero tardío, nada emparentado con los edificios del primer tramo, y sí, y mucho, con las intenciones metropolitanas y de la evocación de los edificios en altura. Las estancias de Muguruza en Estados Unidos no fueron ajenas, naturalmente, a estas intenciones, que antes habíamos destacado ya en términos más generales.

Pero el segundo personaje, el edificio Capitol (o Carrión, tiene dos nombres;arqtos. Luis Martínez Feduchi y Vicente Eced, 1931-33), aunque se enlaza también con América, al menos a través de lo que tiene de la decoración con el estilo “Art-Dèco”, se relaciona sobre todo con el expresionismo alemán, y, muy concretamente, con la obra de Mendelshon, cuando este influyente arquitecto decidió suavizar el expresionismo con los rasgos y el vocabulario propio del racionalismo. Esto le permitió practicar una arquitectura muy atractiva y bastante práctica, lo que le valió importantes obras, de un lado, y también el ejercicio de una importante influencia internacional, de otro. Probablemente una de las obras más afortunadas del mundo dentro del entorno de esta influencia fuera precisamente este edificio Capitol, ganado por Feduchi y Eced en un concurso restringido (al que se presentaron también Muguruza y Gutiérrez Soto) y construido en un lugar en el que su elaborada propuesta formal sirve de imagen a la propia Gran Vía al ofrecerse como fondo de perspectiva del segundo tramo, el más importante tanto por su situación como por su horizontalidad.

Es muy destacable para los dos edificios citados, verdaderos protagonistas de la plaza, el hábil manejo de las distintas escalas y caracteres a los que se enfrentaron allí. En el Palacio de la Prensa son tres: el edificio se presenta ante la plaza en forma de torre, cuya configuración parece autónoma, aunque no lo sea, al tercer tramo de la avenida con un edificio de escala media y continuo, y a la parte de atrás, el casco antiguo, con la escala menor que el volumen ciego de la sala de cine permite. En el Capitol sólo hay dos escalas o caracteres, pero también muy claros y bien resueltos: la escala de torre, igualmente autónoma sólo en apariencia, explícita en la plaza y en diálogo intenso con el Palacio de la Prensa, y enormemente activa en el fondo de perspectiva antes citado. La segunda escala, también paralela a la del Palacio de la Prensa, es la más continua, de altura media y horizontal del desarrollo ligeramente descendente del tercer tramo de la avenida. Tanto el protagonismo de ambos edificios en la plaza como el habilidoso manejo de las escalas diferentes citadas hacen de estos ejemplares, y de su diálogo, uno de los más intensos y logrados episodios de este gran escenario.

El resto de los edificios de la plaza, y de esta misma época o anteriores, son tan sólo complementarios. Podría destacarse, si acaso, el edificio del cine Callao (arqto. Luis Gutiérrez Soto, 1926-27) y ello por su especializada dedicación –un edificio que es tan sólo un cine- como por la cúpula con la que se propuso entrar en diálogo tanto con los edificios más antiguos como con los dos grandes protagonistas futuros, que parecía adivinar.

Los demás edificios singulares son modernos. El que es hoy de la FNAC fue el de “Galerías Preciados” (también de Luis Gutiérrez Soto, realizado después de la guerra civil -años 40- y aumentado posteriormente de altura –años 50-; hoy aparece relativamente reformado para su nuevo uso). Su neutralidad de rascacielos abstracto completa bien la plaza al establecer un nuevo personaje en diálogo suave con las dos torres anteriores. Donde hoy está “El Corte Inglés” (que fue también “Galerías Preciados”, dos instituciones comerciales que fueron muy importantes para la ciudad, la segunda ya desaparecida) estuvo primero el “Hotel Florida” (arqto. Antonio Palacios, que era una referencia importante para los cubano-españoles vueltos a la metrópoli y que visitaban la capital), derribado para dar lugar a la ampliación de “Galerías Preciados” (arqtos. Antonio Perpiñá y Luis Iglesias, 1964-68). Con estas contribuciones, más modernas y de buena calidad, se ha renovado y completado un escenario muy importante, tanto que puede decirse que es por sí mismo toda una síntesis, y, así, el verdadero protagonista de la gran avenida.

5. El tercer tramo, descendiente, como si aludiera a los más apresurados nuevos tiempos, fue realizado como dijimos desde los años treinta hasta los cincuenta; esto es, dejando de por medio a la terrible guerra civil. La Gran Vía, inacabada, contempló y sufrió los bombardeos de los militares franquistas desde la Casa de Campo, y los de la aviación alemana, y el edificio de la Telefónica, aún reciente, sufrió por su altura las terribles heridas de la guerra fratricida. Hoy nada recuerda, ni siquiera un letrero, la dramática y criminal contienda, tal y como si el disimulo pudiera sustituir al olvido.
Una voluntad todavía ecléctica, pero en muy buena medida ya renovada –esto es, en la que la influencia de la arquitectura moderna se hacía ya sentir con bastante fuerza- construyó mayoritariamente este tercer tramo, con muchas obras interesantes de los años 30. Una de las últimas, el edificio del cine Coliseum (de viviendas y con un gran cine; arqtos Casto Fernández Shaw y Pedro Muguruza, 1931-33) clausuró con gran brillantez formal y urbana el tramo que el Capitol, su edificio estrictamente coetáneo, había iniciado, y dejó testimonio de la ecléctica pero buena arquitectura moderna que se había producido en la etapa republicana. Con su fachada protagonizada por la enfática expresión vertical de la estructura, el edificio Coliseum evocó las grandes ciudades estadounidenses y ayudó a caracterizar adecuadamente la avenida.

Entre ellos, toda clase de cosas; muchas de ellas, edificios pequeños y entre medianeras, los más significativos, y los que forman un mundo arquitectónico indeciso, que mezcla recursos académicos y racionalistas. En otras ocasiones, cosas bien diferentes, como la gran operación de arquitectura “franquista” hecha por los hermanos Joaquín y Julián Otamendi Machimbarrena, en el edificio que fue conocido como el de “Los sótanos”, que aloja el cine Lope de Vega (hoy Teatro) y que ocupa una gran manzana (1944-49). En su inmenso frente podemos observar con claridad el esfuerzo de un tensionado equilibrio –quizá algo ridículo- entre el intento de conservación de los lenguajes de anteguerra y la forzada mezcla con un vocabulario neo-historicista muy poco convincente, sobre todo para sus propios autores, lo que se transparenta en modo notable.

Los Otamendi construyeron también los dos grandes “monstruos” finales, el llamado “Edificio España” (1947-53) y el llamado “Torre de Madrid” (años 50), nuevas emulaciones de las ciudades estadounidenses, esta vez no demasiado cualificadas y bastante exageradas, fuera de escala. Tan fuera de escala que ambos han tenido problemas de supervivencia. Cuando se escriben estas líneas, el edificio “España” está cerrado, es de propiedad china y está amenazado por ser reformado por el arquitecto británico Foster, amenaza ésta última que a quien escribe le parece probablemente la peor de todas. Estas dos antiguas operaciones son testimonio tanto del provincianismo propio de la etapa de posguerra, intentando en vano hacer de Madrid una gran ciudad, como del nacimiento de la especulación del suelo como un muy importante negocio, sustitutivo de la verdadera industria, que nació y prosperó con la desafortunada dictadura militar, tan torpe y tan larga, y que se convirtió luego en una de las actividades económicas más propias de nuestro país, que convivió con el desarrollo de la democracia, con los resultados tan desastrosos que hemos comprobado ya en el siglo siguiente.

La ciudad es un mecanismo y un territorio de especulación económica, desde luego, pero no necesariamente feroz ni tan desafortunada como la que hemos vivido. Nos queda, sin embargo, la Gran Vía como un testimonio muy completo y muy complejo, donde la ciudad como un instrumento de negocio se ha visto compensada las más de las veces con el nacimiento de una calidad urbana y arquitectónica más que notable.

6.
El edificio Madrid-París ocupa con especial atractivo una posición intermedia del tramo segundo y horizontal de la Gran Vía, en la acera Sur, o de los números pares. La singularidad del edificio procede sobre todo de haber sido primero un edificio más bajo (de 7 alturas más unos torreones en las esquinas) y de haber sido, más adelante, prácticamente duplicado, esto es con 5 alturas más sobre las cinco primitivas. Parece ser que el primer proyecto llegó de Francia, producto de un arquitecto desconocido, y que fue ejecutado por el arqto. madrileño Teodoro de Anasagasti y Algán, con la colaboración del ingeniero Maximiliano Jacobson, y de 1920 a 1922. Se trataba de una disposición comercial (los almacenes “Madrid-París”) situada en los diferentes pisos y en torno a un patio cubierto.
La ampliación, producto del cierre de los almacenes y de un cambio de propiedad, fue realizada también por Anasagasti entre 1933 y 1934. Le añadió, en realidad, sólo 3 pisos, uno de ellos en forma de ático, pero modificó completamente la fachada de los dos pisos del último cuerpo antiguo para unirlos con los 3 últimos del nuevo y otorgar a la composición un carácter duplicado, diríamos. Esto es, tomando el hecho de la ampliación como si se tratara en efecto de una duplicación, aunque, en realidad, no lo fuera, y concediendo a este hecho de la duplicación un estatuto compositivo.

El edificio se presenta así ante la calle como un edificio doble, y este gesto le concede un empaque especial, dando a su escala un interesante acierto, y relacionándolo casi directamente con operaciones famosas y bien conocidas de los grandes edificios comerciales de Chicago del final del siglo XIX. La composición tiene así un primer piso de carácter basamental, dos cuerpos superiores de 4 y 3 alturas, separados por una gran cornisa, y ambos animados por composiciones distintas, pero presididas las dos por órdenes gigantes de un clasicismo simplificado y elegante. La composición se corona por medo de un piso completo y otro menor, que se unifican y hacen las veces de cuerpo de coronación.

El resultado es bastante atractivo y especialmente relacionado con las ciudades estadounidenses, incluso en una medida mayor y quizá más cualificada que el edificio de la Telefónica. La composición que hemos descrito era bastante propia de los arquitectos de la ya aludida “Escuela de Chicago”, y fue ridiculizada por Frank Lloyd Wright cuando dijo que los arquitectos de la ciudad proyectaban los edificios en altura poniendo un palacio clásico encima de otro. Quizá el gran genio estadounidense envidiaba aquellos importantes encargos, y es preciso reconocer que no definió mal el método propio de sus antecesores, aunque también es necesario observar que dicho método, aunque rozase en cierto modo el ridículo, como Wright observó, también lograba una notable eficacia.
El edificio Madrid-París es, de hecho, un edificio más atractivo como volumen urbano después de su ampliación (o duplicación), pues antes era un volumen relacionado con la arquitectura ecléctica, mucho más anodino. El hecho de la duplicación, falsa o no (“poner un palacio clásico encima de otro”), decidida, brutal y metropolitana, le benefició mucho en el aspecto que estamos tratando.
De 1933 a 1935, el arquitecto Anasagasti, con la colaboración de Charles Siclis, realizó en una parte de las plantas bajas del edificio, el cine “Madrid-París”, instalación del tiempo del racionalismo especialmente sofisticada y atractiva, y de la que tenemos documentación ya sólo a través de las revistas de la época, pues ya no existe. Inmediatamente después de la guerra civil, y aunque continuó el uso con el nombre de “Cine Imperial”, su decoración y su forma fue modificada para someterse al cretino gusto ecléctico y provinciano de los vencedores de la guerra fratricida. Finalmente, este segundo cine también desapareció.

7. Sintetizando: la Gran Vía es una calle de altísima vitalidad comercial y popular, y cuyo trazado fue un acierto para definir más cualificadamente la estructura urbana de la metrópoli. Esta doble condición la ha convertido en un elemento valiosísimo de la capital y cuya importancia nunca morirá. Su condición paisajística y ambiental, su capacidad de ser un “teatro” arquitectónico, representa así, fiel y adecuadamente, esta importancia.



LA “CIUDAD DE LA JUSTICIA” DE MADRID EN EL BARRIO DE ARGÜELLES.
UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD



Como es bien conocido por todos, la llamada “Ciudad de la Justicia” de la Comunidad de Madrid ha fracasado, y probablemente para bien. Tanto la muy insensata localización junto a la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas, simbólica y funcionalmente equivocada, como la disposición de edificios cilíndricos repetidos, producto del concurso celebrado al efecto, eran errores demasiado graves para ser olvidados. Pero, como dicen, no hay mal que por bien no venga: en esta ocasión, la crisis económica ha hecho fracasar algo que no tenía sentido. Resulta necesario aprovechar positivamente la situación creada.

Pues la “Ciudad de la Justicia” debería estar necesariamente en la ciudad tradicional; esto es, en la ciudad central. Si no, ni sería ciudad ni sería justa. Ni tendría la situación que se necesita para bien de todos, ni la posición simbólica que obligadamente debe ocupar y que merece para sí misma. Y, por lo tanto, está bien claro que no puede de ser de nueva planta. Necesita aprovechar y transformar edificios y lugares centrales, que son lugares ya usados, que ya existen.

Pero si se observa la ciudad capital con mediana atención, se podrá ver que en el barrio de Argüelles-Chamberí hay algunos edificios oficiales que están abandonados, que están vacantes o medio vacantes, que están poco utilizados. O cuyo uso es indebido, en realidad, lo que se verá enseguida si ello examina correctamente.

El primero y más claro de todos los sitios disponibles para lo que nos interesa es el antiguo Hospital del Ejército de Tierra (de cuyo antiguo nombre no quiero acordarme), que ocupa una manzana completa de la cuadrícula del ensanche madrileño en el barrio de Argüelles, la definida por las calles de Joaquín María López (por donde tiene la entrada principal), Isaac Peral, Donoso Cortés e Hilaríón Eslava. Está cerrado y abandonado desde hace bastantes años, aunque hay un pequeño volumen en esquina (la de Isaac Peral / Donoso Cortés) que permanece ocupado, si bien esto parece más un “marcaje territorial”, diríamos, tan simbólico como pícaro, que una situación del todo realista. También hay una parte considerable de la manzana que está vacía, pues lo estuvo siempre, y que podría acabar de edificarse, si fuera necesario. Y la fachada principal, como está en una de las calles estrechas, podría cambiarse y abrirse de nuevo a la calle de Isaac Peral, la más ancha e importante, con el fin de dar al edificio una representatividad oficial mayor. Es ésta del antiguo Hospital una de las oportunidades más claras, si no la que más, al tratarse un edificio estatal vacante, abandonado, y ya desde hace bastantes años.

Pero, yendo desde él en dirección al Este, y a menos de diez minutos andando de la manzana señalada, en la gran calle de Cea Bermúdez, se encuentra el edificio y el complejo de lo que fue “Parque Móvil” de los ministerios civiles, organización oficial al parecer superviviente todavía, pero hoy obsoleta y en desuso, que semeja estar ocupado sólo en parte; esto es, que tiene todas las trazas de estar medio abandonado. Ocupa un frente que es casi una manzana por Cea Bermúdez, pero su enorme complejo es de dos manzanas continuas en profundidad y en el sentido perpendicular a esta calle principal. Su importante presencia en la calle de Cea Bermúdez, su empaque oficial, su grandísimo tamaño y su capacidad de transformación le hacen un excelente candidato a convertirse en uno de los nuevos “Palacios de Justicia”. Ya llevamos, pues, dos monstruos oficiales, abandonados o medio abandonados.
Ahora bien, el candidato más importante para nuestros fines, a menos de 5 minutos andando del antiguo Hospital militar, es el gran edificio de estilo neo-austríaco que fue el Ministerio del Aire durante la pasada dictadura, el que se convirtió en cuartel general del Ejército del Aire ya en la democracia, al instituirse el Ministerio de Defensa, y que ocupa solemnemente la plaza de la Moncloa, con una superficie de una manzana en dirección hacia el paseo del Pintor Rosales, pero de más de una en dirección al Sur. Su uso es, ahora ya, completamente indebido, pues su situación y su presencia –acaso idóneos en tiempos de la dictadura militar y para los fines de aquélla- son hoy inadecuados, casi ofensivos, en realidad. Y el enorme e innecesario tamaño del complejo deja en ridículo el del edificio dedicado al Ejército de Tierra, en Cibeles, y el de la Marina, en el paseo del Prado. Cuando el gobierno de la democracia suprimió los tres ministerios militares franquistas para sustituirlos por uno solo, el de Defensa, adjudicó otra sede al ministerio –la del antiguo departamento de Información y Turismo, y luego de Cultura, en la prolongación de la Castellana-, pero les dejó los edificios antiguos, como sedes propias, a los tres ejércitos. Una compensación importante, desde luego, no fuera que los sables empezaban a blandirse. Pero una cierta cobardía civil, también. Y explicable acaso por las circunstancias políticas de entonces, pero hoy ya no.

Antes de pensar, amigo lector, que resulta imposible siquiera pensar por un momento que este edificio y este complejo sean cedidos por la administración central para pasar a ser la parte más importante de la nueva “Ciudad de la Justicia” de la Comunidad de Madrid, considérese simplemente lo que ocurriría si el actual letrero de “Ejército del Aire” se cambiara por el de “Palacio de Justicia”. Este cambio de leyenda contradeciría frontalmente el conocido dicho, pues demostraría que, a veces al menos, valen más unas pocas palabras que mil imágenes. El letrero nuevo sería capaz de rescatar al edificio todo, incluso daría un cierto y nuevo sentido a su rancia arquitectura franquista, tonto despropósito figurativo de posguerra, que pasaría precisamente a tener algún valor al ser dotada con el nuevo uso. Nada más adecuado para una arquitectura algo trasnochada que el rancio empaque debido a un Palacio de Justicia. Es lo que en arquitectura llamamos carácter. A pesar del Arco de Triunfo, la llegada a Madrid por la A-VI, quedaría democráticamente rescatada, para siempre, mediante este feliz letrero nuevo. Y la gran cabida del complejo daría lugar a la parte principal y más importante de la “Ciudad de la Justicia”, convenientemente situada.

Con esta importante cesión, al Ejército del Aire se le puede ofrecer la oportunidad de demostrar su patriotismo y su generosidad, renunciando democráticamente a un privilegio que hoy resulta indebido tanto en sí mismo como al haber procedido de la dictadura. Puede buscarse un cuartel general en otra parte, más pequeño y apropiado, como lo son los cuarteles generales de Tierra y de Marina, muy bien situados en la ciudad, pero mucho más reducidos, como ya se ha dicho. Si no se encontrara mejor lugar, el Ejército del Aire podría ocupar los edificios hoy judiciales de la plaza de Castilla, que son entre todos de gran tamaño, que se prestarían con sencillez a importantes reformas y que están bien situados.

Sea como fuere, esta cesión resultaría fundamental, y no debería ser tan difícil como puede suponerse al tratarse, en definitiva, de bienes del Estado. La transformación del complejo militar mediante el simple letrero de “Palacio de Justicia” podría completarse, si se quiere, y simbólicamente, con la transformación del Arco de Triunfo, también mediante letreros. Las franquistas y áulicas frases en latín, hoy existentes en el arco –y que solo algunos personajes raros miramos y entendemos-, podrían sustituirse y neutralizarse con total sencillez. Llegando desde fuera, el arco podría tener un gran letrero que dijera, simplemente, “Madrid”, anunciando así la presencia de la ciudad capital en la que se está entrando y no el triunfo de los nacionalistas en la guerra civil. Desde el otro lado debería decir, también con simplicidad, “Ciudad Universitaria”. Ha de recordase al respecto que la construcción del arco fue el intento simbólico de apropiación franquista del importante y cualificado recinto universitario madrileño, fundado por la monarquía, construido por la república, y bombardeado sistemáticamente por el ejército rebelde desde la Casa de Campo. Estas transformaciones tan sencillas y baratas serían, también simplemente, maravillosas.

Tercer monstruo, el anterior, pero, sigamos todavía. A menos de dos minutos andando del complejo del Ejército del Aire, contiguo a éste en el propio Paseo de Moret, se encuentra lo que fue en su día el cuartel del Regimiento nº 1, “Inmemorial del Rey”, hoy ocupado, a juzgar por un letrero, por el Archivo o Servicio Histórico del Ejército de Tierra. Es otra manzana completa, y en este caso con posibilidad de ampliación y de sencilla reforma. Este “Servicio Histórico” puede ocupar sin problemas otro lugar. Por ejemplo, hay en el Paseo de Delicias otra manzana completa del Ejército, antes la Farmacia Militar, que está hoy abandonada y disponible. Ahí podría ir también el Ejército del Aire, pues tiene empaque y es grande, aunque no sea tan buena la situación urbana. Pero, en resumen, cuarto enclave importante, pues, para la nueva “Ciudad de la Justicia” de Madrid, esta manzana del Paseo de Moret, tan cerca de todo lo demás.

Y aún hay otro importante y quinto lugar, a 10 minutos andando del edificio del Ejército del Aire. Es la manzana, también militar, y que también parece abandonada, o medio abandonada, al menos (hay un pequeño letrero, con el escudo del Estado, y el titulo de “Ministerio de Defensa”, sin otra indicación, y no se ve actividad alguna nunca). Está situada entre las calles de Serrano Jover, de la Princesa y del Seminario de Nobles. La parte que da a la calle de la Princesa es un edificio clasicista, de baja altura, pero de gran empaque, y que debe tener bastante tamaño en planta y posibilidades de ampliación. Hay otros edificios, de arquitectura distinta, dando a las otras calles. Como todos los demás, el lugar no puede ser mejor. Y es el quinto enclave posible, el quinto monstruo estatal abandonado.

Entre todos ellos cabe, sin duda, la nueva “Ciudad de la Justicia”. Probablemente sobre sitio, en realidad. Y si se creyera que no cabría no nos ha de quedar duda de que, o bien se trataría de algo que se puede resolver con suma facilidad; o bien de que, por el contrario, es algo que no ha de ser resuelto por ser en realidad vicioso. Pues conviene no exagerar.

Cinco lugares, del tamaño de una manzana completa cuando menos, todos ellos en el barrio de Argüelles-Chamberí, todos ellos bastante cerca unos de otros. Y todos ellos con gran empaque arquitectónico y representativo, y con excelente situación urbana, completamente central, y absolutamente bien comunicados. Hay cuatro estaciones de metro próximas a estos cinco enclaves, que sirven a cuatro líneas diferentes de la red suburbana.

La “Ciudad de la Justicia” así resuelta tendría toda clase de ventajas: urbanas, simbólicas, funcionales,….. Conseguirlo sería un verdadero triunfo para la administración de la Comunidad de Madrid y para el propio Estado. Un verdadero triunfo para la ciudad capital y, así, para sus ciudadanos y para toda la sociedad española.
En estos tiempos de cambio, acaso bien difíciles, pero no exentos de grandes esperanzas, no estaría de más que se acometieran con acierto y ambición cuestiones políticas prácticas, importantes e indudables, como es ésta. Estaríamos, realmente, de enhorabuena.

(Publicado en el periódico "Ahora", 5-11 de febrero de 2016)

LA SOMBRA DEL GIGANTE,
O LAS AMENAZAS DE LA REHABILITACIÓN DEL EDIFICIO ESPAÑA, EN MADRID.
( Y OTRAS FARSAS PARECIDAS)






A imitación de los "monumentos nacionales" (tal y como antes se decía), las ciudades han protegido también, modernamente, edificios de los siglos XIX y XX, de muy distinta importancia, y en general usando los planes de ordenación urbana. Como en el caso de los monumentos, se trata de una convención social y cultural: se conviene que algunos edificios, por sus valores históricos, arquitectónicos y urbanos, han pasado a una situación de "meta-económicos". Esto es, de estar más allá de la economía, de tener valores que la trascienden o superan. Se trata de una convención que tiene mucho de resto del "despotismo ilustrado", desde luego, pero que, al menos en España, ha sido asumida por gran parte de la ciudadanía, que la defiende incluso con ardor, muchas veces con el entusiasmo y con la ira que parecería reservarse a cosas como la religión. Sin embargo, es tan sólo una convención social, cultural y política. Ahora bien, si esa convención se ha hecho, si se ha convenido respetar determinados edificios, es preciso cumplirlo.

Madrid fue ciudad pionera en esta protección, pues ya en 1973 -aprovechando que la dictadura, ya en alguna medida contra las cuerdas, intentaba desviar sus concesiones hacia la política municipal- el arquitecto Juan López Jaén logró que el Ayuntamiento aprobara un amplio catálogo de protección de edificios. La ciudad los conservó, por fortuna, y Madrid es hoy lo que es gracias a esta decisión.

Pero en los últimos tiempos, ya bastante largos, la Corporación municipal madrileña, presidida por el partido de la derecha, ha sido escasamente partidaria de estas protecciones, aunque no se haya atrevido a suprimirlas, si bien se ha dedicado a socavarlas, a veces, por algunos medios. Uno ha sido la restricción del número de los edificios protegidos, cuando les ha tocado continuar con lo iniciado en 1973. Otro, más retorcido y más reciente, ha sido la interpretación interesada del "grado de protección" de los edificios, el error más grave cometido por estos catálogos. Pues algunos edificios se protegen en forma "integral" (como si fueran "monumentos"), pero otros en forma "estructural" (?) o "parcial" (?). La ambigüedad implícita en estas protecciones menores es lo que puede originar, y ha originado de hecho, interpretaciones viciosas. Esto es, que no cumplen en realidad con la protección convenida.

Así fue el caso de la pequeña Central Eléctrica abandonada de la calle de Almadén, casi enfrente del Jardín Botánico, convertida en el Caixa Forum por los famosos arquitectos suizos Herzog y De Meuron, que han dejado tan sólo parte del "cadáver" del viejo edificio, levantado en vilo en forma más ridícula que mágica, e ignorado en sus huecos y caracteres propios. ¿No hubiera sido mejor haber autorizado el derribo de la vieja central, o, alternativamente, haber obligado al menos a conservar por completo sus fábricas externas? Fingir la protección sin cumplirla, en realidad, ha regalado a Madrid un edificio absurdo, una suerte de falsa opera prima, que exhibe una impúdica teatralidad, y realizada, en realidad, por unos septuagenarios. Ahora no tenemos ya ni vieja central ni una obra buena de los suizos, aún cuando algunos, con inconsciente alegría, hayan celebrado el grotesco collage.

Pero más grave es el caso que hoy nos enseña ya su lacerante realidad, el de los edificios de la calle de Alcalá, Sevilla y plaza de Canalejas, hoy derribados por completo excepto en sus pobres fachadas, ridículas en su precaria soledad. Vaya a verlas, lector, todavía está a tiempo, contemple en lo que se han quedado el antiguo edificio de Banesto y los que le siguen por Sevilla y hasta la plaza, cuando quedan reducidos a cadáveres incompletos, a pieles con poca carne y deshuesados, antes de que los nuevos interiores completen la impúdica taxidermia fingiendo cínicamente que el patrimonio se ha conservado. Cierto es que la conservación única de la fachada es algo ya tradicional, pero no menos cierto es que, en cuanto a protección patrimonial, tan sólo suele ser una farsa.

Podría admitirse, incluso, que la conservación de las fachadas, aunque hayan de quedar dramáticamente solas, pueda ser la solución en algunos y muy contados casos: cuando éstas son exquisitas y el interior inválido y sin provecho posible. Pero, en términos generales, es el edificio completo el que debe permanecer, aunque pueda ser transformado y modificado, incluso mucho. Y si no, el derribo, pues si la sociedad no confía en la arquitectura nueva, los arquitectos sabemos que podría comprobarse antes del derribo, y poniendo los medios necesarios, si lo nuevo va a ser más cualificado que lo viejo. Muchas de las edificaciones hoy protegidas fueron nuevas y no sólo: producto de la vigilancia municipal, de las aprobaciones que arquitectos como Ventura Rodríguez o Villanueva hicieron al final del siglo XVIII, y de la tradición de vigilancia cualitativa que el municipio aplicó, siguiendo las normas heredadas de aquéllos, en el XIX y buena parte del XX.

En Alcalá / Sevilla / Canalejas tan sólo cabe marcharse de allí con suficiente rapidez, olvidar así la condición precaria de unas fachadas cuya cruel soledad muestra trágicamente su escaso valor, que sólo podría ser grande si se conservaran realmente los edificios. Y esperar que los nuevos interiores no sean demasiado feos ni demasiado grotescos, ni demasiado distintos, acaso capaces de fingir con cierta fortuna la farsa teatral que se va a celebrar allí para siempre. Pero no esperemos gran cosa: milagros ni uno.

Pero todo viene de lo mismo: "Pasemos esta conservación integral a estructural (?) o a parcial (?), que si no los capitalistas, ¡pobres!, van a marcharse sin invertir", pensaron los munícipes. Y que se pueda derribar, no sólo ya todo el interior, sino también algunas de las fachadas. Que se mantenga, por ejemplo, la principal, que total, por detrás, ni se ve. Este ha sido el sofisticado pensamiento municipal aplicado para el gran gigante, el edificio España, frívolamente comprado y frívolamente vendido (¡justo a tiempo!) por el Banco Santander a un millonario chino, que ahora tiene en sus manos la patata caliente más grande del mundo.

Pues, dígannos ustedes, munícipes desaparecidos: ¿qué entienden por "fachada principal y parte de las laterales"? Esto es lo que se obliga a conservar, precisamente en un edificio completamente exento, con grandes chaflanes en las esquinas y de fachada absolutamente continua; esto es, en un edificio en el que resulta imposible definir un límite claro en cuanto a lo que se derriba y se conserva en sus fachadas. No hay dónde trazar una raya lógica.

El edificio España es arquitectónicamente mediocre, podría derribarse según esta consideración, pero está protegido, y la corporación saliente no se ha atrevido a desprotegerlo por completo, sólo a dejar la protección en precario, generando así un problema irresoluble. Parece ser que detrás de la nueva propiedad está Foster, según se ha dicho en la prensa. Pues, bien, yo les aseguro a ustedes que el peor Foster posible es mejor, arquitectónicamente hablando, que el edificio España. Y que no sería difícil conseguir, y controlar perfectamente, que aquí apareciera una cualificada nueva obra.

Ahora, bien, hay dos pegas muy grandes. Al parecer, las normas urbanísticas darían menos volumen a un edificio nuevo, disposición que protege al existente, o, al menos, a la farsa de que se
conserve. La otra es que, más allá de la calidad que pueda pensarse que el edificio tiene, muchos de los ciudadanos lo consideran patrimonial, parte de la identidad de su ciudad y hasta de ellos mismos, y tienen además a la ley de su parte. Esta última consideración, lógicamente, no permite farsas, o no debería permitirlas.

Pero, además, la corporación municipal saliente ha permitido el vaciado interior total y el derribo de la estructura de hormigón armado, lo que, dada la condición gigantesca del edificio, no es otra cosa que una verdadera temeridad, además de un importante despojo. Dice el profesor y arquitecto Ricardo Aroca (gran sabio y amigo) que podría realizarse una estructura vertical trasera capaz de conservar en equilibrio la fachada frontal y realizar la nueva estructura. Lo creo, desde luego, y más viniendo de quien viene, pero también sé que sería carísimo y muy arriesgado. También creí en su día al ingeniero Jesús Jiménez (igualmente sabio y amigo) cuando me aseguró que se podía dejar en vilo la fábrica de ladrillo de la central eléctrica del Caixa Forum, y tal y como lo dijo lo proyectó y se construyó. Ya sé, ya sé, que podría hacerse (son éstas unas respuestas típicas de los ingenieros como asesores de las obras de arquitectura), pero lo importante no es eso. Lo importante es que no debe hacerse. Que la conservación parcial de un edificio, la farsa, no es admisible, y mucho menos si es muy cara y muy arriesgada.

Imagínense, sólo por un momento, el derribo de la enorme estructura de hormigón, una vez construida la estructura nueva que ha propuesto el profesor Aroca. ¿Se imaginan el ruido, el polvo, las infinitas bajadas y retiradas de las toneladas de escombros, el riesgo, el tiempo...? ¿Qué habría que hacer con la Plaza de España, y con los demás aledaños, hasta que eso acabase? ¿Qué compañía aseguraría a los técnicos que dirigieran la obra y cuánto costaría ese seguro? ¿Se encontrarían realmente esos técnicos?

Ni que decir tiene que "desmontar" el edificio (demoler es la palabra correcta) y reconstruirlo, como la propiedad pretende, es una farsa nueva, la mayor posible. Sensatamente, la nueva corporación municipal lo ha descartado. Lo único sensato que nos queda es, pues, restaurar el edificio y olvidar la conservación parcial. Dejar en paz las fachadas y dejar en paz la estructura. Arreglarla y repararla, e incluso reforzarla, si lo necesita. Esto es lo más barato, lo menos arriesgado, lo más práctico y lo más rápido. Piénsese que, eliminados los interiores, incluso resulta relativamente sencillo derribar escaleras y ascensores y disponerlos de nuevo como se crea conveniente. Hay que aceptar, desde luego, que está la estructura antigua, eso sí, y que será, supongo, más gruesa de la cuenta, pero esta es una cosa que no resulta problemática para ningún proyectista y que está compensada con creces por el hecho de no tener que derribar.

En resumen, me permito recomendar a la nueva corporación municipal, que ha dado ya muestras de sensatez, que siga por el mismo camino y que prohíba todo lo que no sea conservar las fachadas y la estructura; es decir, rehabilitar y restaurar de forma normal. Incluso por encima de que haya existido un pacto comercial, pues éste no es una ley; incluso por encima de que el municipio ya hubiera dicho otra cosa, pues podría desmentirse en favor de la mejor solución, política, social y culturalmente hablando. Pues no hay perjuicio, ya que el único perjuicio posible es el económico, y la obra sin derribar es la más económica, y el aprovechamiento comercial el mismo. Además, ¿no habíamos quedado en que los edificios patrimoniales son meta-económicos? ¿No conocía el millonario chino esta característica, que se produce en cualquiera que sea el caso y el lugar?

Se dirá, claro, que sin derribar no se pueden hacer debajo grandes sótanos y, sobre todo, grandes garajes. Y que así desaparece parte del negocio previsto. Pero es preciso recordar que en la plaza de España hay un gran estacionamiento público y que, además, y por otro lado, no se puede permitir que se siga metiendo el automóvil, sistemáticamente, en la ciudad central. Esto es un gran error, ya de todos sabido, y alguna vez habrá que empezar en Madrid a resolver este problema. Considero, en todo caso, que es un asunto que la nueva corporación municipal no puede permitir.

Está, pues, por parte de quien escribe, bien claro. Sólo puede aspirarse a un mejor edificio nuevo, y si no, a una restauración del antiguo. Lo demás es riesgo innecesario, por un lado, y tomadura de pelo a los ciudadanos, por otro. Farsa absoluta en cuanto a la conservación del patrimonio urbano que el propio municipio ha dispuesto proteger.

(Publicado en el periódico "Ahora", 13-19 de noviembre de 2015)




martes, 13 de mayo de 2014

LAS NEUROSIS NACIONALES


Las naciones, y los nacionalismos, han obtenido tal predicamento que parecen hacer buenas toda clase de cosas, incluso toda clase de perversiones. Pero, como no hay mal que por bien no venga, tenemos al fenómeno nazi, como perversión moderna por excelencia, y al acuerdo alemán en relación a este fenómeno como neurosis nacional, también por excelencia. La mayoría del llamado “pueblo” alemán aceptó la demencia nazi de la superioridad alemana, de la superioridad propia, y de su seno surgió, lo supieran los ciudadanos o no, los asesinatos, robos y operaciones criminales masivas, las más crueles y cuantitativamente importantes de la historia, o, al menos, de la historia moderna.

Es decir, las naciones son capaces de provocar neurosis colectivas muy acentuadas, que pueden convertirse en culpables de crímenes, o, al menos, de delitos colectivos, y que por proceder de naciones, de sentimientos nacionalistas, tienden a ser tenidos por buenos, por lógicos, e, incluso, hasta por democráticos.

La realidad es otra. Haya nacionalismo, o nación, si es que se sabe qué sea esto, nada disculpa el crimen, ni el delito, ni el acuerdo mayoritario para permitir la injusticia. La democracia no es el gobierno de la mayoría; es el gobierno justo y legal de la mayoría. La nación, o el nacionalismo, no es ni disculpa ni alibí. Es, por el contrario, y en todo caso, sospecha grave de injusticia y de sinrazón. Personalmente pienso que todo nacionalismo y todo nacionalista es sospechoso de daño, o de intento de daño, a los demás.

Tenemos otro ejemplo, éste actual, de neurosis colectiva, que se ha revelado ahora con la crisis de Ucrania frente a Rusia, y que entra en lo que podemos llamar neurosis onírica. Es decir, neurosis que consisten en tener un sueño, absurdo e imposible como casi todos ellos, y creérselo a pies juntillas.

El sueño de Rusia –y de los ucranios pro rusos- es de cómo, si en vez de Rusia, siguiera existiendo todavía la Unión Soviética, que existiera aún el comunismo, y que el comunismo –que desde luego y al menos dio la igualdad- hubiera sido maravilloso. Putin actúa como si presidiera la Unión Soviética, y como si tuviera que enmendar los errores de Gorvachov que dieron al traste con el régimen y con su dominio. Pero Putin ni preside la Unión, que ya no existe, ni tampoco es heredero de ella, sino simple sucesor. Un sucesor de un país, Rusia, en el que ha desaparecido la vieja igualdad que caracterizaba al menos la Unión, que según se dice está dominado por las mafias, y en el que tal parece que la única herencia soviética es la de que allí no existe, tampoco ahora, la democracia.

Putin preside, pues, un sueño, un sueño interesado, desde luego, y parece que de ese sueño participan también los de Crimea y los otros ucranios pro rusos. En su sueño está incluso el creerse de izquierdas, teniendo a los ucranios por derechistas, incluso por fascistas, y creyendo en la existencia de un paraíso ruso –de un paraíso soviético-, en realidad ilusorio. Pero este sueño, esta neurosis colectiva y nacionalista, es, como todas, y como todo el mundo sabe, extremadamente peligrosa.

La tercera neurosis es la catalana, acaso no tan peligrosa como las anteriores, pero no exenta de peligro. La neurosis nacionalista catalana es de tipo narcisista. Los catalanes se proclaman los mejores, con respecto al resto de España. Se creen los más inteligentes, los más eficaces, los más trabajadores, los más civilizados, los más…. Cataluña es la mejor sociedad dentro de lo que los demás llamamos España, y hasta a la ciudad de Barcelona se la considera una de las ciudades mejores y más bellas del mundo, frente a la cual Madrid no es ni siquiera comparable. Se creen y lo dicen.
La oposición Madrid-Barcelona, entendidas éstas al menos como ciudades físicas –esto es, desde el punto de vista urbano- es especialmente lúcida para aclararse con el tema que tratamos, pues como tales ciudades Madrid y Barcelona se parecen mucho. Podríamos decir que tan sólo las separa el hecho del mar, que en Madrid no existe, y, quizá, el hecho de la arquitectura de Gaudí, que tampoco está en Madrid. Pero en todo lo demás, en casi todo lo demás, Madrid gana con creces. Quien escribe, que vive en Madrid, pero no es madrileño, y que conoce Barcelona muy bien, lo sabe sobradamente. Madrid tiene, desde luego, más poder -¡ay, Barcelona, que este es el dedo y esta la llaga!-, pero tiene también más tamaño, más habitantes, una economía más grande, más universidades, más museos, más literatos, más artistas, más…. de todo. Madrid es, en todo, la tercera ciudad de Europa, después de Londres y de París. Esto es lógico, siendo la capital del estado (¿del reino? ¿de qué? ¿cómo debemos decir, según ellos?) y de haber acumulado así tantas cosas de toda España. De una España que ya no es la de antes.

Ahora los nacionalistas catalanes son republicanos, pero no lo eran antiguamente. Cambó fue el inventor de la dictadura de Primo de Rivera, lo hemos sabido hace poco, y con algunos otros millonarios catalanes, ayudó financieramente al franquismo. Así que esto del nacionalismo republicano es bastante nuevo. En la guerra civil fue Madrid la gran ciudad republicana, incluso heroica, con su permanente sitio durante toda la guerra. Barcelona, por el contrario, se rindió enseguida ante el franquismo.

Esta neurosis catalana, narcisista y, supuestamente republicana (por cierto, ERC ¿es realmente de izquierdas? ¿se puede ser de izquierdas y nacionalista independista en la España actual? Quien escribe, desde luego no lo cree), pasa por encima tanto de muchos de sus connacionales (de la nación pequeñita) como de casi todos los demás connacionales (los de la nación grande) y este enfrentamiento antidemocrático es tan injusto como gravemente peligroso. Pues el famoso “derecho a decidir”, al no existir problemas graves de ninguna especie, es democrático sólo si se considera la nación pequeñita, y profundamente antidemocrático si se considera la nación grande.

Pues no hay problemas reales, verdaderamente, entre Cataluña y el resto de España, al menos no hay problemas graves. Todo esto es, en buena medida, un asunto político inventado, y, a todas luces, muy interesado, por lo que la neurosis narcisista catalana es, en realidad, bastante frívola, frívolamente peligrosa. Y ha conseguido, en buena medida, que la mayoría de los que admirábamos Cataluña y a los catalanes –entre los que, sin ninguna duda, yo mismo me contaba- hayamos dejado de hacerlo. En unos años, los catalanes y Cataluña han pasado de ser gentes admiradas parar devenir extraordinariamente antipáticas.

Quizá esto no se recupere nunca, pase finalmente lo que pase.

lunes, 24 de febrero de 2014

El gran arquitecto Manuel de las Casas ha dejado de existir

Manuel de las Casas Gómez, un magnífico arquitecto y un gran profesor.
Referente de la arquitectura española de la democracia

Manuel de las Casas Gómez había nacido en Talavera de la Reina (1940) y ha muerto en Madrid (2014). Hijo de un ilustre Aparejador y Abogado, Manuel estudió Arquitectura en la Escuela de Madrid y se tituló en 1964. Como arquitecto fue socio en los primeros años de Javier Segui y de Santiago López, luego de su hermano Ignacio y de Jaime Lorenzo y, finalmente, de sus hijos Icíar y Sergio. Toda su vida compatibilizó la enseñanza con el alto ejercicio de la profesión y, en ocasiones, con la función pública.

Fue discípulo de Francisco Javier Sáenz de Oíza y de Alejandro de la Sota, con quien empezó a trabajar como profesor en la Escuela de Madrid en 1969. Fue luego Profesor adjunto del catedrático Antonio Fernández Alba (1976) y en 1987 catedrático de Proyectos Arquitectónicos. Profesor enormemente significativo y de muy importante relieve en la Escuela de la UPM durante muchísimos años, se jubiló en el año 2010. Fue nombrado entonces Profesor emérito por la Universidad de Castilla-La Mancha, que le encargó la fundación y la dirección de una Escuela de Arquitectura en Toledo, hoy en feliz funcionamiento. Conferenciante e invitado en numerosas universidades e instituciones, fue profesor en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Bolonia, Italia.

Habiéndose iniciado en la restauración de monumentos en los años 70, fue llamado por Dionisio Hernández Gil para ocupar el cargo de Inspector General de Monumentos del Estado en la Dirección General de Bellas Artes, participando activamente en la renovación de la política y de la técnica de la restauración en España, que en buena media protagonizó. Llegado el primer gobierno de Felipe González (1982), fue nombrado Subdirector General de Arquitectura, habiendo realizado importantes campañas, como fue la interesantísima y fructífera de rehabilitación de los Teatros españoles. Fue luego (1987) durante algunos años Director General de Arquitectura y Edificación.

Como arquitecto ha sido una figura de especial relieve en el panorama español del último tercio del siglo XX y de la primera década del XXI. Destacó en la especialidad de restauración y rehabilitación de monumentos (catedral de Toledo, 1979-89, entre otros). Fue con su equipo uno de los más relevantes arquitectos de edificios y conjuntos de vivienda colectiva y social después de la generación de Sáenz de Oíza, con interesantísimos trabajos, en Talavera de la Reina (1977), y, sobre todo, en las obras oficiales de remodelación de la periferia en Madrid (Orcasur, Palomeras Sureste, Norte de Albufera, Plaza de San Francisco, Polígono C de Carabanchel, 1976-1987) y también en otros sitios de España (Santiago de Compostela, 1988). Más recientes fueron el conjunto de viviendas en Alcobendas (Madrid), y el conjunto en Vitoria (con sus hijos, 2004). La vivienda social y colectiva tomó con su trabajo una calidad extraordinaria, realizando soluciones que pueden considerarse canónicas.

Pero no fue menos activo y brillante en arquitecturas de carácter singular, como el vanguardista Colegio en Medina del Campo (con Seguí, 1968), la residencia de internas en Talavera de la Reina (1975) y la Biblioteca pública en Valladolid (1984). Con el edificio de la Consejería de Agricultura de Castilla-La Mancha, en Toledo (1989), demostró además el modo en que una arquitectura moderna podía compatibilizarse brillantemente con la ciudad histórica, demostración que confirmó con la casa patio particular Sánchez Medina, también en Toledo (2005). Un Palacio de Congresos para Pontevedra, una Facultad en La Coruña (1997) y un Instituto en Torrevieja (2005) pueden completar las referencias de sus atractivas y acertadas arquitecturas públicas.

Pocas veces se dará un arquitecto tan intensa y brillantemente comprometido en el triple perfil de gran profesor, excelente profesional y muy eficiente alto funcionario, y a quien, por lo tanto, la sociedad española debe mucho. Descanse en paz un hombre entero, eximio arquitecto y ciudadano. Su atrayente y completo perfil está ya, por fortuna, en la historia.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Ha salido mi libro "LONDRES, CIUDAD DISFRAZADA. La arquitectura en la formación del carácter de la capital británica" Se incluye texto de contraportada, Introducción e ïndice.

Lo ha publicado ABADA Editores, Madrid.

La contraportada dice:

Las ciudades, mediante la arquitectura, se disfrazan, buscando un determinado carácter que el poder desea o que los arquitectos propician. Y, a menudo, fingiendo una historia que en realidad no tienen. Londres no sólo es la metrópoli principal de Europa, cabeza de una importante nación y de un imperio, sino que, además, nunca tuvo una ordenación muy planificada ni geométrica, como producto que fue de la yuxtaposición en el tiempo de diversas poblaciones. Por todas estas cosas, el papel de la arquitectura fue en Londres especialmente acusado en relación a la formación de un carácter propio que el plano de la ciudad no daba del todo.

El libro recorre la historia de la arquitectura de la capital británica, del siglo XVII al XX, analizando los tres caracteres, ideales o disfraces que produjo: el ideal clásico, el romántico y el moderno. De este modo, supone tanto una interpretación de la historia de la arquitectura londinense como una interesante guía de la arquitectura de la ciudad.


Londres, ciudad disfrazada. La arquitectura en la formación del carácter de la capital británica.
Antón Capitel
Abada Editores, Madrid.
2013


INTRODUCCIÓN

La arquitectura, como conversión en arte de una necesidad humana, la construcción del cobijo, ofreció a las instituciones y a las sociedades la facultad de poder ser convenientemente representadas. Esto es, de quedar
representadas mediante sus imágenes de acuerdo con sus deseos y dentro de las posibilidades figurativas que la libertad y la arbitrariedad de la arquitectura podían ofrecer.

Pues la arquitectura es capaz de servir un determinado «carácter», explícito en la tradición de las instituciones urbanas, ya que fue en las ciudades donde la arquitectura se desarrolló y donde pudo realizar así este papel representativo. Iglesias, palacios y otros edificios diversos del poder y de la sociedad utilizaron esa capacidad de la arquitectura para significarse a sí misma y para caracterizar la ciudad. Para hacer de la ciudad un acto de representación, un acto figurativo y simbólico.

Mediante la arquitectura, pues, las ciudades se disfrazaron. Se disfrazaron de lo que quisieron: se vistieron con el carácter al que aspiraban y que podían alcanzar, y pudieron fingir con él, además, y muy frecuentemente, una historia inventada, un pasado que en realidad no había existido nunca.

Londres, capital del Reino Unido, es una gran ciudad donde la arquitectura, entendida como una institución intelectual y artística en los términos descritos, ha tenido un desarrollo muy alto y muy dilatado. Al
haberse convertido esta población en la capital de una importante nación, y hasta de un poderoso imperio, utilizó la arquitectura de modo muy intenso para conseguir representarse convenientemente. Esto es, a la altura de lo que quería ser, de lo que consideraba su propio valor.

Pero, además, la ciudad de Londres fue, como es sabido, el producto de la unión paulatina de muy diversas poblaciones, y aunque con el tiempo fue cada vez más planificada, nunca tuvo, a pesar de su gran
tamaño, una estructura geométrica, un gran trazado que pretendiera unificarla, ni siquiera en un modo parcial. Con el río como único rasgo principal de su gran estructura urbana, y con los grandes y pequeños parques como contenido más específico y singular de ella, la gran capital británica debió acudir a la arquitectura como instrumento único
del orden y de la calidad de su imagen. Sin el orden que la ciudad no daba, la arquitectura tuvo que servirlo, obligadamente y con especial intensidad.

Londres, entendida como acto de representación –como voluntario disfraz–, tuvo, pues, esta doble necesidad. De un lado, y más primariamente, obtener el orden que la propia ciudad no podía ofrecer debido al modo en que ésta se producía, abusando de la espontaneidad, a la que se tuvo como principal paradigma, y despreciando así toda geometría, toda sistemática de trazado que no fuera de pequeñísima escala, de condición particular. De otro, lograr la representación propia del poder; esto es, de la muy articulada y establecida sociedad británica. Londres tenía que representar a la sociedad, pero orgánicamente hablando: tenía que representar principalmente a la Corona, como
también a la Iglesia, y a todas aquellas instituciones de las que la realeza se rodeaba y con las que se completaba.

Por eso Londres se disfrazó, y, a entender de quien escribe, con calidad y éxito extraordinarios, aunque no siempre el disfraz fuera el mismo, y a lo largo de un tiempo dilatado aparecieran distintos caracteres en lucha por imponerse. Caracteres que, a la postre, hicieron de la ciudad un lugar mixto y no coherente desde el punto de vista formal.

Este libro quiere relatar algo de la historia y mucho de las características de estos disfraces arquitectónicos, y no tanto –o no sólo– en relación con el éxito que obtuvieron en la representación real de la ciudad, sino, sobre todo, en lo que tenían de altamente intencionado para conducir la configuración de algunas de las mejores arquitecturas británicas al haber ocupado la conciencia de promotores y arquitectos.

No es, pues, éste, un libro sistemático acerca de Londres, ni es tampoco un escrito que se proponga elogiar de continuo esta magnífica ciudad. Quien busque estas dos cosas, o alguna de ellas, debería acudir a estudios de otro tipo, como fue el del conocido libro del profesor Rasmunssen. Quien esto escribe admira con intensidad a la gran capital británica, como este libro prueba sobradamente, y en la observación de la misma y en el estudio de su cultura arquitectónica ha gastado muchas horas de gozosa atención.

Pero no aspira ni a establecer mitificación alguna ni a lograr descripciones de carácter, digamos, «científico». Tan sólo a realizar una interpretación que se pretende interesante y lúcida para el objetivo de entender mejor –de entender algo más– la admiración y la intriga con que la ciudad se nos ofrece cuando la visitamos, o cuando vivimos en ella


INDICE

primera parte.
El IDEAL CLÁSICO

1.Inigo Jones, el fundador del disfraz clásico de Londres
1,1.
1.2. Queen´s House en Greenwich.
1,3. La Banqueting House en Whitehall.
1.4. St Paul en Covent Garden.
1.5. El proyecto del Whitehall Palace.
1.6.

2. Christopher Wren y la consolidación del clasicismo
2.1.
2.2. Las nuevas iglesias parroquiales de Londres.
2.3. La construcción del nuevo St Paul.
2,4.

3. Nicholas Hawksmoor, el más cualificado proyectista del ideal clásico londinense
3.1.
3.2. Algunas observaciones sobre los palacios barrocos de Vanbrugh y Hawksmoor fuera de Londres.
3.3. Las iglesias londinenses de Hawksmoor. St Alphege.
3.4.
3.5. Christ Church.
3.6. St George Bloomsbury.
3.7. St Mary Woolnoth.

4. La continuidad del Londres clásico. Barroco y neo-palladiano
4.1. El barroco. Gibbs y Archer.
4.2. El neopalladianismo.

5. Las casas georgianas y sus efectos urbanos
5.1. John Wood en Bath.
5,2. Las casas verticales.
5.3. Las casas verticales como composición urbana.

6. John Nash y John Soane, los últimos arquitectos del ideal clásico
6.1.
6.2. La reforma de Londres. John Nash.
6.3. La arquitectura de John Soane.


segunda parte.
LOS DIFRACES ROMÁNTICOS

7. El gótico como «estilo nacional»
7.1. Las casas del Parlamento. El inicio de un nuevo ideal.
7.2. Supersticiones góticas en el Museo Universitario de Oxford.
7.3. El goticismo londinense.

8. Otros disfraces románticos
8.1.
8.2. La arquitectura victoriana.
8.3. Los Edwardian Styles.
8.4. Las ciudades jardín.

9. El clasicismo tardío
9.1. Un Londres norteamericano.
9.2. El reinado de Edwin Lutyens.



tercera parte.
LOS IDEALES MODERNOS

10. El ideal moderno primitivo, 1. Charles Holden
10.1.
10.2. Las estaciones del metro. El primer Londres Moderno propuesto por Holden.
10.3. Un Londres neoyorkino.

11. El ideal moderno primitivo, 2. Moderados y radicales
11.1. Moderados.
11.2. Gordon Jeeves y el Dolphin Square. De nuevo y de otra manera, un Londres norteamericano.
11.3.
11.4. Las arquitecturas radicales o vanguardistas.

12. El ideal moderno primitivo, 3. Giles Gilbert Scott

13. El ideal moderno tardío,1. De las obras de McMorran al Royal Festival Hall
13.1.
13.2. La reconstrucción de la Catedral de Coventry.
13.3. Leslie Martin y el Royal Albert Hall.

14. El ideal moderno tardío, 2. Hacia una arquitectura radical
14.1.
14.2.
14.3. La arquitectura de Denys Lasdun.
14.4. Allison y Peter Smithson.
14.5.
14.6. La obra de Stirling y Gowan.
14.7.

15. La ciudad como arquitectura
15.1. Reformas reales y virtuales en el siglo XIX.
15.2. El Siglo XX. 1. La obsesión acerca del entorno de la catedral de San Pablo.
15.3. Siglo XX. 2. La reforma imposible: Southbank in Southwark.
15.4. Siglo XX. 3. Las reformas urbanas proyectadas por Leslie Martin.

Coda
Bibliografía

martes, 1 de octubre de 2013

EN MEMORIA DEL PROFESOR ARQUITECTO JAVIER CARVAJAL

El arquitecto y profesor Javier Carvajal Ferrer (Barcelona, 1926, Madrid, 2013) ha fallecido el pasado día 14 de junio. Catedrático que fue de nuestra Escuela, y, así, maestro de muchos, promovió una importante renovación de la enseñanza de la ETSAM y fue también uno de los importantes arquitectos modernos.
Carvajal estudió en nuestra Escuela, aunque era barcelonés, y acabó la carrera en 1953. Se inició como profesor ya en 1954, pero en el 55 ganó la Pensión para la Academia Española de Bellas Artes en Roma y residió allí hasta 1957. Vuelto a Madrid, siguió siendo profesor, y ganó por oposición una Cátedra de Proyectos en 1965. Fue, pues, el primer catedrático de Proyectos de las generaciones modernas de posguerra.
Como arquitecto tuvo un notable relieve, incorporándose a la práctica del Estilo Internacional con productos tan brillantes como la torre de viviendas en la plaza de Cristo Rey (Madrid, 1954-58), la Iglesia Parroquial en Vitoria (1960), la Escuela de Altos Estudios Mercantiles en Barcelona (con R. García de Castro, 1961) y la Escuela de Ingenieros de Telecomunicación en la Ciudad Universitaria (con José María García de Paredes, Madrid, 1960-72). En 1963 ganó el concurso para el Pabellón Español en la Feria de Nueva York, obra que puede interpretarse como la que inició un cierto giro en su carrera.
Pues, como bastantes otros de sus compañeros, pronto fue sensible a la llamada revisión orgánica. Un primer testimonio de su personal versión de ésta puede considerarse la Universidad Pontificia “Comillas”, en Madrid (1965), así como su propia casa en Somosaguas y la casa García Valdecasas (ambas en Madrid, y en 1964-65). También el bloque de apartamentos en la calle Montesquinza (Madrid, 1966-68), el edificio en la calle Caracas (Madrid-1968-70), el Zoológico de la Casa de Campo (Madrid, 1968-70) y la Torre de Valencia (Madrid, 1970-73), que puede tenerse como la obra cumbre de ésta su segunda manera.
Una nueva apuesta por el Estilo Internacional, y ya lógicamente, en los años 70, fue expresada por brillantes edificios como el Banco Industrial de León en la calle de Serrano (Madrid, 1972-74) y el edificio para la Adriática de Seguros en la Castellana (Madrid, 1975-79). Su obra tardía puede representarse mediante algunas casas unifamiliares, como la Criado (La Tolda, Lugo, 1986-88), el hotel Príncipe de Asturias en la Expo 92 (Sevilla) y el edificio de oficinas en La Moraleja (Madrid, 1991-94).
Carvajal fue Subdirector-Jefe de Estudios de nuestra Escuela con los directores Adolfo Blanco y Rafael Huidobro. En 1971 fue Decano del COAM. En 1972 fue Director Comisario de la Escuela de Arquitectura de Barcelona y en 1974 de la de Las Palmas. Fue Director General de Ordenación del Turismo en 1973. Y se inició como profesor de la Escuela de Arquitectura de Pamplona, donde estuvo muchos años, en 1976. En 1997 fue nombrado profesor emérito de la ETSAM.
Pero lo que ahora podría interesarnos más es destacar su labor como promotor de una nueva enseñanza en la ETSAM, cuando era Jefe de Estudios, y centrándose en el nuevo plan, el de 1964. Quiso renovar por completo toda la enseñanza central, introduciendo como profesores de Análisis de Formas a Rafael Moneo y a Dionisio Hernández Gil, como profesores de Dibujo Técnico a Javier Feduchi y a José de la Mata, y renovando también la línea completa de proyectos. Su intento en Análisis de Formas fracasó por la oposición del catedrático, pero Proyectos fue renovado: Antonio Fernández Alba en Elementos de Composición, él mismo con Juan Daniel Fullaondo en Proyectos I, Rafael Moneo en Proyectos II y Francisco Javier Sáenz de Oíza (que era ya catedrático) en Proyectos III. En el curso 1968-69, y aunque perdido el territorio de Análisis de Formas, lo demás estaba completo. Pero (¡ay!), los enfrentamientos con la dictadura, especialmente duros en aquel curso, y que en la Escuela se habían iniciado precisamente con el pretexto del  enfrentamiento entre las líneas tradicional y moderna de la enseñanza, acabó llevándoselo todo por delante. Huidobro fue destituido, y con él Carvajal, y un nuevo director, poco amigo de las ideas renovadoras, tomó el mando y destruyó en buena medida lo logrado.
Aunque, por fortuna, todo era ya algo difícil de destruir, al menos por completo. Carvajal y Sáenz de Oíza siguieron siendo catedráticos, Fernández Alba lo fue algo después, más adelante lo sería Fullaondo. Y otros todavía (Vázquez de Castro, Seguí) constituirían con los anteriores algo parecido a lo que Carvajal había soñado, que se llevó a cabo con la importante ayuda de nuevas generaciones. Tan sólo habíamos perdido a Moneo, que se fue a Barcelona, aunque lo recuperamos años más tarde, hasta que Harvard nos lo robó definitivamente.
Pero lo cierto es que, por lo ya explicado, no podemos dejar de ver al arquitecto y profesor Javier Carvajal Ferrer como una de las más importantes “piedras” fundacionales de lo que ha sido, y es hoy, nuestra Escuela.
Descanse en paz, maestro de tantos.