Desde Londres fui siguiendo la operación de acoso y derribo a Zapatero, importante intención de la derecha (y la extrema derecha) y trabajo sucio ejecutado fundamentalmente por la prensa. Por toda la prensa, pues fue hecho por El PaÍs, que es lo que yo leo. Resulta evidente que no necesito consultar lo demás.
Ha sido la prensa la que se ha inventado el fracaso de Zapatero como gobernante, y ésta ha sido seguida por la gente (que todo lo imitan, pues incluso su propia vida la sacan de la TV y del cine). Zapatero ha sido un buen gobernante, incluso en la crisis y durante la crisis, y ha sido la prensa quien se ha empeñado en interpretarlo todo al revés. La prueba es el tan recordado “no reconocimiento” de la crisis, cuando Zapatero seguía las instrucciones de Solbes, para que no bajara el consumo y la moral. Todos los periodistas –y todos los tontos, valga la redundancia- han seguido citando este no reconocimiento, y echándoselo en cara al Presidente, como si hubiera sido fruto de la ignorancia y no de la táctica.
Quedaría por discutir si Zapatero ha sido o no mejor gobernante que González, pero no me cabe duda de que ha sido muchísimo mejor que el funesto y antipático Aznar, acerca del cual hasta El País decía que su gobierno era el mejor de España durante no se qué décadas o etapas. ¡Vivir para ver! Les pagarían. Sin insistir más recuérdense sólo sus fabulosos ministros: ¡Cascos!, ¡Rato!, ¡Rajoy!, ¡Aguirre!, ¡Zaplana!, ¡Arenas (Bocanegra)! ¿Seguimos?
Pues bien, Zapatero, como era buen gobernante, además de persona corriente y simpática, fue abatido sistemáticamente por la prensa de derecha y extrema derecha desde el principio y mediante mentiras de repugnancia infinita. Pero a ello se sumó también El País en los últimos años, y Zapatero fue así sistemáticamente combatido desde editoriales y noticias, y desde los colaboradores. Destacan entre ellos los colaboradores políticos, como es, sobre todo, el inefable Josep Ramoneda (dos veces divino, periodista y catalán), que en todas y cada una de sus columnas ha hecho del Presidente una diana a derribar, con saña y mentira, y con la soberbia de quien se adora a sí mismo y está poseído de la verdad. El tal Ramoneda, a mi entender impresentable, ha acompañado esto con un juicio siempre divinamente positivo sobre todo lo que ocurre en Cataluña, paraíso en la tierra, como es sabido. Últimamente, rozando lo criminal, habla de que a Cataluña solo le queda el recurso de la independencia. No caerá esa breva, con lo que lograríamos que CIU les robe solo a ellos.
Pero este siniestro personaje, presuntamente progresiste, ha sido acompañado siempre por el tal Enrique Gil Calvo, ¡sociólogo! (¡válgame dios!) y actualmente crecido, pues ha ascendido en la universidad (¿cuál de ellas le sufre?) de profesor titular a catedrático. (Lo que pueden la antigüedad y la prensa). Este tipo, añadía a toda clase de críticas continuadas la duda sobre las elecciones de 2004; esto es, la tesis pepera de que Zapatero había ganado gracias al atentado del 11-M. Un personaje poco presentable, que se arropa a sí mismo con el convencimiento de que la sociología todo lo ve con extrema claridad. (Yo pienso, por el contrario, que a los sociólogos debería prohibírseles el escribir en prensa, incluso a Ignacio Sotelo, por supuesto. En realidad, otro intoxicador, muy nocivo, pues lo hace desde su condición de socialista y desde su prestigio académico en ¡Alemania!.)
Estos dos han sido los comentaristas principales, pero también está Santos Juliá, cuya competencia con los trabajos de historia no se ha trasladado a los de comentarista político. (¿O es que en la historia tampoco está bien?). A él hay que añadir a muchos de los columnistas pseudoliterarios. Es decir, a Almudena Grandes, Rosa Montero, Maruja Torres, Juan José Millás y Javier Marías, al menos.
Todos ellos son, naturalmente, divinos, infinitamente progresistas, sin mácula personal alguna, y a todos ellos el espíritu santo (de quien sin ninguna duda proceden) ha concedido el don de la posesión de la verdad. Se han dedicado a denigrar a Zapatero, algunos de ellos de forma sistemática. El poder es el poder, piensan.
Pues bien, llegadas las elecciones regionales y locales, el país (España, no el periódico) se ha entregado a la derecha, y este es el panorama que me encuentro cuando vuelvo de Inglaterra, a donde volvería a largarme, si pudiera. Las derechas y las extremas derechas (incluyendo a los señoritos refinadillos que se creen de centro, pero que en realidad forman parte de la derechona) han votado a la pepería (y a ¡Cascos!), llevando a las urnas hasta a las monjas de clausura con cáncer terminal. Las izquierdas y progres, en cambio y en general, se han abstenido en buena medida, como proclamaban los famosos “indignados”, que como ya preveía yo, han hecho el juego a la derecha, suicidándose al ir en contra de su propios intereses (que no pueden ser otros que los de defender la socialdemocracia) o proclamándose, en realidad, como pasto y territorio del neofascismo o del siniestro populismo. Ahora, a arrear durante cuatro años con la pepería en el poder, ¡tócate las narices! Los indignados dicen que todos son iguales, proclamando así su derechismo vocacional.
Los peperos, ahora en el poder debido al voto de los ciudadanos en mayoría (a quienes, desde luego, no respeto, y a quienes proclamo como mis enemigos, con las consecuencias que haga falta; esto es como contrarios absolutos a lo que son mis preciados intereses) dicen en la prensa (véase el Alcalde de Getafe, El País, 5 de agosto de 2011) que van a ser el sinónimo del “buen gobierno, la austeridad y la honradez “. Pues mucho habrán de cambiar entonces, desde luego, porque los gobiernos regionales o municipales, de, por ejemplo, Gallardón y Aguirre en Madrid, Camps en Valencia o de Lorenzo en Oviedo, todos ellos grandes próceres peperos, que siguen adelante (más allá de la caída de algún ¡procer! por quítame allá ese proceso) no son otra cosa que adalides del mal gobierno, del despilfarro o el gasto errático y equivocado, y que no veo yo que hayan tenido debilidad ninguna precisamente con la honradez. Como sabemos bien muchos, e ignoran al parecer (o perdonan como cosa comprensible de sus amiguitos) tantos votantes, siniestros personajes donde los haya.
Y el 20 de noviembre, ¿qué? ¿Vamos a confirmar la entrega del gobierno central, o sea, del país entero, a la derecha y a la ultraderecha, como si hubieran ganado otra vez la guerra civil y para que nos machaquen a todos los que no estamos con sus siniestros puntos de vista? Pues ahora, con el mundo como está, sólo nos faltaba que gobernara(n) Rajoy (y sus tontos), que por no tener, no tiene(n) en la cabeza otra cosa que serrín, y que además está cobrando una pasta gansa (más de 200.000 euros al año) por el arrendamiento de su oficina como registrador de la propiedad en Santa Pola. ¡Gran recomendación para un político en tiempos de crisis, esta curiosa compatibilidad! ¡Oh, que bello, que el Presidente del gobierno sea registrador de la propiedad y arriende su negocio! O sea, que el que aspira a Presidente del gobierno pertenece a un cuerpo anacrónico y ventajista que debiera haber sido suprimido hace mucho tiempo.
¿Están ustedes dispuestos –es sólo un cruel ejemplo- a que la economía nacional la lleve Montoro, y que sean los peperos los que exijan cosas a Europa y al mundo, suponiendo –que es mucho suponer- que supieran lo que tienen que pedir y que hacer?
Pues yo, no, no estoy dispuesto. Si, utilizando (supuestamente) los legítimos recursos democráticos, y debido a la abstención y a las tonterías de progres e indignados, algunos millones de simples dan el poder a la derecha, yo lo advierto: pasaré inexorablemente a la lucha armada. Compraré una pistola de agua, la llenaré de tinta roja, y cada vez que se me acerque un pepero le pondré perdida la camisa.
Esto será sólo un símbolo de lo que podría hacer, en realidad, pero también del tiempo y el trabajo que me tomaré para idear y establecer una durísima venganza sobre la siniestra plaga de la derecha y de la ultraderecha.
Pues Ojo de Pato ni se rinde ni se rendirá nunca. ¡A la Pepería, ni un voto!
viernes, 5 de agosto de 2011
domingo, 31 de julio de 2011
Liverpool

Vista de Liverpool sobre la ría

Vista de Liverpool sobre la ría. La Catedral de Giles G Scott, al fondo
Liverpool es una antigua ciudad portuaria e industrial, que solo hasta el último tercio del siglo XIX tomó una importancia urbana. En 1880 la hicieron sede episcopal anglicana, y como era una ciudad rica decidieron hacer una catedral. Programaron un concurso que se celebró en 1902. A él se presentaron Lethaby, con un extraño pero interesante proyecto, y Mac Intosh, con un gótico original, muy suyo. Pero gano un chico de 22 años, que había terminado meses antes la carrera, Giles Gilbert Scott, hijo de Georges (también arquitecto, y que acabó trastornado) y nieto de Georges, conocido arquitecto victoriano, autor, entre otras muchas cosas, del Hotel de la estación de St Pancras.

Catedral de Liverpool, Giles Gilbert Scott
Giles, que iba en plan deportivo, se quedó muy asustado porque ganó la primera fase del concurso, y luego más, porque ganó la segunda. Enseguida se arrepintió de su propuesta y pidió permiso a la diócesis para modificarla. Quizá se dio cuenta que ya no eran tiempos neogóticos, y que Liverpool quería, con la Catedral, fingir una historia que no tenía. Liverpool quería un hábil disfraz histórico que la ennobleciera. Puede que Giles lo comprendiera así, y procedió a realizar una catedral gótica –con detalles góticos, aunque algo simplificados-, esto es, indudablemente gótica en el aspecto figurativo, pero original en su plan. Si fingir ser gótico era de lo que se trataba, ¿qué mejor papel podía tomar que ignorar la tradición y plantearse una catedral gótica nueva, original, tal y como si estuviera en los siglos en que esto se hacía?

Planta definitiva de la Catedral de Liverpool, Giles Gilbert Scott
La catedral tiene de la tradición británica su proporción enormemente alargada. Pero sólo tiene tres naves en algunos tramos, y tiene un gran centro, al modo de un crucero, pero que no lo es, donde un espacio muy alto e iluminado es en realidad la base de la torre, que se sitúa así en el centro de la planta. Torre chata sin aguja, inspirada según Scott en el gótico español que fue a visitar (¿San Juan de los Reyes?), su presencia convierte a la mole en una gran masa monumental que preside con su fuerza el horizonte de la ciudad.
Giles trabajó en la catedral toda su vida. El templo se abrió al culto en los años 20, pero no estaba terminado. Cuando Giles murió, en 1960, a la edad de 80 años, la catedral, aunque casi terminada, estaba en obras aún. Scott ganó gran prestigio con este encargo y se convirtió en un arquitecto importante. Fue nombrado caballero por la corona (“Sir Giles”) y elegido presidente del RIBA. Pero su historia profesional la dejaremos para otra ocasión.
El centro de Liverpool
Liverpool fue convertida en una ciudad moderna y metropolitana a finales del XIX y principios del XX. Sus “Docks” históricos son hoy “patrimonio mundial” y sus grandes edificios eclécticos y Déco, que dan al río, la caracterizaron extraordinariamente bien, con muy atractiva fortuna. Estos grandes edificios institucionales y empresariales le dan un curioso aire muy estadounidense y muy poco inglés. Merece la pena una visita detenida.
Las catedrales seguían. La iglesia católica decidió también hacer sede episcopal a Liverpool, y en un afán de competencia con los anglicanos, encargó el proyecto a Lutyens. El gran arquitecto clasicista (unos 11 años mayor que Scott) se encandiló muchísimo con el encargo y planteó un conocido proyecto clasicista, impresionante, verdaderamente bello e interesante, pero algo loco, enormemente grande y costoso. Su construcción hubiera sido la ruina para la diócesis católica y se hubiera producido en realidad una gran impertinencia urbana al establecer una competencia tan fuerte y tan evidente con la catedral anglicana. (Se da el caso curioso, por cierto, que Luyens, arquitecto de los católicos, era anglicano, y Scott, arquitecto de los anglicanos, era católico). Lutyens se equivocó, se pasó de rosca. Se inició la construcción de la cripta, pero se interrumpió para no volver a seguir. El arquitecto murió en 1944. En los años 60 se hizo un concurso y se edificó una catedral moderna.
Todo esto, y bastantes más cosas, hacen de Liverpool un lugar de alto interés. Lo visitamos mi mujer y yo a principios de junio. Fuimos en tren desde Londres, 2 horas y cuarto de viaje, y en dos días nos hicimos una idea bastante completa de la atractiva ciudad británica.
martes, 28 de junio de 2011
TRES EXCURSIONES EN LONDRES / THREE VISITS IN LONDON
El Hospital naval de Greenwich, de Christopher Wren, visto desde Island Garden, al otro lado del Thames river
Hay tres excursiones en Londres que me parecen imprescindibles, sobre todo para un arquitecto, y que son muy fáciles de hacer.
1.Greenwich.
La ciudad de Greenwich está al sur del Támesis, en el sureste con respecto a la capital. Exactamente en el golfo que se opone al cabo que forma el río en la Isla de los Dogs, donde se ha edificado el centro de negocios de Canary Warf, que es bastante hortera, y cuya vista desde el tren es más que suficiente. Pues se va a Greenwich en el tren DLR (Docks Light Railway), que se coge en Bank. Lo mejor es bajarse en Island Garden, y acercarse a la inmediata orilla del río, la orilla norte, pues desde allí puede verse la magnífica y monumental fachada del Hospital de la Marina, obra maestra de Wren, de tamaño muy grande y que exige esta distancia para ser contemplada en su totalidad. Desde allí podrá apreciarse el atractivo y la magnificencia de esta gran obra del barroco británico.
Luego, se puede cruzar el río por un túnel peatonal, con ambos ascensores a uno y otro lado. Siguiendo la orilla del río hacia el Este se llega al hospital para completar la visita. Conviene verlo con detenimiento, por todas sus partes. Algunas de las fachadas a los patios internos o hacia afuera del conjunto enseñan los experimentos de Hawksmoor y de Vanbrugh, hartos ya del estilo a lo Wren cuando se murió el maestro y tuvieron que seguir trabajando allí, pues el gran conjunto no se había finalizado todavía.
No debe uno perderse los dos espacios principales del conjunto, en situación simétrica y en los dos grandes edificios cupulados. Es decir, la gran sala de las pinturas, o gran comedor, y la capilla. Esta última se incendió, y el estado actual, muy brillante, es de otro arquitecto y del siglo XVIII.
Después, yendo hacia el pueblo, se encuentra enseguida la iglesia parroquial de St Alfege, de Hakwsmoor, una de las 8 iglesias que Wren y Vanbrugh consiguen que le encargue la comisión eclesiástica a la que pertenecían. No es ésta una de las mejores, y la torre no es suya, pero es excelente la fachada trasera, que es la que más se ve, pues debía dar plenamente hacia la ciudad. Es una suerte de personal y afortunado palladianismo.
Muy cerca hay un mercado, que tiene su gracia, sobre todo porque cuenta con una parte de chiringuitos de comidas exóticas.
No conviene ir a Greenwich en domingo, pues es probable que no esté abierta alguna de las salas principales del Hospital. Para volver a la ciudad se puede coger allí el tren DLR, pero pue-de ser también una buena oportunidad para ir en barco por el río, en su trayecto más largo, pues te llevan hasta Waterloo, también en la orilla sur, pero enfrente de Westminster, al otro lado de la ciudad. Allí hay muchas terrazas y mucha animación, y pueden verse dos de los mejores edificios de la capital, el Royal Festival Hall, de Robert Matthew y Leslie Martin y el National Theatre, de Denys Lasdun. Es imprescindible entrar a los dos. El día quedaría así muy completo.
2. Tres barrios de viviendas en Pimlico
En Pimlico, al sur de Chelsea, hay tres barrios de viviendas de gran interés. Dos son de los años 30 y el tercero de los 50.
Detalle del barrio de viviendas sociales en Pimlico, E L Lutyens
El primero que se debe ver es el realizado por Edwin Lutyens en 1928-32, situado entre las calles Page Street y Vincent Street . Es un conjunto compacto de bloques en forma de U, que alojan viviendas sociales a las que se ingresa por los corredores situados en los patios. Lutyens, gran clasicista y enemigo de la arquitectura moderna, se resistió aquí a emplearla plenamente, aunque en buena medida no pudo evitarlo. Lo más atractivo y original del barrio es su aspecto, pues los muros de los edificios se construyeron en un ladrillo muy oscuro, y están realizados con un ajedrezado, en el que las ventanas, verticales, hacen el papel de paño blanco, mientras los otros paños, donde no hay hueco, se han revocado en blanco para componer el ajedrezado dicho. El resultado es realmente espectacular, y aunque uno no deja de pensar si una cosa tan superficial debería tenerse tan en cuenta, no cabe duda de un acierto pleno que convierte al barrio en un lugar especialmente atractivo y original.
Detalle del patio interior del Dolphin Square, Chelsea, de Gordon Jeeves
El segundo es un gran edificio, poco conocido (aunque figura en las guías) y que constituye una enorme manzana situada sobre la calle Grosvenor Road, la que da al rio. Se llama Dolphin Square, y fue realizada por el arquitecto Gordon Jeeves en 1937. La manzana tiene más de 100 metros de frente por más de 200 de profundidad, y está constituido por un bloque de 10 alturas que rodea un gran y único patio, con volúmenes sobresalientes por fuera y por dentro. Es un inmenso conjunto de apartamentos, más de 1.200, con garaje propio, piscina y gimnasio, y, sobre todo, con el enorme y espectacular jardín que constituye el patio. La escala es tan insólita como acertada y agradable. El interior del patio (la “Dolphin Square”) es un desusado y sorprendente remanso de paz en medio de la gran ciudad. No se lo pierdan.
Churchill Garden, Pimlico, Powell and Moya
El tercero es el Churchill Gardens Estate, un barrio de viviendas sociales de después de la guerra, realizado por Powell y Moya de 1946 a 1962. Da también a Grosvenor Road, algo más al oeste que Dolphin Square, pero inmediato. Es de gran tamaño, y puede considerarse convencional al estar realizado mediante bloques abiertos aislados. Sin embargo, creo que tanto éstos como su colocación en el terreno y la situación del lugar en la ciudad lo convierten en un lugar especialmente atractivo, si bien no hay aquí la originalidad de los dos conjuntos anteriores.
Saliendo al río, cuando el largo barrio se acaba, puede verse al otro lado la conocida y atractiva Battersea Power Station de Giles Gilbert Scott, la de las cuatro chimeneas. Vayan a verla pronto, ahora en desuso e interiormente vaciada, pues pronto va a ser estropeada, tanto ella como su entorno, por una gran promoción de vivienda.
3. Hampstead Garden Suburb
Hampstead Garden Suburb, Iglesia de St Jude, E L Lutyens
Hampstead Garden Suburb. Interior de la iglesia de St Jude, E L Lutyens
Fundada por Henrietta Barnett, Hampstead Garden Suburb es una ciudad jardín londinense realizada por los arquitectos Parker y Unwin, y con casas de muchos otros, como Baillie Scott. Se llega bien con el metro Golders Green, y se puede coger después un autobús o buscarla andando. Es muy atractiva y lujosa, aunque las viviendas casi nunca son muy grandes. Intervinieron muchos arquitectos, y bastantes de los conjuntos residenciales, aunque siempre con estilos pintorescos, configuran elementos compositivos de estudiadas intenciones.
Se empezó en 1906. Parker y Unwin llamaron a Edwin Lutyens como colaborador, y además de un conjunto de casas, le encargaron especialmente el centro cívico de la ciudad, ocupando una colina. Allí Lutyens proyectó una High School y dos iglesias semi-gemelas, separadas por un gran prado, horizontal y verde. Una de las iglesias es la anglicana, que hoy se usa como tal, y otra era la “Free Church”, para ser usada por cualquier confesión, fantasía que hoy se ha convertido en una iglesia Baptista. Este lugar es especialmente atractivo.
En él destaca la iglesia anglicana, de grandes y alargadas proporciones, y con una gran torre en el lugar de la cúpula. De cubiertas muy pinas y altamente expresivas del afortunado volumen, la iglesia es una fantasía clásico-romántica, de alto interés.
Es importante ir en domingo por la mañana para que esté abierta. La iglesia baptista es interesante, pero tiene por dentro mucho menos valor que la anglicana. La iglesia anglicana se inauguró el 8 de mayo de 1911. (Nosotros acertamos a ir precisamente el 8 de mayo de 2011, y estaban celebrando dentro el centenario). Edwin Lutyens tenía en 1908, cuando se hizo el proyecto de las iglesias, 39 años.
Aconsejo no dejar de verlo. En conjunto, es uno de los más interesantes lugares de la capital británica. A mí me lo descubrió Emilio Tuñón, que organizó en los primeros años 90 una excur-sión que hicimos desde Madrid, con estudiantes, y, utilizando un autobús, nos llevó a todos a Hampstead. Desde entonces, siempre que he ido a Londres y he podido he vuelto a ver este afortunado lugar. En mi año como investigador allí (este de 2010-2011) he ido varias veces y llevado unos cuantos amigos. Probablemente sea, por otro lado, lo mejor que hizo Lutyens en Londres, aunque no sólo se trate de esto.
El Padre Huidobro
Algunos se habrán dado cuenta de que en la autopista de La Coruña, en la ”cuesta de las perdices”, hay una parte que se llama “Avenida del padre Huidobro”. ¿Quién era el “padre Huidobro”?. Yo se lo diré:
El padre Huidobro era un jesuita, de marcada filiación derechista y completo y entusiasta par-tidario de la rebelión militar de 1936. Tan entusiasta que, al empezar la guerra civil, se ofreció y convirtió en cura castrense, dentro de una bandera de la legión, en el ejército a las órdenes del general Varela. Pero su derechismo no le impidió horrorizarse ante los asesinatos cometi-dos por las tropas y, en general, por los rebeldes, que sin asomo de juicio, y sin tener siquiera otra razón que el simple exterminio del supuesto enemigo, mataban sistemáticamente a una gran mayoría de los republicanos con los que se tropezaban, o, simplemente, a la gente que vivía en las poblaciones fieles a la república, y que iban conquistando. Llegó a estar obsesionado por la cantidad, frecuencia y condición sistemática de las matanzas, que a su juicio manchaban por completo, y gravemente, la causa nacional.
Se dedicó a escribir cartas a mandos intermedios para que se las hicieran llegar a Varela y al propio Franco. Tanto insistió que lo consiguió. Varela llegó a contestarle que estaba comple-tamente de acuerdo con él. Y hasta de Franco le llegó algún mensaje en que “el generalísimo” se declaraba aterrado por la situación que el cura le contaba y prometía actuar de inmediato para resolverla. (¡Santo varón!)
El padre Huidobro, obsesionado, comentaba también estas cosas con algunos, y debió ser ello con alguna frecuencia y con bastantes, por lo que fue conocido dentro de su bandera el hecho de su completo desacuerdo con lo que los legionarios y los rebeldes hacían normalmente con los republicanos. Así, llegó un momento en que le odiaban, y un buen día un legionario le disparó por la espalda y lo mató.
Después de la guerra, la Iglesia católica inició el proceso de canonización del padre Huidobro, pero, en la investigación, llegaron a saber que había sido asesinado por un franquista, y no por un republicano, por lo que suspendieron el proceso de canonización.
Muy sabrosa e ilustrativa ¿verdad?, la pequeña y trágica historia del pobre padre Huidobro, derechista e ingenuo.
El padre Huidobro era un jesuita, de marcada filiación derechista y completo y entusiasta par-tidario de la rebelión militar de 1936. Tan entusiasta que, al empezar la guerra civil, se ofreció y convirtió en cura castrense, dentro de una bandera de la legión, en el ejército a las órdenes del general Varela. Pero su derechismo no le impidió horrorizarse ante los asesinatos cometi-dos por las tropas y, en general, por los rebeldes, que sin asomo de juicio, y sin tener siquiera otra razón que el simple exterminio del supuesto enemigo, mataban sistemáticamente a una gran mayoría de los republicanos con los que se tropezaban, o, simplemente, a la gente que vivía en las poblaciones fieles a la república, y que iban conquistando. Llegó a estar obsesionado por la cantidad, frecuencia y condición sistemática de las matanzas, que a su juicio manchaban por completo, y gravemente, la causa nacional.
Se dedicó a escribir cartas a mandos intermedios para que se las hicieran llegar a Varela y al propio Franco. Tanto insistió que lo consiguió. Varela llegó a contestarle que estaba comple-tamente de acuerdo con él. Y hasta de Franco le llegó algún mensaje en que “el generalísimo” se declaraba aterrado por la situación que el cura le contaba y prometía actuar de inmediato para resolverla. (¡Santo varón!)
El padre Huidobro, obsesionado, comentaba también estas cosas con algunos, y debió ser ello con alguna frecuencia y con bastantes, por lo que fue conocido dentro de su bandera el hecho de su completo desacuerdo con lo que los legionarios y los rebeldes hacían normalmente con los republicanos. Así, llegó un momento en que le odiaban, y un buen día un legionario le disparó por la espalda y lo mató.
Después de la guerra, la Iglesia católica inició el proceso de canonización del padre Huidobro, pero, en la investigación, llegaron a saber que había sido asesinado por un franquista, y no por un republicano, por lo que suspendieron el proceso de canonización.
Muy sabrosa e ilustrativa ¿verdad?, la pequeña y trágica historia del pobre padre Huidobro, derechista e ingenuo.
viernes, 13 de mayo de 2011
Edinburgh, another time
Detalle del Parlamento de Edimburgo, de Miralles y Tagliabue
En abril volví a Edimburgo. Había comprometido una conferencia sobre la arquitectura española del siglo XX, para dar en un ambiente selecto de la Universidad y promovida por el consulado español, que me pagó viaje, hotel y honorarios. Salió bien, el vino del consulado lo servían antes y después de la conferencia, y el cónsul nos invitó luego a cenar a los participantes en la mesa redonda y algunos profesores más.
No sé si se enteraron muy bien de una conferencia quizá demasiado densa. La leí en inglés, bien, ahí no había problema, y espero, al menos que se quedaran impresionados con la gran cantidad de buenas arquitecturas españolas que desfilaron por la pantalla y que ellos no conocían.
Luego hubo una mesa redonda, que se consumió por completo discutiendo sobre el Parlamento de Miralles y Tagliabue (que yo había fotografiado por fuera por la mañana, pues la otra vez que vine hacía mal tiempo), y que unos atacan y otros defienden. Yo no decía nada, pero, como me preguntaron, les dije que aunque yo no era muy partidario de la arquitectura de tendencias extremas, la de Miralles me parecía de muy buena calidad, así como muy personal y original, sin que se pueda clasificarla por parecidos o influencias, aunque quepa situarla en la línea del complejo organicismo expresionista que en su día protagonizó Scharoun. También les dije que al tratarse del Parlamento de Escocia tenía sentido que fuera tan singular, ya que era un gran monumento público, el edificio escocés de mayor jerarquía. Y que si yo encontrara este edificio en una ciudad española, en vez de en Escocia, me quedaría muy satisfecho.
**********
Grey Walls, Lutyens. Detalle del suelo del acceso a la casa principal
Grey Walls, de Edwin L Lutyens. Acceso y casa principal al fondo
A la mañana siguiente, con Cristina González Longo (arquitecta y profesora española en Edimburgo) y unos amigos suyos fuimos a ver "Grey Walls", una casa señorial que hizo Lutyens a principios de siglo y que hoy se ha convertido en un hotel. Yo estaba empeñado en ir para verla y sacar fotos, y fuimos con el matrimonio amigo de Cristina en su coche. Nos recibió la propietaria, que explicó el edificio y nos hizo recorrer casa y jardín.
Grey Walls es una casa a la que se entra por un paso de coches, que te enfrenta a una primera casa auxiliar, con otras dos pequeñitas a cada lado, y dejando sendas puertas iguales, entre ellas. Se produce una indecisión por la igualdad, hasta ver por una puerta la gran casa al fondo, y por otra nada, pues solo es un sitio para coches. La casa, con fachada cóncava, nos espera al final de una larga perspectiva, y su curvatura es un acompañamiento del giro de los coches señoriales al llevar a los propietarios. Pero la intensa simetría que la fachada presenta es algo desmentido por lo que se ve detrás y al fondo, que es más pintoresco, y sobre todo por el interior, ya que después de un pequeñísimo vestíbulo donde se reproduce la perplejidad de un doble paso, nada es simétrico ya. La casa y sus jardines presenta un sabio y sofisticado juego entre orden y desorden, y logra finalmente configurar un delicioso paraíso. Como hotel debe de ser caro, pero creo que merecerá la pena. Espero poder usarlo algún día.
Comimos allí, al aire libre, una de esas cosas que comen los británicos (en esto no hay milagros, aunque sea Escocia). Fue estupendo. Los invité con los honorarios que me había dado el Cónsul. A las cuatro me llevaron y acompañaron a una estación de ese pueblo (Gullane), donde para el tren de Londres que debía llevarme a casa.
martes, 10 de mayo de 2011
York
En marzo fuimos mi mujer y yo a York. La intención era visitar el Castle Howard, el primer gran palacio de Vanbrugh y Hawksmoor, y de paso echar un vistazo a la ciudad. Es pequeña, se ve en un vuelo. Yo reconocí por fuera el Assembly Room, una obra de Lord Burlington a la manera palladiana, o, mejor dicho, a la manera de la Banqueting House de Jones en London. Entré para ver si lo podía fotografiar y me encontré con un restaurante. Comimos allí y lo fotografié con calma.
Hay una impresionante catedral. Le dimos la vuelta por fuera y, al entrar, nos encontramos con un precio de 15 libras para acceder al interior. Ello nos retrajo mucho, no tanto por el precio mismo, sino por la rabia que te da el que te cobren por entrar en una iglesia. Después de tomar un té en una terraza volvimos por allí, pues en el pórtico lateral había un poco de jaleo. Estaban en él algunas personas vestidas de época, de modo algo estrafalario, y acabamos enterándonos de que eran el Mayor (alcalde), el Sherif (?) y no sé quien más. El caso es que había una ceremonia y algunos pasaban. Yo dije que pasáramos, y así lo hicimos. Acabamos sentados en el coro, que en las catedrales inglesas es el sito principal frente al altar, y empezó una extraña ceremonia, religiosa, pero también civil. Había una Schola Cantorum estupenda, y eso fue lo que nos hizo aguantar plácidamente hasta el final.
Al día siguiente cogimos un autobús y nos fuimos a Castle Howard. Este palacio, antecedente del Blenheim, tampoco se acabó, pues no tiene ninguno de los dos edificios auxiliares, caballerizas y cocinas, que en principio completaban el conjunto. Los problemas de su disposición general son parecidos a los que ya se han apuntado para Blenheim. Castle Howard, aunque es menos brillante que Blenheim, sobre todo en el aspecto figurativo, y en que presenta una unión menos convincente entre "villa" y alas, tiene un parque más lujoso y completo, con un gran lago artificial, un puente, un camino de estatuas que lleva hasta una villa pequeñita, y un templo redondo, proyectado por Hawksmoor, y al que no se puede llegar del todo. Este parque es espléndido, y, en conjunto, la visita es magnífica y altamente recomendable.

Como en casi todos los monumentos y museos británicos, sales por la tienda, para ver si picas. Nosotros picamos, pues compramos un pan muy bueno para llevarlo a Londres.
Volvimos a York a comer, lo que hicimos en una confitería/café/restaurante suizo y bastante lujoso. Luego fuimos lentamente hacia la estación y cogimos el tren, el East Coast, que va de London a Scothland, para ir a King´s Cross Station. Se llega en dos horas.
lunes, 9 de mayo de 2011
Oxford
He ido tres veces a Oxford. La primera con el prof. Adrian Forty y sus alumnos del Master, guiada por él. Nos enseñó el Asmoleam Museum, un edificio de Philiph Webb, brillante y extraño, que tiene en la fachada un orden jónico que se convierte en dórico con el mismo entablamento, en una astuta y heterodoxa jugada. Le comenté a Forty el curioso recurso, pero creo que no se enteró, no sé si -en parte- por mi inglés poco expresivo.
Luego fuimos a ver el College más antiguo de la ciudad, St John, casi enfrente. Por los patios pasamos a unas ampliaciones de arquitectura moderna, y a otros edificios, también modernos, con arquitecturas de compromiso poco afortunadas. No nos gustaban a los arquitectos, sobre todo una última "post", tan empeñada como poco atractiva. "Obnoxious!", dije yo (detestable). Algunos expresaron su acuerdo.
El University Museum es un museo de historia natural, neogótico, con un interior inspirado por Ruskin. Es como un gran claustro, y en lo que corresponde al patio, una estructura metálica , "gótica", soporta la cubierta de cristal. Este "gótico" está hecho utilizando sólo las nervaduras; esto es, de acuerdo con la mítica interpretación de Viollet-le-Duc (compartida por Ruskin) de que sólo las nervaduras trabajan. Claro, esto es verdad si lo haces metálico, como es el caso, pero si lo construyes en piedra (o en cualquier otro material, y en formas continuas) todas las partes trabajan, pues las estructuras siguen la ley del mínimo esfuerzo. Resulta interesante precisamente como representación de este ingenuo mito y, así, de los disparates de Ruskin, un personaje respetadísimo por casi todo el mundo menos por mí.
Luego vimos el Keble College, una obra de Butterfield, el arquitecto de la iglesia londinense de All Saints, en St Margaret St, quizá la iglesia neogótica mejor de la capital. Posterior a la obra de Londres, ésta de Oxford es ambiciosa y brillante, y de grandes proporciones. La capilla por fuera parece una catedral, si bien en el interior se achica bastante.
Luego fuimos a ver el St Catherine College, que es el que hizo Jacobsen. Yo lo había visto ya treinta años antes, y luego alguna otra vez más, pero me siguió interesando. Resulta bastante atractivo el observar como es una suerte de comentario a la arquitectura de Mies van der Rohe, hecha por Jacobsen en hormigón armado, y a mitad de camino entre la admiración al maestro y una intensa ironía.
Por último vimos la Biblioteca de Derecho (Law Library), de Leslie Martin y Colin St John Wilson. Es un edificio interesante y logrado, de organicismo moderado, más o menos aaltiano, y que en ese aspecto tiene algo que ver con la actitud de cierta arquitectura española (madrileña) de generaciones más jóvenes.
Luego tomamos el té (los ingleses con pastas, mantequilla y mermelada, lo que se debía sobre todo a que al mediodía habían elegido mal la comida) y después nos fuimos a casa en autobús, que se coge en la calle, en pleno centro, y te deja en la Bus Victoria Station, o antes, si quieres.
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Volví a Oxford con Manuel López, un joven arquitecto valenciano que está haciendo el master, y con la intención de visitar el Blenheim Palace, de Vanbrugh y Hawksmoor, que está cerca de Oxford. Esta vez fuimos en tren y cogimos un autobús para ir a Blanheim. Cobraban por entrar 19 libras. Yo saqué el carnet de mayor de 60 años, el de profesor y el de prensa, y debí impresionar al portero pues me dejó la entrada a mitad de precio, aplicando (indebidamente) la destinada a grupos.
El Blenheim Palace fue una mansión que se le regaló al primer conde de Marlborough, luego duque, que era un militar que ganó en Austria una batalla importante de la guerra de sucesión española, aquella que teóricamente ganó Felipe V, pero a costa de perder Gibraltar. Por ganar esa batalla se le regaló el palacio, cuyo encargo consiguió Vanbrugh, que era una persona de clase alta muy bien relacionada, y que fue lo suficientemente prudente como para llamar a su amigo Hawksmoor, también ayudante de Wren, arquitecto habilísimo y de origen humilde.
Un duque de Marlborough fue Churchill, que nació precisamente en Blenheim. Seguro que el niño Wiston creía que todos los niños nacían en un palacio. El proyecto de Blenheim, bastante parecido al inmediatamente anterior Castle Howard, era muy grande y ambicioso y su construcción acabó convirtiéndose en un escándalo. El plan total no llegó a acabarse, pues sólo se hizo uno de los dos grandes edificios auxiliares de los laterales.
El Blenheim Palace es un edificio sin método, podría decirse; es decir, hecho sin poseer ningún instrumento de proyecto que le sirviera de guía de una forma clara. El núcleo del palacio es una suerte de villa palladiana, que se amplía, siguiendo más o menos las ideas del maestro véneto, pero de forma más compleja, y confiando por completo en la superposición de partes y en la absoluta simetría. Algo hay en él de los edificios en torno a patios, aunque muy poco, y a la postre está llevado a cabo con la habilidad para yuxtaponer adecuadamente las diferentes partes de que consta.
La arquitectura concreta es a veces palladiana, pero la que caracteriza más al palacio es una manera extraña y original, brillante y algo disparatada, propia del genio de Hawksmoor y, en menor medida, de Vanbrugh. El edificio, figurativamente hablando, superpone un pallasianismo purista que llega en ocasiones a anticipar la arquitectura radical de un Ledoux, con un barroco exaltado que se diría seguidor, y superador, de Borromini. El resultado es extraño y brillante, altamente original. Recomiendo no perdérselo, si uno anda alguna vez por allí creca.
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Volví otra vez, todavía, en Semana Santa, cuando vinieron a estar conmigo mi mujer, Chinina, y mis hijos, Jaime y Alberto. Esta vez dedicamos el día a la ciudad, pero a la arquitectura moderna, aunque sin despreciar algunas de las antiguas, y decimonónicas, que nos salían al paso. Empezamos por el Queen´s College, de Stirling y Gowan, tan famoso cuando yo era joven profesor, como fueron en general, en España y en casi todo el mundo, las obras más vanguardistas de estos grandes arquitectos británicos. El edificio está mal cuidado. Casi parecía abandonado, aunque no es así. Parece un producto de la incomprensión de los ingleses por este tipo de arquitectura, aunque es de notar que también a mí me costó bastante trabajo que mi familia lo viera como algo apreciable. También hay que recordar que cuando fuimos con Forty ni se refirió siquiera al edificio, probablemente porque, como tantos, considera a Stirling un excéntrico (aunque Forty estaba en la Tate British el día que Anthony Vidler dió una conferencia sobre la obra de Stirling, y tuvo que pagar 15libras para entrar).
Luego fuimos a ver lo de Jacobsen, que tuvo gran éxito para mi familia, aunque no pudimos entrar a nada, si bien el colegio se deja entender bien a través de sus espacios exteriores. También vimos la biblioteca de Martin y de St John Wilson, que también les gustó.
Al lado del Keble College descubrimos un largo cerramiento moderno y de diseño complejo, un tanto a la manera de Kahn. Buscamos ver lo que era y para ello tuvimos que entrar en el Keble, y, al fin, vimos que se trataba de un gran edificio de ampliación, cerrado por completo al exterior por el muro que habíamos visto, con un largo trazado que dibuja casi una espiral después de una dilatada línea, y terminado en el interior por una fachada de vidrio, inclinado progresivamente, a la manera del Queen´s College. Ya dentro, yo lo recordé como un ejemplo famoso de la arquitectura británica de final de los 60 o principio de los 70. Preguntando supimos que el arquitecto era Rick Mather. Nos gustó descubrirlo y verlo, y yo recordé que Forty, que nos enseño el Keble, no dijo nada de esta ampliación ni nos la mostró siquiera. Sin duda otra excentricidad para él.
Comimos en un Pub antiguo que encontramos, muy agradablemente y en un patio. Habíamos ido en tren, pero volvimos en autobús, más barato y más cómodo de coger en pleno centro de la ciudad.
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