Anda por los correos electrónicos un texto para que te apuntes a quitarles privilegios a los Diputados, que según algunos tienen muchos. Yo no estoy de acuerdo.
Tuve la desgracia de nacer en el franquismo y de permanecer 28 años en él. Por eso soy completamente partidario de la democracia parlamentaria. Los Diputados ¿tienen muchos privilegios, laborales, de seguridad, paro, etc.? Me parece perfecto. Me alegro mucho de que los tengan. Creo que la figura del Diputado debe estar muy protegida, de modo que la gente interesante quiera serlo. Y además, por que sí; ser Diputado es muy importante. Quien les envidie, que se apunte.
Toda persecución de los Diputados y sus supuestos privilegios me suena a para-fascista. No me gusta. Por el contrario, lo que creo es que el Presidente del Gobierno y los ministros, subsecretarios y directores generales están muy mal pagados, y que esto debería corregirse. No odio a los políticos, ni a la política, ni creo que lo malo de este país (o de cualquiera) sean los políticos. Lo malo de un país que funciona mal es la generalidad de sus ciudadanos (sobre todo, desde luego, de los que más dinero tienen, además de los que detentan el poder).
Soy partidario de la democracia parlamentaria, incluso aunque funcione mal. Abajo los populismos y los fascismos disfrazados.
lunes, 30 de abril de 2012
domingo, 25 de marzo de 2012
TAMBIEN HA MUERTO MANUEL DE SOLÀ-MORALES
Manuel de Solà-Morales Rubió, catalán nacido en Vitoria en 1939, ha fallecido en Barcelona en el pasado febrero a la edad de 73 años. Manuel era hijo de un arquitecto barcelonés, catedrático de construcción de la Escuela, y hermano mayor de Ignacio, también arquitecto y también catedrático, en su caso de composición. Y también desgraciadamente fallecido, pero de modo mucho más prematuro, en 2000. Manuel estudió arquitectura, en Barcelona, pues era lo que le parecía que le acercaba más al objeto de su más alto interés, la ciudad. Fue luego discípulo de Ludovico Quaroni en Roma y de Josep Lluis Sert en Harvard. Y fue así arquitecto y urbanista. O, mejor debiéramos decir quizá, arquitecto de edificios y de ciudad, de ciudades. En la enseñanza fue catedrático de Urbanística de la Escuela de Barcelona, su Escuela, quizá el mejor de España, o, desde luego uno de los mejores. Y quien dice de España dice mucho. De su misma Escuela fue también director, más o menos al final de su vida académica. Fue igualmente profesor visitante en numerosas y reconocidas Escuelas de Arquitectura en Europa y América.
Así, pues, era arquitecto de edificios y de diseños urbanos, y autor de numerosos y magníficos artículos y libros. En Barcelona hizo, entre otras cosas, el Moll de la Fusta, en la orilla del mar; y, con Moneo, el gran edificio de la Illa Diagonal, donde arquitectura y ciudad se funden, aunque no sea más que por el tamaño. Influyó con proyectos y obras, y con sabio consejo, en las transformaciones recientes de Barcelona, e hizo numerosas obras de arquitectura y de diseño urbano en España y fuera de España (Alemania, Holanda, Bélgica, Portugal, Italia). Su obra ha recibido numerosos premios.
Perteneció a la redacción de la prestigiosa revista “Arquitecturas bis”, dentro del consejo de redacción capitaneado por Oriol Bohigas y por Rosa Regás, y compuesto por él, por Federico Correa, Rafael Moneo, Lluis Domènec, Tomás Llorens y Heliodoro Piñón. Fundó además la revista “UR” dentro del Seminario de urbanismo de la Escuela catalana, que también fundó y dirigió.
Quizá podamos decir que su trabajo y su figura toda están muy bien definidos por la creencia en, y el cultivo de, la unión entre arquitectura y urbanismo como partes insoslayables de una misma cuestión, como pareja de protagonistas de un mismo argumento; esto es, de la mejor invención humana que han visto y verán los siglos: la ciudad. Lo que más amaba.
Quien esto escribe tuvo la fortuna de conocerle y de tener con él una cierta amistad. Por eso recomienda sus libros y, también, la entrevista que publicó la revista Arquitectura COAM en 2008. Es un buen testimonio de su atractiva personalidad.
Así, pues, era arquitecto de edificios y de diseños urbanos, y autor de numerosos y magníficos artículos y libros. En Barcelona hizo, entre otras cosas, el Moll de la Fusta, en la orilla del mar; y, con Moneo, el gran edificio de la Illa Diagonal, donde arquitectura y ciudad se funden, aunque no sea más que por el tamaño. Influyó con proyectos y obras, y con sabio consejo, en las transformaciones recientes de Barcelona, e hizo numerosas obras de arquitectura y de diseño urbano en España y fuera de España (Alemania, Holanda, Bélgica, Portugal, Italia). Su obra ha recibido numerosos premios.
Perteneció a la redacción de la prestigiosa revista “Arquitecturas bis”, dentro del consejo de redacción capitaneado por Oriol Bohigas y por Rosa Regás, y compuesto por él, por Federico Correa, Rafael Moneo, Lluis Domènec, Tomás Llorens y Heliodoro Piñón. Fundó además la revista “UR” dentro del Seminario de urbanismo de la Escuela catalana, que también fundó y dirigió.
Quizá podamos decir que su trabajo y su figura toda están muy bien definidos por la creencia en, y el cultivo de, la unión entre arquitectura y urbanismo como partes insoslayables de una misma cuestión, como pareja de protagonistas de un mismo argumento; esto es, de la mejor invención humana que han visto y verán los siglos: la ciudad. Lo que más amaba.
Quien esto escribe tuvo la fortuna de conocerle y de tener con él una cierta amistad. Por eso recomienda sus libros y, también, la entrevista que publicó la revista Arquitectura COAM en 2008. Es un buen testimonio de su atractiva personalidad.
viernes, 24 de febrero de 2012
LUIS MORENO GARCÍA-MANSILLA: UN GRAN AMIGO Y UN GRAN ARQUITECTO HA DESAPARECIDO
El arquitecto Luis Moreno García-Mansilla había nacido en Madrid, en julio de 1959, y se tituló en arquitectura en 1982. Para nuestra tristeza, ha fallecido repentinamente en Barcelona el 22 de febrero de 2012.
En la Escuela fue alumno de Juan Navarro Baldeweg, de Gabriel Ruiz Cabrero, de Javier Vellés (ambos en la cátedra de Sáenz de Oíza) y de Carlos Sambricio, entre otros. Y perteneció a un grupo, o pandilla, que formábamos algunos profesores, como los ya citados y quien esto escribe, con algunos otros, todos de la edad de Luis, que habían sido nuestros alumnos. En 1980 hicimos entre todos una exposición de trabajos y dibujos de arquitectura, que tuvo gran éxito, en la galería Ynguanzo de Madrid, y que se paseó por algunos otros lugares de España. Luego acabó reflejada en un libro, “Arquitecturas Modernas”, publicado por Pronaos en 1982, y en el que puede verse algo del trabajo escolar de Luis, que destaca ya por su calidad y por su originalidad, por su condición personal. En aquel entonces trabajaba en el estudio de Rafael Moneo, adonde le había llevado Pedro Feduchi, (que me lo había robado a mí, por cierto, pues no podía permitirme competir con el maestro). Todos recordamos a Luis, desde entonces, como alguien que todo lo hacía bien, fuera lo que fuese.
Empezó trabajando conmigo, en 1979. Lo había llevado mi mujer, entonces mi novia, para trabajar con nosotros en un proyecto de restauración de la catedral de Oviedo. Luis hizo unos exquisitos y pequeños dibujos sobre el claustro gótico, pero una tarde noté que no avanzaba, y me acerqué a su mesa, en un momento dado, a ver qué le pasaba. Estaba dibujando la fachada clásica del claustro de la catedral, con la ayuda de pocos datos y fotografías, y no acertaba a interpretarlas del todo. Después de ver lo que hacía, le dije: "Claro Luis, es que esos órdenes son muy toscos y, además, tú perteneces ya a estas generaciones modernas que no han tenido que estudiar los órdenes clásicos. Pero no te preocupes, que lo ves aquí.", y le dí un Viñola para que pudiera entender bien los órdenes. Yo dije aquello como una disculpa, pero quizá el lo entendió como un reproche, pues se puso colorado como un tomate, quizá era la única vez que había tropezado con algo que no sabía. Al final de la tarde le ví dibujar unos pequeños órdenes, los cinco, en una libreta que llevaba en el bolsillo. Ya se los había aprendido.
Luego Luis, acabada la carrera, se fue como pensionado a la Academia Española de Roma (hacia 1984), y después de un examen (que entonces se había vuelto a implantar). Allí conoció a otra pensionada, la barcelonesa Carmen Pinart. La sensibilidad y el instinto de Luis detectó enseguida las cualidades excepcionales de esta magnífica mujer y excelente pintora, por lo que se casaron poco después. Fuimos todos los amigos de Madrid a la boda de Barcelona, alguna buena foto lo recuerda. Debió de ser algunos años más tarde cuando fueron juntos a vivir a Estocolmo, donde Luis estudió la obra de Asplund y de Lewerentz, de cara a su tesis doctoral, mientras Carmen pintaba y dibujaba.
No sé si fue después de Roma y Estocolmo cuando le dieron la beca de Formación de Personal Investigador y trabajó en la asignatura de Composición cuando estábamos Juan Antonio Cortés y yo. También estaban José Barbeito y Bernardo Ynzenga. Más o menos por aquellos años le contratamos (Javier Frechilla, Gabriel Ruiz Cabrero y yo) para la revista "Arquitectura", que entonces dirigíamos, y con el fin de reforzarnos a nosotros y a Juan Paz, también arquitecto y también amigo nuestro, que llevaba el diseño y la producción.
Por aquellos años (y ya algo antes de acabar la carrera) Luis había puesto un estudio con Álvaro Soto, Pedro Feduchi y Sigfrido Martín Begué (este último pintor y arquitecto, y también fallecido prematuramente hace un año), todos ellos del grupo “Arquitecturas modernas”. Algo hicieron juntos, pero pronto el estudio se deshizo y cada uno fue por otros derroteros. Luis volvió a trabajar con Rafael Moneo, donde estaba ya Emilio Tuñón, y allí estuvieron bastantes años. Fue hacia 1992 cuando dejaron de trabajar con él e iniciaron su propio estudio.
Debió ser hacia 1990 (quizá antes) cuando Luis entró de profesor en la Escuela, de la mano de Manuel de las Casas. Ya en 1991, o 92, (e incorporado quien esto escribe a la Escuela de Madrid, después de haber sido catedrático de Valladolid durante unos años), Casas me cedió a Emilio Tuñón, Álvaro Soto, Luis Moreno y Pedro Feduchi, que habían sido incorporados a la Escuela por él, y para que yo pudiera formar mi unidad docente con ellos. Era, de nuevo, parte de la pandilla de “Arquitecturas Modernas”, que duró algunos años, pero no demasiado: se habían hecho mayores y volaban, lógicamente, por su cuenta. Tuvieron conmigo mucha autonomía.
En 1998 Luis leyó su tesis doctoral, “Apuntes de viaje al interior del tiempo”, tema sofisticado y atractivo que el lector interesado puede encontrar (si no se ha agotado ya; o, si es así -que lo será- en las bibliotecas) en la colección de tesis de la Fundación de la Caja de Arquitectos. La originalidad con que Luis acompañaba todas sus cosas queda presente en este atractivo y singular trabajo, que quien escribe conoció bien por haber sido miembro del tribunal de lectura. En 2000 Luis ganó la plaza de Profesor Titular de Proyectos en la Escuela de Madrid, y ya organizó su propia Unidad docente, llevándose con él a nuestros otros amigos comunes que habían pertenecido a la pandilla de “Arquitecturas Modernas”.
Claro es que, a estas alturas, la obra de Luis con Emilio Tuñón era ya bastante importante. De 1992 a 1996 habían hecho el pequeño pero exquisito Museo de Zamora, por iniciativa de Carlos Baztán, uno de los arquitectos que trabajaron para muy distintas administraciones y que favoreció su carrera arquitectónica al reconocer su alta calidad. El Museo de Zamora se implanta en los aledaños de la ciudad entre la muralla y el río, consiguiendo salvaguardar tanto su propia y radical modernidad como su adecuada relación con la ciudad vieja.
De 1994 a 1998 construyeron una piscina municipal en San Fernando de Henares, Madrid, que habían ganado en un concurso. Una obra tan racionalista y tan sensata de planteamiento como lograda. Pero en 1994 ganaron otros tres concursos importantísimos, el del Auditorio de León (1994-2002), el del Museo de Castellón (1996-2000), y el del Archivo y Biblioteca de la Comunidad de Madrid en la vieja fábrica de cerveza “El Águila”, pues ya entonces la pareja de arquitectos se consolidaba con el carácter de profesionales modernos, esto es, de ejercer la arquitectura a través de ganar concursos. Así, concursantes infatigables, ganaron primeros, segundos y terceros premios, y fueron trabajando prácticamente siempre de este esforzado y meritorio modo.
Todos estos edificios, felizmente construidos, consolidaron un modo propio de entender la arquitectura que puede describirse, en un primer aspecto, como de continuidad con la tradición racionalista que había sido tanto tiempo, y con algunas intermitencias, la posición central del desarrollo de la arquitectura moderna y que, en esos años, continuaba siéndolo, como puede verse en la arquitectura española, y, muy concretamente, en la de Mansilla y Tuñón, tan representativa como cualificada. Tanto en el aspecto geométrico y planimétrico como en el figurativo, todos los edificios citados siguen la corriente racionalista, pero ello no quiere decir que hicieran demasiadas concesiones a las convenciones arquitectónicas, modernas o no.
Pues el seguimiento racionalista fue en Mansilla y Tuñón, y en aquellos años, tan firme como original. Repásense para comprobarlo, las obras citadas. El Museo de Zamora es una caja cúbica y ciega, de piedra, que presenta un espacio interior tan elaborado como inesperado. Algo de la arquitectura nórdica late fuertemente en él. La piscina de San Fernando se diría una reelaboración de la arquitectura de Mies, pero –como en el caso de Jacobsen- superar acertadamente los límites que el maestro alemán no quería traspasar y hacerlo con soltura y coherencia es un valor claro de este sencillo, sensato y bello edificio. El auditorio de León es más complejo, lógicamente y debido al tema, y en él aparecen algunos acentos orgánicos que están sobre todo en las secciones y el interior de la sala. Lo más original, sin embargo, es el aspecto externo, que articula con extraordinario acierto dos piezas oblicuas y que no necesita salirse de la tradición racionalista para caracterizar fuertemente el conjunto con la plástica y exquisita fachada del pabellón pequeño, cuya autonomía consigue paradójicamente el protagonismo de la totalidad.
El edificio de Castellón es de una austera, marcada y conseguida sobriedad externa, originando un valioso volumen para el espacio de la ciudad, y es tan espacialmente rico y penetrable, y tan amable y matizado cuando se pasa a su interior, como serio e impenetrable se presenta el museo en su monumental e ilegible forma externa. En el conjunto de Archivo y Biblioteca de ”El Águila", los nuevos pabellones se ordenan junto con los antiguos en un modo de entender el conjunto en el que están casi ausentes tanto las tradiciones compositivas como las urbanas, para dar paso a la lógica y la elementalidad con la que se ordenan los objetos. Estos se exhiben a sí mismos como personajes, como miembros de un conjunto en el que acaso aparecen algunos parentescos de vestimenta, pero en el que se salvaguarda la identidad de cada cual. Todo ello servido, como siempre, por una figuratividad racionalista, pero que no respeta convenciones y que siempre inventa y propone algo nuevo. Puede este modo anotarse como una manera propia de la modernidad española de fin de siglo, y a Mansilla y Tuñón como sus principales y más afortunados cultivadores.
El Proyecto para el concurso de ampliación del Reina Sofía (1999, no ganado) y el de una “Construcción en forma de Cruz”, en Teruel (2001, tampoco), parecen continuar con esta tradición tan respetada y con las mismas características de fidelidad e innovación, pero ya en el concurso para una Biblioteca Pública en Jerez de la Frontera (2001, tampoco ganado), se hace ver una nueva y muy distinta manera, que se va a consolidar y a construir felizmente en el Museo de León (MUSAC, 2001-04).
En este conocido museo, la composición ortogonal, a la que habían sido tan fieles, se rompe a favor de la repetición de un módulo compuesto por un cuadrado y un rombo, y las figuras simples y pregnantes se sustituyen por la indeterminación a la que un módulo tal conduce con aplastante lógica. Curiosamente, la acumulación de módulos es capaz de salir al paso de algunas cuestiones de forma urbana, imprescindibles en un lugar periférico tan abstracto. La diferente altura de las partes se encarga ahora de una variación altimétrica que algo ha de acompañar al informalismo planimétrico, pero las esviaciones que la modulación provoca son contrarrestadas por la austeridad y la sistemática de los cierres, todos ellos simples y de muro cortina, recuperando así algo de la tradición racionalista que el uso tan intenso de los colores vuelve a contrarrestar. Lo cierto es que el museo de León parece destacarse como un punto de inflexión importante en la obra de estos arquitectos, que los aleja bastante y con notable rapidez de su trayectoria primera.
A partir de éste, los proyectos exploran maneras diferentes, como fue el del Museo de Cantabria, de curiosa inspiración naturalista, y en el que –frente a lo ensayado en León- la altimetría se produce con más complejidad aún que la planimetría, iniciando así un camino difícil, que no hemos podido ver comprobado por la realización. Puede decirse que el arriesgado formalismo moderno les ha alcanzado, como prueba el conjunto para Nanjong, China (2003), o el proyecto para Cimbra (2003), o el del Ayuntamiento de Lalín (2004, y ya realizado). En estos dos últimos el conjunto está compuesto por edificios redondos, un curioso formalismo de última hora, y con respecto al cual creo que resulta especialmente chocante que estos arquitectos lo hayan usado con tanta intensidad.
Su última obra, aún en marcha, es de muy otro talante, debido al lugar. Se trata del Museo de las Colecciones Reales, en Madrid (2002). Situado en el borde de la cornisa del Palacio Real, en continuidad con las construcciones auxiliares de éste, pero a la altura de la catedral de la Almudena, un gran edificio lineal al modo de un gran muro de contención –pues no otra es su naturaleza- se desarrolla en varios niveles que descienden por la cornisa. La arquitectura en este caso es absolutamente contenida, recuperando para ello la radicalidad de las viejas orientaciones racionalistas, y caracterizando la presencia del edificio en la cornisa mediante la repetición cadenciosa y sistemática de una gran pilastra obsesivamente repetida y de acertado sabor dórico. La obra está en marcha, y todavía durará bastante, pero ya pueden verse sus sobrios y logrados espacios interiores y su arriesgada y lograda impronta externa. Madrid está con ello de enhorabuena.
Pero Luis ya no verá, tristemente, el final de esta importante realización suya, si bien la historia le reservará sin duda un importante lugar. Y nosotros no podremos disfrutar ya de su inteligencia, de su originalidad, de su refinamiento, de su buen sentido, de su amabilidad y simpatía, de…
Nos hemos quedado algo más solos.
Unos 15 o 20 días antes de que su desaparición nos sorprendiera tuvimos la afortunada ocurrencia de invitar a cenar a nuestra casa a Luis y a Carmen, junto con otros amigos. Estuvimos en casa comiendo y bebiendo, y riendo mucho; fue una noche divertida y feliz. Pocos días antes me había dado el prólogo que yo le había pedido, y que había escrito con Emilio, para mi próximo libro. Es su último escrito. Y yo dedicaré este libro a su memoria.
24 de febrero de 2012
En la Escuela fue alumno de Juan Navarro Baldeweg, de Gabriel Ruiz Cabrero, de Javier Vellés (ambos en la cátedra de Sáenz de Oíza) y de Carlos Sambricio, entre otros. Y perteneció a un grupo, o pandilla, que formábamos algunos profesores, como los ya citados y quien esto escribe, con algunos otros, todos de la edad de Luis, que habían sido nuestros alumnos. En 1980 hicimos entre todos una exposición de trabajos y dibujos de arquitectura, que tuvo gran éxito, en la galería Ynguanzo de Madrid, y que se paseó por algunos otros lugares de España. Luego acabó reflejada en un libro, “Arquitecturas Modernas”, publicado por Pronaos en 1982, y en el que puede verse algo del trabajo escolar de Luis, que destaca ya por su calidad y por su originalidad, por su condición personal. En aquel entonces trabajaba en el estudio de Rafael Moneo, adonde le había llevado Pedro Feduchi, (que me lo había robado a mí, por cierto, pues no podía permitirme competir con el maestro). Todos recordamos a Luis, desde entonces, como alguien que todo lo hacía bien, fuera lo que fuese.
Empezó trabajando conmigo, en 1979. Lo había llevado mi mujer, entonces mi novia, para trabajar con nosotros en un proyecto de restauración de la catedral de Oviedo. Luis hizo unos exquisitos y pequeños dibujos sobre el claustro gótico, pero una tarde noté que no avanzaba, y me acerqué a su mesa, en un momento dado, a ver qué le pasaba. Estaba dibujando la fachada clásica del claustro de la catedral, con la ayuda de pocos datos y fotografías, y no acertaba a interpretarlas del todo. Después de ver lo que hacía, le dije: "Claro Luis, es que esos órdenes son muy toscos y, además, tú perteneces ya a estas generaciones modernas que no han tenido que estudiar los órdenes clásicos. Pero no te preocupes, que lo ves aquí.", y le dí un Viñola para que pudiera entender bien los órdenes. Yo dije aquello como una disculpa, pero quizá el lo entendió como un reproche, pues se puso colorado como un tomate, quizá era la única vez que había tropezado con algo que no sabía. Al final de la tarde le ví dibujar unos pequeños órdenes, los cinco, en una libreta que llevaba en el bolsillo. Ya se los había aprendido.
Luego Luis, acabada la carrera, se fue como pensionado a la Academia Española de Roma (hacia 1984), y después de un examen (que entonces se había vuelto a implantar). Allí conoció a otra pensionada, la barcelonesa Carmen Pinart. La sensibilidad y el instinto de Luis detectó enseguida las cualidades excepcionales de esta magnífica mujer y excelente pintora, por lo que se casaron poco después. Fuimos todos los amigos de Madrid a la boda de Barcelona, alguna buena foto lo recuerda. Debió de ser algunos años más tarde cuando fueron juntos a vivir a Estocolmo, donde Luis estudió la obra de Asplund y de Lewerentz, de cara a su tesis doctoral, mientras Carmen pintaba y dibujaba.
No sé si fue después de Roma y Estocolmo cuando le dieron la beca de Formación de Personal Investigador y trabajó en la asignatura de Composición cuando estábamos Juan Antonio Cortés y yo. También estaban José Barbeito y Bernardo Ynzenga. Más o menos por aquellos años le contratamos (Javier Frechilla, Gabriel Ruiz Cabrero y yo) para la revista "Arquitectura", que entonces dirigíamos, y con el fin de reforzarnos a nosotros y a Juan Paz, también arquitecto y también amigo nuestro, que llevaba el diseño y la producción.
Por aquellos años (y ya algo antes de acabar la carrera) Luis había puesto un estudio con Álvaro Soto, Pedro Feduchi y Sigfrido Martín Begué (este último pintor y arquitecto, y también fallecido prematuramente hace un año), todos ellos del grupo “Arquitecturas modernas”. Algo hicieron juntos, pero pronto el estudio se deshizo y cada uno fue por otros derroteros. Luis volvió a trabajar con Rafael Moneo, donde estaba ya Emilio Tuñón, y allí estuvieron bastantes años. Fue hacia 1992 cuando dejaron de trabajar con él e iniciaron su propio estudio.
Debió ser hacia 1990 (quizá antes) cuando Luis entró de profesor en la Escuela, de la mano de Manuel de las Casas. Ya en 1991, o 92, (e incorporado quien esto escribe a la Escuela de Madrid, después de haber sido catedrático de Valladolid durante unos años), Casas me cedió a Emilio Tuñón, Álvaro Soto, Luis Moreno y Pedro Feduchi, que habían sido incorporados a la Escuela por él, y para que yo pudiera formar mi unidad docente con ellos. Era, de nuevo, parte de la pandilla de “Arquitecturas Modernas”, que duró algunos años, pero no demasiado: se habían hecho mayores y volaban, lógicamente, por su cuenta. Tuvieron conmigo mucha autonomía.
En 1998 Luis leyó su tesis doctoral, “Apuntes de viaje al interior del tiempo”, tema sofisticado y atractivo que el lector interesado puede encontrar (si no se ha agotado ya; o, si es así -que lo será- en las bibliotecas) en la colección de tesis de la Fundación de la Caja de Arquitectos. La originalidad con que Luis acompañaba todas sus cosas queda presente en este atractivo y singular trabajo, que quien escribe conoció bien por haber sido miembro del tribunal de lectura. En 2000 Luis ganó la plaza de Profesor Titular de Proyectos en la Escuela de Madrid, y ya organizó su propia Unidad docente, llevándose con él a nuestros otros amigos comunes que habían pertenecido a la pandilla de “Arquitecturas Modernas”.
Claro es que, a estas alturas, la obra de Luis con Emilio Tuñón era ya bastante importante. De 1992 a 1996 habían hecho el pequeño pero exquisito Museo de Zamora, por iniciativa de Carlos Baztán, uno de los arquitectos que trabajaron para muy distintas administraciones y que favoreció su carrera arquitectónica al reconocer su alta calidad. El Museo de Zamora se implanta en los aledaños de la ciudad entre la muralla y el río, consiguiendo salvaguardar tanto su propia y radical modernidad como su adecuada relación con la ciudad vieja.
De 1994 a 1998 construyeron una piscina municipal en San Fernando de Henares, Madrid, que habían ganado en un concurso. Una obra tan racionalista y tan sensata de planteamiento como lograda. Pero en 1994 ganaron otros tres concursos importantísimos, el del Auditorio de León (1994-2002), el del Museo de Castellón (1996-2000), y el del Archivo y Biblioteca de la Comunidad de Madrid en la vieja fábrica de cerveza “El Águila”, pues ya entonces la pareja de arquitectos se consolidaba con el carácter de profesionales modernos, esto es, de ejercer la arquitectura a través de ganar concursos. Así, concursantes infatigables, ganaron primeros, segundos y terceros premios, y fueron trabajando prácticamente siempre de este esforzado y meritorio modo.
Todos estos edificios, felizmente construidos, consolidaron un modo propio de entender la arquitectura que puede describirse, en un primer aspecto, como de continuidad con la tradición racionalista que había sido tanto tiempo, y con algunas intermitencias, la posición central del desarrollo de la arquitectura moderna y que, en esos años, continuaba siéndolo, como puede verse en la arquitectura española, y, muy concretamente, en la de Mansilla y Tuñón, tan representativa como cualificada. Tanto en el aspecto geométrico y planimétrico como en el figurativo, todos los edificios citados siguen la corriente racionalista, pero ello no quiere decir que hicieran demasiadas concesiones a las convenciones arquitectónicas, modernas o no.
Pues el seguimiento racionalista fue en Mansilla y Tuñón, y en aquellos años, tan firme como original. Repásense para comprobarlo, las obras citadas. El Museo de Zamora es una caja cúbica y ciega, de piedra, que presenta un espacio interior tan elaborado como inesperado. Algo de la arquitectura nórdica late fuertemente en él. La piscina de San Fernando se diría una reelaboración de la arquitectura de Mies, pero –como en el caso de Jacobsen- superar acertadamente los límites que el maestro alemán no quería traspasar y hacerlo con soltura y coherencia es un valor claro de este sencillo, sensato y bello edificio. El auditorio de León es más complejo, lógicamente y debido al tema, y en él aparecen algunos acentos orgánicos que están sobre todo en las secciones y el interior de la sala. Lo más original, sin embargo, es el aspecto externo, que articula con extraordinario acierto dos piezas oblicuas y que no necesita salirse de la tradición racionalista para caracterizar fuertemente el conjunto con la plástica y exquisita fachada del pabellón pequeño, cuya autonomía consigue paradójicamente el protagonismo de la totalidad.
El edificio de Castellón es de una austera, marcada y conseguida sobriedad externa, originando un valioso volumen para el espacio de la ciudad, y es tan espacialmente rico y penetrable, y tan amable y matizado cuando se pasa a su interior, como serio e impenetrable se presenta el museo en su monumental e ilegible forma externa. En el conjunto de Archivo y Biblioteca de ”El Águila", los nuevos pabellones se ordenan junto con los antiguos en un modo de entender el conjunto en el que están casi ausentes tanto las tradiciones compositivas como las urbanas, para dar paso a la lógica y la elementalidad con la que se ordenan los objetos. Estos se exhiben a sí mismos como personajes, como miembros de un conjunto en el que acaso aparecen algunos parentescos de vestimenta, pero en el que se salvaguarda la identidad de cada cual. Todo ello servido, como siempre, por una figuratividad racionalista, pero que no respeta convenciones y que siempre inventa y propone algo nuevo. Puede este modo anotarse como una manera propia de la modernidad española de fin de siglo, y a Mansilla y Tuñón como sus principales y más afortunados cultivadores.
El Proyecto para el concurso de ampliación del Reina Sofía (1999, no ganado) y el de una “Construcción en forma de Cruz”, en Teruel (2001, tampoco), parecen continuar con esta tradición tan respetada y con las mismas características de fidelidad e innovación, pero ya en el concurso para una Biblioteca Pública en Jerez de la Frontera (2001, tampoco ganado), se hace ver una nueva y muy distinta manera, que se va a consolidar y a construir felizmente en el Museo de León (MUSAC, 2001-04).
En este conocido museo, la composición ortogonal, a la que habían sido tan fieles, se rompe a favor de la repetición de un módulo compuesto por un cuadrado y un rombo, y las figuras simples y pregnantes se sustituyen por la indeterminación a la que un módulo tal conduce con aplastante lógica. Curiosamente, la acumulación de módulos es capaz de salir al paso de algunas cuestiones de forma urbana, imprescindibles en un lugar periférico tan abstracto. La diferente altura de las partes se encarga ahora de una variación altimétrica que algo ha de acompañar al informalismo planimétrico, pero las esviaciones que la modulación provoca son contrarrestadas por la austeridad y la sistemática de los cierres, todos ellos simples y de muro cortina, recuperando así algo de la tradición racionalista que el uso tan intenso de los colores vuelve a contrarrestar. Lo cierto es que el museo de León parece destacarse como un punto de inflexión importante en la obra de estos arquitectos, que los aleja bastante y con notable rapidez de su trayectoria primera.
A partir de éste, los proyectos exploran maneras diferentes, como fue el del Museo de Cantabria, de curiosa inspiración naturalista, y en el que –frente a lo ensayado en León- la altimetría se produce con más complejidad aún que la planimetría, iniciando así un camino difícil, que no hemos podido ver comprobado por la realización. Puede decirse que el arriesgado formalismo moderno les ha alcanzado, como prueba el conjunto para Nanjong, China (2003), o el proyecto para Cimbra (2003), o el del Ayuntamiento de Lalín (2004, y ya realizado). En estos dos últimos el conjunto está compuesto por edificios redondos, un curioso formalismo de última hora, y con respecto al cual creo que resulta especialmente chocante que estos arquitectos lo hayan usado con tanta intensidad.
Su última obra, aún en marcha, es de muy otro talante, debido al lugar. Se trata del Museo de las Colecciones Reales, en Madrid (2002). Situado en el borde de la cornisa del Palacio Real, en continuidad con las construcciones auxiliares de éste, pero a la altura de la catedral de la Almudena, un gran edificio lineal al modo de un gran muro de contención –pues no otra es su naturaleza- se desarrolla en varios niveles que descienden por la cornisa. La arquitectura en este caso es absolutamente contenida, recuperando para ello la radicalidad de las viejas orientaciones racionalistas, y caracterizando la presencia del edificio en la cornisa mediante la repetición cadenciosa y sistemática de una gran pilastra obsesivamente repetida y de acertado sabor dórico. La obra está en marcha, y todavía durará bastante, pero ya pueden verse sus sobrios y logrados espacios interiores y su arriesgada y lograda impronta externa. Madrid está con ello de enhorabuena.
Pero Luis ya no verá, tristemente, el final de esta importante realización suya, si bien la historia le reservará sin duda un importante lugar. Y nosotros no podremos disfrutar ya de su inteligencia, de su originalidad, de su refinamiento, de su buen sentido, de su amabilidad y simpatía, de…
Nos hemos quedado algo más solos.
Unos 15 o 20 días antes de que su desaparición nos sorprendiera tuvimos la afortunada ocurrencia de invitar a cenar a nuestra casa a Luis y a Carmen, junto con otros amigos. Estuvimos en casa comiendo y bebiendo, y riendo mucho; fue una noche divertida y feliz. Pocos días antes me había dado el prólogo que yo le había pedido, y que había escrito con Emilio, para mi próximo libro. Es su último escrito. Y yo dedicaré este libro a su memoria.
24 de febrero de 2012
sábado, 11 de febrero de 2012
PERSONAJES EXTREMADAMENTE PELIGROSOS
No se cruce usted con ellos, amigo lector, tenga mucho cuidado. Éstos son, nada menos, que los jueces del primer caso Garzón, el que prefirió castigar al juez en vez de darle la razón en sus procedimientos para poder perseguir a los delincuentes del caso Gurtel, conchabados con determinados políticos, como es bien sabido. Esto es, con el pretexto de defender los derechos de los reos (cuestión muy progresista, naturalmente) empezar las maniobras conducentes a que no se castigue la corrupción. Es decir, el latrocinio. "Se están santificando las reglas de un juego repugnante: el de la utilización de los principios del Estado de derecho para blindar hasta el infinito la cobertura legal de la delincuencia organizada de altos vuelos". Esto no lo digo yo, sino Mercedes Gallizo Llamas, ("El País", 10-02-12, pág. 13), hasta hace bien poco Directora General de Instituciones Penitenciarias (claro es, no con el actual partido gobernante). Ya no nos hace falta ni la Mafia italiana ni la rusa; estamos creando, y va muy avanzada, una delincuencia organizada española, castiza, bien propia y bien pooderosa. ¿No se lo cree usted, amigo lector? Pues, al tiempo, ya verá ud. como éste me da la razón, aunque no sea, desde luego, mi gusto.
Pero, bueno, lo dicho, cuídese de estos sujetos:
Joaquín Jiménez García (presidente del llamado tribunal)
Andrés Martínez Arrieta
Miguel Colmenero Menéndez de Luarca (ponente de la llamada sentencia)
Francisco Monterde Ferrer
Juan Ramón Berdugo Gómez de la Torre
Luciano Varela Castro (que fue el instructor del siguiente proceso, el del franquismo)
Manuel Marchena Gómez
Lo mejor es que vea en "El País" (10-02-12) los caretos de estos simpáticos sujetos, pues no tienen desperdicio. Y, casi mejor, recorte ud. la foto. Para poder identificarlos enseguida y salir corriendo.
Pero, bueno, lo dicho, cuídese de estos sujetos:
Joaquín Jiménez García (presidente del llamado tribunal)
Andrés Martínez Arrieta
Miguel Colmenero Menéndez de Luarca (ponente de la llamada sentencia)
Francisco Monterde Ferrer
Juan Ramón Berdugo Gómez de la Torre
Luciano Varela Castro (que fue el instructor del siguiente proceso, el del franquismo)
Manuel Marchena Gómez
Lo mejor es que vea en "El País" (10-02-12) los caretos de estos simpáticos sujetos, pues no tienen desperdicio. Y, casi mejor, recorte ud. la foto. Para poder identificarlos enseguida y salir corriendo.
miércoles, 1 de febrero de 2012
"Nuevas lecciones de arquitectura moderna", mi nuevo libro
Hace todavía muy poco, la editorial argentina Nobuko, que me había publicado ya un libro de antología de artículos, me ha publicado el segundo, también antológico, y casi con el mismo título.
Tiene 3 partes. La primera, sobre arquitectura moderna (Utzon y sus antecedentes, Kenzo Tange y los metabolistas, Josep Lluis Sert y dos temas breves sobre Aalto). La segunda es sobre arquitectura contemporánea (La arquitectura española de las instituciones, Moneo, Koolhas, Mansilla y Tuñón, y un tema de crítica sobre la ideología contemporánea). La tercera es de ensayos diversos, con uno que se llama "Madrid brutal", otro sobre las ciudades reticulares y otro sobre "La arquitectura como arte impuro", que he hecho crecer hasta constituir un libro que va a ser publicado por la Fundación Caja de Arquitectos. Todos los textos han aparecido antes en alguna parte.
Querido lector, no le pido que lo compre, sino que lo lea. Le prometo que lo va a pasar bien, siempre que sea aficionado a la arquitectura.
Tiene 3 partes. La primera, sobre arquitectura moderna (Utzon y sus antecedentes, Kenzo Tange y los metabolistas, Josep Lluis Sert y dos temas breves sobre Aalto). La segunda es sobre arquitectura contemporánea (La arquitectura española de las instituciones, Moneo, Koolhas, Mansilla y Tuñón, y un tema de crítica sobre la ideología contemporánea). La tercera es de ensayos diversos, con uno que se llama "Madrid brutal", otro sobre las ciudades reticulares y otro sobre "La arquitectura como arte impuro", que he hecho crecer hasta constituir un libro que va a ser publicado por la Fundación Caja de Arquitectos. Todos los textos han aparecido antes en alguna parte.
Querido lector, no le pido que lo compre, sino que lo lea. Le prometo que lo va a pasar bien, siempre que sea aficionado a la arquitectura.
sábado, 7 de enero de 2012
RAJOY ¡NO EXISTE!
Por eso es tan raro: es que no existe. Esa forma tan rara de pronunciar las eses, esa forma tan rara de mover la boca (en realidad, como los muñecos de los ventrilocuos: he ahí el dato), esos dientes tan extraños, esa risa tan siniestra. Todo es tan extraño, porque es un muñeco, Rajoy no existe, por eso no se presenta en público.
Primera hipótesis: Rajoy es un muñeco manejado por Poraya Páez de Pantamaría (la verdadera y única jefa, fíjense en su cara, en sus gestos, de pícara siniestra), o por Esteban González Ponds (belleza en 7 días, menos probable).
Segunda hipótesis: Rajoy era un chico gallego, muy aplicado, acabó enseguida la carrera de Derecho (aunque no mucho mérito sea éste) y ganó enseguida, a base de codos y burrería, las oposiciones a Registrador. Sentó la plaza de Santa Pola, Alicante, pero se murió rápidamente, el pobre. La familia, aterrada con la pérdida de tamaña sinecura, encargó un muñeco muy bueno a Japón, pero decidió que el muñeco se retiraba y arrendaba un registro tan rentable, así no se notaba que el registrador titular había muerto. Luego, dedicaron el muñeco a la política de derechas, donde hacer de figurón es muy fácil.
Pero el muñeco era tan bueno que prosperaba; la familia temía que llegara a la primera magistratura de la nación, donde era inevitable el descubrimiento del fraude, debido a la cantidad de veces que tenía que aparecer en público. Pero el PP, siempre con gente tan espabilada, decidió utilizar la fama de raro y de gallegazao del registrador y ya regidor para fingir que su desaparición era una simple cuestión de carácter. Este Rajoy es la pera, es que ni siquiera da la cara. (Queda mal, pero, en fin, un mal menor).
Primera hipótesis: Rajoy es un muñeco manejado por Poraya Páez de Pantamaría (la verdadera y única jefa, fíjense en su cara, en sus gestos, de pícara siniestra), o por Esteban González Ponds (belleza en 7 días, menos probable).
Segunda hipótesis: Rajoy era un chico gallego, muy aplicado, acabó enseguida la carrera de Derecho (aunque no mucho mérito sea éste) y ganó enseguida, a base de codos y burrería, las oposiciones a Registrador. Sentó la plaza de Santa Pola, Alicante, pero se murió rápidamente, el pobre. La familia, aterrada con la pérdida de tamaña sinecura, encargó un muñeco muy bueno a Japón, pero decidió que el muñeco se retiraba y arrendaba un registro tan rentable, así no se notaba que el registrador titular había muerto. Luego, dedicaron el muñeco a la política de derechas, donde hacer de figurón es muy fácil.
Pero el muñeco era tan bueno que prosperaba; la familia temía que llegara a la primera magistratura de la nación, donde era inevitable el descubrimiento del fraude, debido a la cantidad de veces que tenía que aparecer en público. Pero el PP, siempre con gente tan espabilada, decidió utilizar la fama de raro y de gallegazao del registrador y ya regidor para fingir que su desaparición era una simple cuestión de carácter. Este Rajoy es la pera, es que ni siquiera da la cara. (Queda mal, pero, en fin, un mal menor).
martes, 3 de enero de 2012
LEOPOLDO TORRES BALBÁS, UN SABIO REPRESALIADO
He tenido que enterarme últimamente de algunos datos acerca de Leopoldo Torres Balbás, que fue antes de la guerra restaurador de la Alhambra, catedrático de "Historia de la Arquitectura y de las Artes Plásticas" de la Escuela de Arquitectura de Madrid e inspirador de la parte doctrinal de la Ley del Tesoro Histórico Artístico de 1933. Además de excelente historiador y restaurador, era un gran crítico y defendía la práctica de la arquitectura moderna, como queda patente en algunos de sus escritos en la revista "Arquitectura", varios recogidos en su libro de la colección de "Textos Dispersos", publicada hace algunos años por el Colegio de Arquitectos de Madrid.
En la Escuela se conserva un oficio, firmado por Eugenio D´Ors como Jefe del Servicio de Monumentos (luego fue Director General de Bellas Artes, pero se ve que empezó más abajo), y fechado el 12 de septiembre de 1938, en el que acepta la dimisión de D. Leopoldo como Arquitecto Conservador de la Alhambra y le nombra conservador de la catedral de Siguenza. Elogia su labor en la Alhambra, con las siguientes palabras: "haciendo constar en esta aceptación, la consideración debida a toda su labor de investigación y técnica realizada con el máximo celo y acreedora al mayor reconocimiento". D. Eugenio D´Ors, aunque era franquista, se ve que respetaba a D. Leopoldo, un republicano, aunque sin actividad política.
Pero, ¿qué significaba todo esto? Parece un pacto propuesto por D´Ors: "Dimita usted de la Alhambra, que va a ser mejor, y yo le doy alguna cosa. Y procuro que no pase nada con la cátedra." Esto es una suposición mía, pero, de hecho, le confirmaron como catedrático por oficio de 21 de agosto de 1939.
No obstante, le iniciaron después 3 expedientes de depuración. Uno en Granada, por causa de lo de la Alhambra, que naturalmente terminó en nada. Otro en la Escuela, que estuvo a punto de salir mal, pero que también acabó en nada, esta vez gracias a la intervención a su favor de Emilio Canosa, que era miembro del comité de depuración, falangista y director de la Escuela. Hizo de valedor suyo y la cátedra se volvió a confirmar. Otro tercer expediente fue por parte del Colegio de Arquitectos de Madrid, que acabó en "reprensión pública".
¿Cuáles eran los crimenes de D. Leopoldo? ¡Ahí es nada! Había sido educado y era persona cercana a la Institución Libre de Enseñanza. Como se ve, un verdadero criminal. Como he dicho, no pasó gran cosa con ninguno de los 3 expedientes, pero D. Leopoldo, a pesar de la inicial protección de D´Ors, no volvió a tener ningún encargo más de restauración, siendo como era uno de los poquísimos profesionales realmente preparados, si no el que más.
Pretendió acceder por concurso a la dirección de la revista "Arquitectura", pero se la dieron a Carlos de Miguel, que era franquista. Cierto es que le hicieron Académico de la Historia en 1951; con su erudición y publicaciones no era para menos. Nunca fue, sin embargo, Académico de Bellas Artes de San Fernando.
Una expresiva mezcla de su amargura y de su humor queda muy bien reflejada en un oficio, también conservado en la Escuela, que él mismo escribe al director del centro, y que dice así: "Pongo en conocimiento de V.I. que en el día de hoy no ha asistido alumno alguno a mis dos clases. Dios guarde a V.I. muchos años. Madrid, 4 de noviembre de 1953". Los estudiantes de entonces, futuros participantes de la especulación franquista, no tenían ningún interés por la historia de la arquitectura, y probablemente ni siquiera sabían que tenían un gran profesor. Era lógico, la arquitectura moderna estaba pendiente. Sobre todo la que ellos pensaban hacer.
Sirva esto de recuerdo de D. Leopoldo, uno de los verdaderos sabios y profesores eximios que la Escuela ha tenido.
En la Escuela se conserva un oficio, firmado por Eugenio D´Ors como Jefe del Servicio de Monumentos (luego fue Director General de Bellas Artes, pero se ve que empezó más abajo), y fechado el 12 de septiembre de 1938, en el que acepta la dimisión de D. Leopoldo como Arquitecto Conservador de la Alhambra y le nombra conservador de la catedral de Siguenza. Elogia su labor en la Alhambra, con las siguientes palabras: "haciendo constar en esta aceptación, la consideración debida a toda su labor de investigación y técnica realizada con el máximo celo y acreedora al mayor reconocimiento". D. Eugenio D´Ors, aunque era franquista, se ve que respetaba a D. Leopoldo, un republicano, aunque sin actividad política.
Pero, ¿qué significaba todo esto? Parece un pacto propuesto por D´Ors: "Dimita usted de la Alhambra, que va a ser mejor, y yo le doy alguna cosa. Y procuro que no pase nada con la cátedra." Esto es una suposición mía, pero, de hecho, le confirmaron como catedrático por oficio de 21 de agosto de 1939.
No obstante, le iniciaron después 3 expedientes de depuración. Uno en Granada, por causa de lo de la Alhambra, que naturalmente terminó en nada. Otro en la Escuela, que estuvo a punto de salir mal, pero que también acabó en nada, esta vez gracias a la intervención a su favor de Emilio Canosa, que era miembro del comité de depuración, falangista y director de la Escuela. Hizo de valedor suyo y la cátedra se volvió a confirmar. Otro tercer expediente fue por parte del Colegio de Arquitectos de Madrid, que acabó en "reprensión pública".
¿Cuáles eran los crimenes de D. Leopoldo? ¡Ahí es nada! Había sido educado y era persona cercana a la Institución Libre de Enseñanza. Como se ve, un verdadero criminal. Como he dicho, no pasó gran cosa con ninguno de los 3 expedientes, pero D. Leopoldo, a pesar de la inicial protección de D´Ors, no volvió a tener ningún encargo más de restauración, siendo como era uno de los poquísimos profesionales realmente preparados, si no el que más.
Pretendió acceder por concurso a la dirección de la revista "Arquitectura", pero se la dieron a Carlos de Miguel, que era franquista. Cierto es que le hicieron Académico de la Historia en 1951; con su erudición y publicaciones no era para menos. Nunca fue, sin embargo, Académico de Bellas Artes de San Fernando.
Una expresiva mezcla de su amargura y de su humor queda muy bien reflejada en un oficio, también conservado en la Escuela, que él mismo escribe al director del centro, y que dice así: "Pongo en conocimiento de V.I. que en el día de hoy no ha asistido alumno alguno a mis dos clases. Dios guarde a V.I. muchos años. Madrid, 4 de noviembre de 1953". Los estudiantes de entonces, futuros participantes de la especulación franquista, no tenían ningún interés por la historia de la arquitectura, y probablemente ni siquiera sabían que tenían un gran profesor. Era lógico, la arquitectura moderna estaba pendiente. Sobre todo la que ellos pensaban hacer.
Sirva esto de recuerdo de D. Leopoldo, uno de los verdaderos sabios y profesores eximios que la Escuela ha tenido.
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