jueves, 7 de mayo de 2009

Aventuras y desventuras de mi hermano Eduardo. Novela corta

Vierdes, 1. Eduardo.

Vierdes del Vayo, villa y cabeza de partido del centro de la provincia de Regium, está enclavada en un valle fluvial, justamente en el ángulo Este de la mecedura entre dos ríos, el hermoso y mítico Vayo y su afluente el mínimo Tierce. El curso del Vayo fue imitado, casi paralelamente, por el trazado de una carretera, antes Camino Real y, mucho antes todavía, una de las calzadas romanas construidas por las tropas de Octavio Augusto para rodear el monte Vindio y dominar a los pueblos y tribus rebeldes de la Hispania norte. Otra ruta rodada, también Camino Real antes del automóvil, sigue igualmente el trazado del Tierce.
Cruce de ríos y de caminos, tierra antigua de cuevas y dólmenes, en ella se mezclaron las razas ancestrales con celtas e íberos, romanos y visigodos. De los celtas la comarca heredó el culto por la piedra y por la montaña, y en cuanto al resto de las razas hispanas tan sólo existe la singularidad de que, en su momento, allí no llegara apenas la morisma, si bien la sangre de judíos y de musulmanes se mezclaría más tarde procedente de la península. Al decir de algunos eruditos locales, a Vierdes no llegaron los moros porque, desde la meseta, tomaron una calzada romana y, lejos de acertar con alguna de las que conducían a los feraces valles regiunenses, cogieron la que Augusto había mandado hacer para subir directamente al monte Vindio y aniquilar la resistencia de los pueblos antiguos, allí fortificados. En el Vindio se supone que se perdieron y despeñaron.
La comarca de Vierdes no fué del todo cristiana hasta que los reyes de Regium, mientras iban adelante con la reconquista, se dedicaran a imponer la religión nueva persiguiendo y quemando a los últimos druidas célticos. Vierdes fue, hasta que la monarquía se mudó a las tierras de León, la corte pequeña de los también pequeños pero emprendedores reyes de Regium, sirviendo de refugio frente a los peores momentos de ataques del Islam y de los piratas normandos. Base de algunas insólitas operaciones, de allí partió la pequeña columna que envió a Lisboa el tercer rey de Regium, con el encargo cumplido de vengarse de la última incursión de los infieles incendiando y saqueando la ciudad lusitana. Ya eran viajes.
Fue un rey de Regium quien cristianizó con el entronamiento definitivo de la Virgen del Monte, ya venerada por un ermitaño, la ancestral capilla de Venus, antes trono legítimo de una deidad céltica y que acaso procediera incluso de una diosa paleolítica. Santa María del Monte, al pie del Vindio, lugar mítico de la comarca de Vierdes, fué seguida luego por la fundación de otro rey, Santiago de Prendes, monasterio que se mira, como el propio Vindio, en las limpias y verdes aguas del Vayo. Pero de las fundaciones altomedievales no queda casi nada, lo que da idea de la precareidad que debieron tener. La Iglesia sucedió a la monarquía en la comarca de Vierdes, pues los reyes cedieron sus tierras a ambas abadías o monasterios, muchas veces unidos, y que fueron así los mayores propietarios. Y sus priores, consecuentemente, los señores feudales del lugar.
Con la pacificación definitiva de los campos góticos y el abandono de Regium por parte de la monarquía, Vierdes cayó en un anonimato del que sólo la ha sacado, recientemente, el turismo de masas. Del siglo XVI se tiene noticia de un cortesano que viajó a Regium como inspector del rey y visitó Santiago y Santa María. De sus escritos se deduce que Vierdes no era una villa urbana y compacta, como es ahora, sino una colección de casas y aldeas relativamente dispersas. En la mecedura de los ríos se asentaba el Mercado de Vierdes, cuyo nombre se refería a toda la comarca que hoy ocupa, más o menos, la superficie del concejo.
De la guerra de la Independencia se conserva una ajada y heroica bandera del regimiento de Vierdes en el Museo del Ejército. Pero parece que fué en el siglo XIX, aunque ya en sus finales, cuando la villa alcanzó un atractivo y efímero esplendor burgués que duraría, algo atenuado, hasta la guerra civil. A consecuencia de las leyes federales se trasladó a Vierdes una Sala de la Audiencia de Regium, y ya en la paz alfonsina se hizo para ella un Palacio de Justicia, hoy Casa Consistorial del municipio. Al tiempo la villa construyó un pequeño "ensanche" ocupando las tierras de la vega del Tierce con algunas nuevas manzanas y una calle principal. En ella se asentó el juzgado; se construyó un hotel y un pequeño teatro; el ejercitó aposentó allí un batallón y se fundó un Casino. Este moderno desarrollo de la villa fue lo que hizo que mi padre, Daniel Alonso, hiciera carrera como maestro de obras, y que a él se deban algunos de los edificios que hoy caracterizan a la población.

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Mi hermano Eduardo, el primogénito de tres varones, nació al principio del siglo y pronto destacó por su impenitente afición al dibujo, declarando desde niño que iba a ser pintor, lo que tenía aterrado a nuestro padre, que no quería ni oir hablar de ello. En el conflicto terció el padrino de Eduardo, D.Narciso Alonso, que era primo de mi padre, abogado y profesor, y hombre ilustrado. Propuso mandar al chico a estudiar a Madrid, utilizando sus amistades para que lo admitieran en la Residencia de Estudiantes de la calle del Pinar, fundada por la Institución Libre de Enseñanza. Nunca supe si fue becado.
Allí vivió Eduardo estudiando el bachiller superior, pero no en el Instituto-escuela, que aún no existía. En secreto se preparó para ingresar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y, también en secreto, lo aprobó antes de hacer el examen de estado. Todavía recuerdo un álbum de dibujo que ví en Vierdes de adolescente, en el que había retratado a algunos de sus compañeros de Madrid, con firme y sensible trazo de lápiz blando, y con mano maestra impropia de su temprana edad. ¿Quiénes serían? Nunca firmaba, ni ponía el nombre del retratado, si acaso la fecha, el año 19 o el 20. Aunque no estaba Buñuel, quizá eran gente luego famosa; cuando tuve otra vez gana de ver el álbum para observarlo y guardarlo bien, ya no pude encontrarlo. Cosas de la tía Fidela, probablemente, pues tiraba a veces lo que a ella le parecía inútil, por suerte sin ningún sistema, pues muchas otras cosas viejas de mi padre y de Eduardo se conservaron.
La estancia en la Residencia fue para Eduardo una verdadera fortuna y allí incubaría fértilmente el alma de artista y de intelectual con la que había nacido y se iniciaría como diletante de casi todas las artes y como hombre de gran cultura. Un atractivo azar quiso que le tocara ser compañero de habitación de Luis Buñuel, algo mayor que Eduardo, y a quien correspondía hacerle de tutor. Mi hermano decía que más que su pupilo fue su mascota, y que muy a menudo le tocó a él cuidar y aconsejar a Buñuel, y no al revés. El aragonés -que se convirtió en el mayor mito personal de Eduardo para toda su vida- se dedicaba a boxear, y no a estudiar: tenía en su habitación un "punch-ball" que utilizaba con ahinco y devoción constante, lo que hizo que su joven compañero se agenciara unas orejeras deportivas contra el frío para no oirle y poder estudiar o leer.
Muchísimos años después, cuando mi hermano era ya de edad más que madura y algo enfermo, y yo estudiante en Madrid, en una de las noches de invierno en que le sacaba difícilmente las cosas de antaño, protesté acaloradamente de la brutalidad del régimen y de la policía franquista, después de haber estado, con más miedo que verguenza, en una manifestación de las de entonces. Él -que había pasado de joven republicano a falangista durante la guerra civil y que ya, sintiendo relativamente próximo el ocaso de su vida, tenía a la política como algo completamente fuera de su atención- me dijo: "Sí, sí, de acuerdo; pero, cuando yo era estudiante, la Guardia Civil, que atacaba las manifestaciones a caballo, como cuentas que ahora alguna vez lo hacen los grises, como no llevaban porra, pegaban con el sable puesto de plano. Y un día, que a Luis Buñuel, a Fermín Rubiera y a mí nos sorprendió una manifestación, creo recordar que de obreros y estudiantes, un guardia, al ir a pegar con un sable a un fulano, lo hizo mal y, de un tajo, le rebanó la mano. Yo creo que no fué adrede, sino por torpeza, pero el caso es que la mano salió volando y chorreando sangre y fue a parar casi a nuestros pies, y Luis, aterrado y fascinado, se quedó contemplándola atentamente. Fermín y yo tirábamos de él sin lograr moverle, y sólo pudimos irnos de allí cuando otro guardia, a su vez, le dió en la cabeza con el sable. Entonces Luis reaccionó, y como era en la zona de Cuatro Caminos y Bravo Murillo, corrimos los tres por la calle de Ríos Rosas, que es cuesta abajo, y en un vuelo, como almas a las que llevara el diablo, nos plantamos en la Residencia, sofocados y pálidos. Era casi la hora de cenar, y cuando nos íbamos a deslizar hacia las habitaciones para asearnos un poco, nos tropezamos con uno de los "espíritus de la casa" -creo que era Juan Ramón Jiménez, que trataba a Luis- y le dijo: "Pero, señor Buñuel, ¿de donde viene usted con ese aspecto? No me diga que de ese brutal deporte que practica que, según veo, hasta le produce sangre. Tiene usted que prometerme que va a dejarlo". Te lo cuento -acabó Eduardo- para que veas que las cosas eran iguales o peores, pues incluso en otra ocasión, y aunque te cueste creerlo, ví como a otro individuo le rebanaban la cabeza”.
Pero el caso es que mi hermano no logró que nuestro padre accediera a que siguiera en Madrid la carrera de Bellas Artes, a pesar de haberle confesado que ya había aprobado el ingreso, y su padrino tuvo que volver a terciar en el asunto. Le recomendó que pidiera una beca a la Junta de Ampliación de Estudios para el extranjero y le ayudó a preparar la solicitud. A mi padre le pareció bien, y le dijo que, ya que quería ir París, que hiciera la carrera de arquitectura en la gran Escuela Superior de Beaux-Arts, la más famosa e importante del mundo. Así lograba ser artista, pero, en realidad, arquitecto, de mucho más porvenir. Y con el título francés, ¡casi nada! Quedó convenido que mi hermano haría allí "alguna carrera", ambiguedad que dejó algo mosca a mi padre, pero sin mayores consecuencias.
Le dieron la beca y vivió en París -y algo en Italia- durante cinco años. Como había conocido a artistas y a arquitectos modernos en Madrid sabía ya -y confirmó en París- que L´Ecole de Beaux-Arts, tan importante todavía para mi padre, era un lugar decadente, sin ningún prestigio entre los "modernos", y totalmente ajena a la revolución artística y arquitectónica del momento. Ello le llevó a estudiar algo parecido a la Ingeniería Industrial en la Escuela Politécnica, lo que le permitió presentarse al final ante su padre con un título bastante serio.
Mi hermano se formó en París, pero no sólo -o no tanto- en ingeniería. Sobre todo en pintura, literatura, cine,..., en todo; y en el vivir metropolitano y cosmopolita de la bohemia moderna, lo que le marcó de por vida, y de cuyos recuerdos en gran parte vivió. Coincidió con muchos artistas y hombres de letras de todo el mundo, españoles incluidos, entre los que se encontraban muchos de sus compañeros de residencia, como el propio Buñuel. Todavía en Madrid, y a través de Buñuel, había conocido a Dalí, a quien también consideraba un genio y que se convirtió igualmente en uno de sus principales mitos. Aceptado como una especie de hermano menor, participaba -o, mejor dicho, curioseaba- en el cine de Buñuel, quien le pedía ayuda con alguna frecuencia para dibujar y para escribir. Pues le tuvo como especie de secretario de cabecera.
También conoció a Unamuno, que estaba allí fugado de Canarias, donde le había desterrado la dictadura, y que le tomó como ocasional pupilo, pues Eduardo le profesaba enorme admiración. La relación se estableció porque Eduardo le enseñó una foto de mi padre, que se parecía bastante a Unamuno, y a D. Miguel le hizo gracia, y aceptó a aquel joven pupilo regiunense, estudiante de ingeniería y amigo de los modernos, que desconcertaban algo al filósofo bilbaíno, pero a quien, en extraña excepción, guardaban respeto.
Debió de conocer a mucha gente más y ver de todo, pero no precisaba nunca gran cosa, dejando su vida personal siempre en el misterio. Fué la época dorada de su existencia, cosa que sabíamos todos, pero que él no llegó a confesar nunca con claridad, y de ella se alimentó espiritualmente el resto de sus días. Además de aquél álbum de dibujo de Madrid, yo encontré una vez muchos negativos, muchísimos, sueltos, en pequeños y amarillentos sobres, que eran de aquella época de París, y que identifiqué como procedentes de una pequeña y preciosa máquina de fuelle y de bolsillo que él había tenido y que yo recordaba, aunque años después tampoco la pude hallar, acaso víctima de las escrupulosas aunque caóticas limpiezas de la tía Fidela. Eran fotos de París, de Milán y de Ginebra, ciudades señaladas a lápiz con la inconfundible y elegante letra de Eduardo en el dorso de algunas y escasas copias. Ya había muerto mi hermano cuando hice sacar contactos de aquellos viejos y rayados clichés, de un tamaño mediano, y luego algunas ampliaciones de las que más me interesaban. Había fotos de dibujos, probablemente porque los regaló, y mucha gente, mucha, aunque identifiqué a cuatro o cinco personas, quizá más, que estaban varias veces, siempre las mismas. Eduardo no salía nunca en ellas, pues era el fotógrafo, y, dado su carácter tímido y evasivo acerca de su propia persona, probablemente nunca pidiera salir e incluso lo evitara tercamente. Había sobre todo un joven de su edad que salía muchísimo, y que debió ser gran amigo suyo, pues aparecieron fotos de dos retratos de él, uno de la cabeza y otro de cuerpo entero. Los retratos eran a carbón o a lápiz compuesto, tenían la fresca, moderna y magistral factura propia de Eduardo y estaban firmados con sus iniciales, “EAR”, sin fecha siquiera. ¿Quién sería aquél personaje, probablemente español, cuyos rasgos yo llegué a conocer tan bien a base de escrutar su rostro por ver si me recordaba a alguien? Tuvo que ser gran amigo suyo, aunque puede que no lo volviera a ver nunca, pues así es la vida, y la amistad, uno de sus preciados bienes, se pierde sin más, muy a menudo, en los recovecos de nuestra existencia.
Había otros dibujos, algunos de modelos desnudos, y otro aún, retrato de cuerpo entero de un joven violinista, de rostro alargado y lánguido, y a quien no pude identificar en las fotografías. ¿Quiénes serían estos amigos de Eduardo de quien nunca se tuvo noticia alguna? ¿Y quiénes eran las mujeres, de las que no había ningún dibujo, pero que aparecían en las fotos, cuatro o cinco, siempre las mismas?
De entre las pocas cosas que contaba Eduardo de aquella época, estaba la invasión de los "Camelot du roi", fascistas, o, mejor, “fascistillas” franceses en el estreno de la "Edad de Oro" de Buñuel en un café cantante parisino, que los reaccionarios incendiaron. Esta escena, relatada otras veces por otros, le servía para deducir el atraso español, al producirse aquí escenas semejantes, bastantes años después, durante el franquismo.

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Pero, al cabo, Eduardo tuvo que volver a Vierdes, pues nuestro padre, ya cansado, estaba algo enfermo y le pidió que le ayudara en su negocio de contratista. Nada le gustaba menos a mi hermano, pero eso hizo durante bastantes años, aunque ignoro en realidad si él hubiera querido irse a Madrid, o a otra parte. O no volver de Francia, pues nunca dijo nada, si bien su talante de “intelectual de aldea” parecía ligarle sin demasiada violencia a su pueblo de origen. Era soñador y reflexivo, se encerraba en sus poemas y en sus dibujos, o en el simple fumar mirando al techo, y la languidez y continuidad de la vida vierdesa quizá le iba, pienso yo, como anillo al dedo. Pues Vierdes brindaba entonces una vida burguesa en miniatura, lo que unido a la existencia de algunos amigos íntimos también establecidos allí, debió de decidirle a dejarse llevar, sin más, por lo que era acaso la más clara lógica que las circunstancias le habían presentado.
Debió de volver hacia el año 26 ó el 27. En el trabajo de constructores mi padre llevaba los contratos y los pagos, los asuntos económicos de las contratas que tenía, y mi hermano, con su ayuda, lo técnico. Imitando a mi padre, con la ayuda de los libros y revistas que había traído de Francia, y apoyado en su fertilidad para dibujar cualquier cosa se aficionó a proyectar edificios particulares, lo que dominó enseguida y hacía con casi todos los que les encargaban; es decir, si el cliente lo necesitaba porque no tenía un arquitecto aparte.
Lo más brillante de su trabajo fue, sin duda, la casa que hizo para la tía Rosa y su marido, en una hermosa finca de la orilla del Vayo. Tía Rosa era hermana de mi madre y se había casado con Enrique Menéndez Cortina, también de una familia hidalga y aldeana que tenía negocios en Cuba. Se casaron y allí se fueron, lo que no representaba ninguna novedad, pues la tía Rosa había nacido precisamente en La Habana.
Nicolás de las Rozas Viboli y Petra Somoano Collía, mis abuelos maternos –sus padres-, también se habían ido a Cuba cuando se casaron. Nicolás era el mayorazgo de su familia, pero las tierras debían de dar unas rentas bastante escasas, al menos para su criterio. Nicolás, que había nacido y vivía solo en el palacio de una aldea llamada Bodes, rodeado de una historia familiar que había devenido ruinosa y sin otra compensación que la hermosura de los valles altos y de una temprana nostalgia, vendió algunas de las fincas que tenía en la orilla del Vayo y se fué a La Habana con su mujer. Allí se dedicaron al comercio, formando parte del grupo que fundó los almacenes "El Encanto". No duraron mucho en Cuba porque ni les gustaba demasiado la vida colonial ni a mi abuela le sentaba bien el clima habanero, además de el hecho de que la isla estaba afectada por una continua guerra civil entre la corona española y los criollos independentistas. Ignoro cuando se fueron y cuando volvieron, pero esto último tuvo que ser bastante antes de iniciado el siglo, pues allí nacieron solamente dos de sus hijas, Africa y Rosa; las demás -mi madre incluída- nacieron en Vierdes o en Bodes.
Volvieron con algo de capital y con él renunciaron definitivamente a ser hidalgos de aldea, abandonando el desvencijado palacio de Bodes para convertirse definitivamente en comerciantes. Se instalaron en Vierdes y, para ello, edificaron una hermosa casa de balcones y pusieron en la planta baja una tienda. Vivían en el principal, alquilaron las demás viviendas y se dedicaron a llevar "El Comercio", que era como se llamaba la tienda. Situada la casa en la calle Real de Vierdes, "El Comercio" era una señora tienda, tanto en lo físico, pues era un imponente local de doble altura con mostrador, estanterías y muebles especiales en madera, como en el contenido, ya que tenía de todo: tejidos, ropa, calzado, joyería y relojería, armería y hasta casa de banca, corresponsal de una firma de Regium. Tenía de todo, y lo que no, lo conseguía: durante mucho tiempo fue la mejor tienda del partido y hasta de toda la zona central de la provincia, donde era famosa. Yo no pude conocerla, y sólo heredé de ella la fuerte nostalgia que dejó en mi familia, pues, como tantas otras cosas, se la llevó la guerra.
El caso es que cuando Rosa y Enrique se fueron a Cuba no hacían más que repetir lo que antes habían hecho los padres de cada uno. Ella volvía incluso, y como dije, al lugar de su nacimiento, aunque no recordara ya la atractiva y tropical ciudad en la que luego tanto tiempo pasó y que la dejaría impregnada de una agridulce e imperecedera nostalgia, siempre presente en sus conversaciones de seráfica anciana. La familia de Enrique había sido, además, mucho más perseverante que la de Rosa, por lo que ellos fueron a trabajar en negocios montados de producción y comercio de tabaco. Y si su familia era ya rica, él resultó ser un avispado administrador y negociante, así que no hizo otra cosa que aumentar su fortuna y la de muchos de sus parientes, bastantes de ellos a sus órdenes.
Y así, como tantos indianos, aunque ellos lo fueran ya tan tardíos, decidieron hacerse una casa en Vierdes. Forzaron el reparto de las fincas que les quedaban en la ribera del Vayo a las demás hermanas y a algunos primos y encargaron en la que les correspondió una casa para pasar en ella su vejez. Naturalmente, se la encargaron a su cuñado -mi padre- y fué mi hermano Eduardo quien, consecuentemente, la proyectó y edificó.
Esto debió ser hacia el año de 1930, ó 31. Entre los pocos papeles viejos que se conservaron de mi hermano -no era el orden una de sus virtudes- encontré yo, después de su muerte, varias versiones del proyecto para los tíos. En ellos parecía titubear entre soluciones más modernas o más tradicionales, todas ellas tan persuasivas a través de sus refinados dibujos que a mí, al menos, y de haberse dado el caso, me hubiera sido imposible decidir. El lo hizo –pues los tíos dejaron todo en manos de su cuñado y sobrino- a favor de un chalet al modo de Frank Lloyd Wright en las "casas de la pradera", podríamos decir. De entre los que tanteó, se trataba sin duda del más tradicional, pero también del más atractivo y adecuado –lleno de cubiertas inclinadas, tan propias para una zona de lluvia- así como del que iba a gustar más a sus propietarios, cosa que mi hermano, tal vez aconsejado por mi padre, debió pensar también, decidiendo que era el mejor modo de cumplir con un encargo que sus dueños iban a ver por primera vez cuando estuviera ya completamente acabado. Pues los tíos, depositado en sus parientes y como ya dije la confianza más absoluta, no habían pedido los planos que los propietarios americanos solían aprobar previamente en los demás casos.
Esta casa, la casa "de indiano" más tardía que se hizo en mi pueblo, la realizó Eduardo por completo, pues la proyectó, dirigió la obra y la ejecutó también como constructor; incluso sé por mi madre, que llegó a trabajar en ella, en algunas ocasiones, como un obrero. Dibujó muchos de sus muebles y compró otros, y algunos cuadros, en Regium. Cuando sus tíos volvieron se encontraron con la mejor casa del pueblo, y casi completamente montada, aunque ellos no llegaron a usarla prácticamente hasta después de la guerra.

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Pero, entre tanto, había llegado la Segunda República. Mi tía Africa, hermana de mi madre, bordó para el ayuntamiento, con la paciencia que le era propia, la nueva bandera tricolor con el igualmente nuevo escudo. La burguesía vierdesa, aunque sólidamente católica en términos generales, incluía también gentes políticamente progresivas y libre-pensadoras, como entonces se decía aún, lo que daba en conjunto un ambiente ideológico poco conservador. De hecho, en las elecciones municipales que derribaron la monarquía, la villa de Vierdes, aunque antigua corte real, contribuyó al triunfo de la facción republicana.
Poco cambió la vida en Vierdes con la República. Algo más para mi hermano Eduardo, que, aunque con cierta perplejidad política por naturaleza, fue convencido para que autorizara a incluir su nombre en las listas electorales y resultar así concejal republicano. Su personalidad de hombre moderno, formado fuera -casi "de izquierdas" podría decirse, aunque en un vago sentido- hacía lógica su participación para casi todo el mundo, ya que no para él, ni tampoco para nuestros padres, que vieron con mucha más desconfianza el destronamiento del rey. Mi padre, al fin y al cabo, era maurista (“la revolución desde arriba”).
Pero la conciencia burguesa de Vierdes, conservadora en realidad si las cosas se deslizaban por radicales senderos, se estremeció con la revolución de 1934, que fue en la provincia de Regium tan importante o más que la guerra misma. Aunque a Vierdes, alejada de las cuencas mineras y de las zonas industriales, no llegó la revolución, ésta se siguió por parte de la burguesía de la villa con el corazón verdaderamente encogido: con la sensación de que se iniciaban terribles e irremediables catástrofes. El asedio y el bombardeo de la capital y la conquista posterior por parte del ejército cambió las mentalidades burguesas, que se convirtieron sin más, y en una gran parte, en antirepublicanas.
A pesar de ello, y debido en gran parte al voto obrero y campesino, en Vierdes triunfó el Frente Popular en 1936. Cuando estalló la rebelión militar, Vierdes formó parte de la "zona roja" como toda la provincia, excepto Regium; pues la ciudad capital, progresista y libre-pensadora, estaba sin embargo lo suficientemente escarmentada por la revolución para que el comandante militar, que pasaba hipócritamente por republicano y masón –cosa que, quizá, en realidad era-, no tuviera demasiados problemas para alinear la ciudad con las fuerzas desleales.
En Vierdes, una insólita alianza entre socialistas y anarquistas desbancó a sus aliados republicanos del ayuntamiento y formó un Comité revolucionario que dirigió la villa y el municipio hasta la conquista de la provincia por el ejército rebelde en 1937.
Eduardo -que no había querido repetir su aventura municipal en las otras elecciones, y estaba así ya completamente alejado de cualquier cuestión política- era por entonces profesor de dibujo del Instituto, plaza interina que había sentado cuando se hizo sentir con más agudeza la crisis económica y, con ella, la progresiva disminución de las obras que nuestro padre y él hacían. Al estallar la guerra, el director del Instituto, que se decantó por el bando desleal, había desaparecido, y mi hermano, conspicuo personaje progresista bastante admirado, fue nombrado director accidental por el Comité y confirmado después por Madrid.
Eduardo vivió así la retaguardia con una placidez que en la propia vida de la República no se había logrado del todo. Dar algunas vueltas y algunas clases en el Instituto, dibujar, leer, escribir, consolar a sus padres y tíos que temían llegar a vivir un apocalipsis, y golfear en el casino con los amigos hasta muy altas horas de la noche, dicho ello al menos si se comparaba con lo precario de la diversión. Ya bastante plácida y burguesa había sido su vida como constructor, pero ahora, con muy poco trabajo, la guerra la había convertido, paradójicamente, en más burguesa aún. La comida no faltaba; el campo vierdés siguió más o menos funcionando y, aunque hubo a temporadas cierta escasez, no se llegó nunca a tener un verdadero apuro.
El mismo Eduardo decía después que en la guerra no había habido en Vierdes ningún problema, vamos, que no había pasado absolutamente nada. El Comité fue un gobierno municipal justo, que encarceló a pocos y no mató a nadie, y que, incluso, había tenido el buen criterio de hacer barrenderos municipales forzosos a dos señoritos que, para mi hermano, eran los más estúpidos del pueblo.

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Pero no fue así del todo, en realidad, pues llegaron algunos problemas. Don Faustino Alonso, hermano de mi padre, era el cura párroco de Vierdes, arciprestazgo al que había logrado llegar después de haber regentado durante muchos años las humildes aunque hermosísimas parroquias rurales de Santa María de Cardín y de San Roque de Parda, limítrofes y entonces unidas bajo su espiritual mando.
Era don Faustino un hombre singular. En casa de mis padres se conservaban sus cartas y fotografías, disfrazado de cura-explorador y de árabe, en el tiempo en que -allá por los años 10- había hecho un largo viaje a Tierra Santa, Siria y Egipto. No sé como lo consiguió ni a qué fue, pero luego, en dura compensación, se pasó unos quince años viviendo en la miserable rectoral de Parda, cuyo espléndido paisaje sobre el valle medio del Vayo no debía compensar ni la soledad de la aldea ni lo precario de sus recursos, bajando a veces a Vierdes a comer bien en casa de mis padres. Hacia el 28 o el 29 sentó su plaza como párroco de Vierdes, su pueblo, y con ello ya era completamente feliz. Decía la misa a las 7 de la mañana para tener resuelto lo más importante de su trabajo cuanto antes, dejando a los coadjutores las horas, tenidas por más razonables, de las 7 y media y de las 8. Al acabar la tercera misa ya solía tener resueltos los escasos asuntos de la parroquia, y, salvo funeral, boda o alguna otra cosa extraordinaria, no volvía a la iglesia hasta por la tarde, a confesar y a atender rosarios y novenas.
Era hombre de genio explosivo, aunque de seráfica condición. Paseaba mucho por el pueblo hablando con la gente y solía llevar en la sotana un puñado de caramelos para ir dándoselos a los niños, no sin rezongar ni aparentar reñirles, pero a los que con frecuencia entretenía con juegos y chistes y hacía, a veces, extasiarse de admiración practicando una de sus más cómicas y absurdas habilidades, pues, con la sola ayuda de la lengua, volteaba su dentadura postiza dejándola un instante del revés y volviendo a colocarla de nuevo en su sitio.
Ya en la guerra, el Comité decretó la suspensión de cultos, obligando a don Faustino a cerrar la iglesia y a dejar de vestir la sotana. Pero el cura obedeció sólo en parte. Vivía en una casa antigua de la calle Real -que, por cierto, no cambió de nombre-, una vieja casa de planta y piso, como las de la aldea, con un corredor abierto. Al llegar a ella, se despojaba de la americana civil que usaba para salir a la calle, obedeciendo la ordenanza, y se enfundaba su sotana saliendo al corredor para que le viera todo el mundo. Con objeto de llamar la atención tiraba caramelos a los chavales, por lo que solía tener allí debajo un grupo, con los que charlaba y bromeaba mientras, gota a gota, les cedía los dulces. Otras veces se instalaba en una mecedora y pasaba el rato leyendo.
La gente iba a verle y los del Comité, que hicieron un tiempo la vista gorda, empezaron a pensar que aquello era una verdadera tomadura de pelo y que al cura había que pararle los pies. Fueron a verle y picaron a la puerta, pero don Faustino, en cuanto los vió, cerró bruscamente la hoja superior del postigo que había abierto y les dijo desde dentro que ellos en su casa no entraban, y que si querían hablar con él se asomaría al corredor. Se calzó la sotana, que no tenía puesta y, para fastidiar más, se puso también un desvencijado y ya poco negro bonete.
Uno de los miembros del Comité, casi a voces, y mientras la gente que pasaba se paraba a curiosear, le dijo que debía dejar de vestir la sotana, según mandaba expresamente la ordenanza, y que, si no, debía atenerse a las consecuencias. "¿Me meteréis en la cárcel?", dijo él. "No lo dude, don Faustino. Usté, dentro de todo, y aunque sea cura, es hombre de bien; pero ha de obedecer: es un asunto político". "La ordenanza no dice nada de como tengo que ir por casa; yo no voy de sotana por la calle, sólo me la pongo en el corredor. A no ser, claro, -dijo provocador- que hayáis declarado ya mi casa propiedad del pueblo, y me la vayáis a quitar; pero yo no me había enterado. Y os advierto que esta casa es mía, no de la parroquia". "Don Faustino, no nos caliente más la entraña; nadie le va a quitar nada, pero mañana no queremos verlo de sotana, ni por la calle ni en el corredor; y no se hable más, que está todo dicho".
El cura cogió miedo y decidió cesar en el juego. Pero no menos miedo llevaban los del Comité, que temían sus desplantes y voces, y que querían evitar el escándalo de meterlo en la cárcel. Bastante querido por su bondad y simpatía, aunque también temido por su mal genio y afición por reñir, el párroco estaba muy protegido, sin saberlo, por lo mal que sentaría en el pueblo su ingreso en la cárcel.
Pero había otra razón más importante para que tuviera que ser extremadamente prudente. Don Faustino no había interrumpido totalmente el culto, lo que casi nadie sabía. El Comité, si llegó a saberlo, había hecho también la vista gorda. El caso es que, aunque la iglesia estaba aparentemente cerrada, el párroco seguía diciendo la misa de 7, a la que iban algunas, muy pocas, mujeres del barrio próximo al templo. El resto de las misas habían sido suprimidas, entre otras cosas, porque los dos coadjutores, más derechistas que el tío Faustino y que no eran de allí, se habían pasado a Castilla, monte arriba, cuando empezó la guerra. No había otra cosa, ni confesión, ni rosario, ni novenas, pero sí aquella misa secreta de la que nadie hablaba, y de cuyo conocimiento más allá de las beatas y fieles vecinas ni el propio cura tenía la más vaga idea. Don Faustino cedió con rapidez en la comedia algo bufa de la sotana para evitar que la cosa pudiera deslizarse hacia el más espinoso asunto de la misa.
El caso es que los del Comité vinieron a saber también, o a darse por enterados, de lo de la misa y, no sabiendo como atacar el asunto, decidieron decírselo a mi hermano Eduardo, con el recado de que o la misa se acababa o el cura iba, definitivamente, a parar a la cárcel. Eduardo, que no tenía idea de lo de la misa -su horario, saliendo siempre del Casino a la 1 o las 2 de la mañana, era incompatible con el conocimiento siquiera de un culto tan tempranero- decidió, primero, comprobarlo y hablar con su tío una vez le hubiera visto celebrando. Hizo un esfuerzo, se levantó temprano, y a las 7 y cuarto llegó a la iglesia y encontró al párroco, efectivamente, a media misa. Unas cuantas beatas la seguían. No había ni monaguillo ni hombre alguno y el propio cura se ayudaba a sí mismo en el oficio.
Eduardo esperó a que acabara y fue a encontrarle a la sacristía. "Tío Faustino -le espetó sin esperar a que acabase de desvestirse- traigo el encargo oficial de decirte que lo de la misa ha de acabar inmediatamente". "No puede ser -contestó el cura mientras doblaba cuidadosamente los ornamentos-. Si me encarcelan, que lo hagan; pero yo estoy obligado, ante Cristo y ante mi parroquia, a celebrar mientras sea libre. Además, nadie lo sabe; sólo estas pobres muyerinas, que viven aquí al lado y que no se lo dicen a nadie... ¡Carajo!, que ahora que lo pienso, alguna se ha tenido que ir de la lengua. La misa era secreta, o casi secreta, y ojos que no ven, corazón que no siente. Lástima que se hayan enterado, pero no te preocupes, la diré más pronto". "Yo creo que no la deberías volver a celebrar. La cosa se puede poner bastante fea, y está bien claro que, ante la coacción de quien manda, tú no tienes obligación ninguna. Estoy seguro de que tus superiores, si es que pudieses hablar con ellos, me darían la razón. Lo más lógico es que te dijeran que tu obligación es salvarte, huir; pasarte, vamos." "¿Pasarme? ¡Ni hablar! Yo no me paso. Este es el mi pueblo y ésta la mi parroquia -cuando se excitaba, tendía a emplear el dialecto-. Y aquí voy a morir, de vieyo o porque me maten. Libre o en la cárcel, igual me da, yo de Vierdes no me voy". "Bueno, bueno; no me parece mal que estés en disposición de ganar la palma del martirio; pero faltarías a la caridad, con tus feligreses y con tu familia. Sé realista y suspende el culto. Además, y si te empeñas, puedes decir la misa en casa, en verdadero secreto. Será sin fieles, pero será misa; allí si que no te verán. Sabes bien que los rojos te van a dejar en paz si suspendes de verdad el culto." "¡Caridad, caridad! ¿Qué vas a saber tú de caridades, si eres ateo? ¿Cuanto tiempo hace que no vas a misa? La misa hay que decirla aquí, en la Casa de Dios y la Puerta del Cielo, en la Iglesia. Nada, nada, lo dicho: advertiré a las mujeres y pasaré la misa a las 6 y media. Seguro, seguro que nadie se entera. A las 6 no hay nadie en la calle; bien lo sé yo; a no ser, claro, tú y los golfos de tus amigos al volver del Casino. ¿Qué hacéis allí hasta tan tarde, por cierto? Si al menos tuviérais mujeres, podría entenderlo. Pero hombres solos, fumando y bebiendo, ¡vaya lata!" "Eso no hace al caso –cortó Eduardo, molesto-. Yo creo, te repito, que debes suspender la misa, pero, por si no lo haces, voy a decir a tus pobres feligresas que están en peligro si vuelven. Si sigues con la misa tendrá que ser solo".
Eduardo salió a la nave y advirtió a las mujeres, que se demoraban en sus devociones, sobre lo que pasaba, y las amedrentó sobre el peligro de volver. El párroco, terco, continuó diciendo misa, ahora a las 6 y media, como había dicho, y, en efecto, completamente solo. No obstante, y en un gesto tan imprudente como expresivo, dejaba entornada la puerta principal para convertir así el acto en público.
El Comité, por los medios que fuere, se enteró de que la misa seguía, y mandó nuevo encargo a Eduardo, en tono más desabrido. Mi hermano volvió a hablar con el tío, pero el párroco, en sus trece, pasó la misa a las 6. Hubo nuevo aviso, de tono más áspero, y la misa se adelantó a las 5 y media. Las relaciones de mi hermano con el comité se iban deteriorando. Le mandaron llamar y le invitaron a que acompañara a una delegación del comité que iba a ir a la iglesia a las 6 menos cuarto, a fin de comprobar fehacientemente la falta y obrar en consecuencia.
A las 5 y media, Eduardo se encontró con los demás en el Ayuntamiento. Habían sido delegados Canteli por el partido socialista, y Balbín y Muriedas por la FAI. Estaba también una pareja de la Guardia Civil, a los que se había ordenado ir de tricornio para imponer más respeto al cura. Subieron hacia la Iglesia y entraron con cierto sigilo, quedándose plantados al final cuando vieron que, en efecto, don Faustino decía la misa.
Este no se dió cuenta, pues estando sin feligresía, no se molestaba en darse la vuelta ni para los "Dominus vobiscum", que, como todo, se contestaba a sí mismo. Al rato se apercibió, pero continuó con el rito, y, aunque se había puesto nervioso y aceleraba, subió un poco la voz y se demoró adrede en los alzamientos de las especies después de la consagración.
Los del Comité, también nerviosos -sobre todo en la consagración, en la que un guardia amagó por un instante rendir el arma-, le dejaron acabar. Pero, en cambio, no le dejaron siquiera entrar en la sacristía sin antes decirle que se desvistiera, pues tenía que acompañarles. El cura, con el bonete puesto y el cáliz cubierto con los ornamentos en las manos, los miró desde el presbiterio y dijo: "¡Hombre, Canteli! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo tú por aquí? -Canteli había sido su sacristán antes de la guerra- ¿Vas a volver a ayudarme a misa? No te creas, me hace mucha falta..." "Venga, venga, don Faustino, menos comedia. Usté ha infringido reiteradamente el bando del Comité, y ha reincidido después de advertirle, por lo que ha de responder de ello." Con susto, fingido o no, dijo el cura: "¿Qué vais a hacer? ¿Vais a matarme? ¡Eduardo, despídeme de tus padres, de mis hermanos, de todos,...!" "Venga, don Faustino, no sea usté animal. De momento, pasa usté arrestado a custodia de la Guardia Civil. Después la justicia dirá que arresto ha de tener lugar." "¡Justicia! ¿Qué justicia? -bramó el cura- Aquí ya no hay juez, ni nada que se le parezca." "Juez no hay, verdá es, pero algo que se le parezca sí. Sabe usté bien que tenemos tribunal legalmente formado. Y además, diga lo que diga el tribunal, usté permanecerá en la cárcel si no hay garantía de que la iglesia se cierra de verdá".
El tío cura fue, pues, a la cárcel, y las relaciones de Eduardo con el Comité se estropearon mucho. A partir de entonces Eduardo criticaba la situación del pueblo en el Casino, comentaba que de la pobre República no quedaba nada, y que la revolución era un fiasco, que sólo servía para cerrar iglesias. No es que Eduardo hubiera empezado a dudar precisamente en aquel momento, o a partir de aquel asunto, del singular y minúsculo pedazo de república en guerra que le había tocado vivir, sino que empezó a dar rienda suelta -al menos, entre sus amigos- a un modo de pensar que ya le había ido reconcomiendo con anterioridad. Sus comentarios llegaron a oídos del Comité y Muriedas le dijo que, si pensaba así, era mejor que se pasara. "Parece mentira, Eduardo, que tú, que eras un republicano de pro, te vayas a envenenar ahora por causa de tu tío el cura. Pero si sigues en la misma tesitura, tendrás que irte al otro lado." Eduardo no le hizo caso y continuó con sus críticas, por lo que acabó recibiendo el aviso de que, sin demora, debía pasarse. Mi hermano decidió irse a vivir al palacio de Bodes, a pocos kilómetros, monte arriba, de la casa de nuestros padres. De noche bajaba a que su madre le diera de comer, cosa que hacía tan aplicada y generosamente como muy preocupada, mientras pensaba sin decírselo que por qué no se pasaría de una vez. Eduardo, sin hablar del asunto, y ya de noche, se ponía un abrigo viejo y un sombrero, y fingiendo otra forma de andar, salía e iba al Casino, como si nada hubiera ocurrido. Naturalmente, fue descubierto enseguida, y recibió orden conminatoria y urgente de pasarse o sería detenido.
Pero enmedio de estos asuntos, ocurrió otra cosa: Belarmina Alonso, prima de mi padre y hermana de Narciso, padrino de Eduardo, fué a ver a éste al palacio de Bodes, y a decirle que su hermano estaba preso en un pueblo minero cercano a Regium, como él ya sabía, pero que le habían llegado noticias de que había sido fusilado. Estaba muy nerviosa, y aunque no conservaba ninguna esperanza, rogó a Eduardo que, utilizando su influencia con el Comité y sus credenciales republicanas, viajara al pueblo para asegurarse del estado de Nicolás y traer a Vierdes el cuerpo si había sido efectivamente fusilado. Ella correría con todos los gastos, con dinero o como fuera.
Para Eduardo, la noticia de la ejecución de su padrino, a quien debía la oportunidad de su formación en Madrid y en Francia, fue un golpe tremendo, y la idea del desastre apocalíptico, tan presente para nuestros padres, comenzó también a invadirle. Tanto más porque don Narciso era libre-pensador y republicano y ahora resultaba que los rojos, además de haberle encarcelado, le habían fusilado. A doña Belarmina no le dijo nada de su indisposición con el Comité; ella había ido al Palacio de Bodes sin sospecha ninguna, dando la estancia allí por una excentricidad más de mi hermano, no muy grande, de todos modos, pues en la retaguardia de la guerra poco había que hacer.
Mi hermano la tranquilizó prometiéndole que iría. Era ya después de que Eduardo, presuntamente desaparecido o pasado, fue descubierto de noche en el Casino, y había enviado aviso de que, de verdad, se pasaría pronto. Aunque no había sido vista su supuesta huída, cosa que era rara, creyeron que ya lo había hecho, pues nadie sospechaba lo del Palacio de Bodes, aparentemente en ruinas, y donde nadie podía verle, ya que se encerraba de sol a sol y sólo de noche cerrada bajaba ya a casa de sus padres. Como ésta estaba -está- en un extremo del pueblo y el camino de Bodes coincidía con la casa, su escondite era casi perfecto. Doña Belarmina, que vivía retirada, muerta de miedo, y sin salir, no sabía nada de sus problemas y fue a buscarle a casa. Mi madre le dijo donde podía encontrarle y, después de mucho dudar, prefirió no aclararle porqué vivía allí.
Eduardo, en vista de los sucesos y de la insistente petición de tía Belarmina, decidió aparecer y parlamentar con el Comité. Mandó un aviso a Canteli, que se quedó de una pieza, y le dijo que no se había pasado todavía por lo que había surgido. Le prometió hacerlo en cuanto pudiera localizar y traer al cadáver de don Narciso. Canteli no quería creer que le hubieran fusilado, aunque sabía que había ido a parar a la cárcel, pero estaba de acuerdo en asegurarse, y en que se enterrara en Vierdes si, de verdad, había sido así. "Don Narciso y los Alonso Beleño son burgueses y ricos, pero nunca fueron abusones, y él es buena gente y republicano de pro. Si le mataron es una injusticia, y bien podemos repararlo en lo que cabe. Propondré al Comité que te den papeles y hasta escolta, pero bien entendido que tú en cuanto vuelvas, te pasas".
Así se convino con el Comité, que le dio un salvoconducto de misión oficial. Un guardia civil, Ceferino Valle -Cefero, para los de Vierdes- se ofreció a acompañarle, pues había sido casero en una finca de los Beleño y se habían portado bien con él. Eduardo reunió toda la documentación que pudo: su tarjeta de identidad, el carnet de la CNT, su credencial de Director del Instituto -cosa que por cierto ya no era, pues había sido destituido- y el salvoconducto del Comité. Cogieron el coche de línea hasta Las Polas y, de allí, en tren, hasta las cercanías de Regium. En la cárcel de Paredes encontraron la ficha de don Narciso, pero allí ya no estaba. "A ése habranlo paseado" dijo el guardia, "porque no volvió, ni consta aquí más cosa".
Obtuvieron permiso para visitar cementerios y una fosa común, pero era inútil intentar adivinar quién podría estar bajo tierra. Deambularon dos días por la comarca sin encontrar pista alguna, pero al tercero vieron que unos milicianos cargaban unos cadáveres en un camión, echándolos entre dos hacia lo alto, a la caja. Al lanzar uno de ellos hacia arriba, pesaba tan poco, que cayó al otro lado. Eduardo tuvo un impulso y se acercó corriendo a mirarlo. Allí estaba el cadáver de don Narciso, tan demacrado y tan como un esqueleto que daba horror mirarlo, pero su cara, aún habiendo perdido casi toda su carne, era inequívoca.
Con la ayuda del salvoconducto del Comité, de la documentación de los dos y de mucha insistencia consiguieron el permiso para llevar el cuerpo a Vierdes. Lograron mandar recado telefónico a doña Belarmina, que les prometió un coche en cuanto pudiera conseguirlo. "Coches no hay más que oficiales", pensaba Eduardo, "y el dinero que tenga la tía Belarmina poco vale ahora; pero ella se arreglará, espero".
En efecto, llegó un coche de Vierdes con la precaución de unas mantas. Allá se fueron lo más rápido que podían y, enseguida, se plantaron en la casa de los Alonso Beleño. Doña Belarmina había conseguido un ataúd y no permitió que nadie más que ella y Eduardo velaran el cadáver. "Dios te lo pague, Eduardo; este favor no lo olvidaré en la vida. Pero ya ves como es el mundo: Narciso, de familia católica y monárquica desde siempre -bueno , qué te voy a explicar yo, si es la misma que la tuya- nos dio la preocupación ya desde joven de ser agnóstico, como el decía, y republicano. Pero republicano de verdad, cuando nadie lo era. Que Vierdes fuera republicano en gran parte se debía a él, por su bonhomía que a tantos contagió. Pero, claro, ¿quién iba a decirle que esta república iba a convertirse en una revolución? Y a no dejar en paz a la Iglesia, que eso ha sido lo peor; porque eso ha sido lo que ha convencido a la mayoría de las gentes para que hicieran caso a esos malditos generales que, aburridos de los cuarteles, decidieron alzarse, como ellos dicen, y salvar a la patria. ¡Salvar a la patria! A la patria no se la salva con guerras entre hermanos; más les hubiera valido ayudar a la república, que bien sé yo, por mi pobre hermano, y bien sabemos todos, que estuvieron desde el principio conspirando contra ella, ya desde la sanjurjada lo vimos todos, y desde entonces tuvimos el alma en un hilo. Y luego los otros, con la revolución. ¡Válgame Dios, que loca es la gente, pero sobre todo los rebeldes, que han montado una guerra! La revolución es equivocada, lo sabes también como yo. ¿Qué vas a revolucionar aquí? ¿el campo, que da cuatro perronas? Industria no hay y lo que iba bien era la educación, que es lo único que eleva y enriquece un pueblo, lo aprendí bien de mi hermano. Tanto tú como él érais profesores. Pero, ahora ¿qué?; con la guerra no hay educación ni hay nada. El Instituto está medio cerrado, si no del todo, tú sabrás, que yo no salgo. Porque la guerra es lo peor, con ella no hay más que muerte, dolor y miseria. Prefiero la revolución, por equivocada que fuese, que la guerra por justa que se pretenda; y mira que lo digo yo, que con la revolución tengo casi todo que perder y con los militares, supongo que casi nada. Pero ahora me han quitado lo que más quería; entre todos, han matado a mi hermano. Ya sabes que, estando en Regium, y todavía en la Universidad, según él, pero, en realidad, imagino yo, de tertulia con sus compañeros en aquellos días para él tan excitantes, decidió salir de allí en cuanto estalló el alzamiento, porque el coronel se iba a declarar rebelde y muchos republicanos iban a aceptarlo, unos por el recuerdo del asedio del 34, que les había cambiado el pensamiento, otros porque no les quedaba otro remedio. Pero él no era de Regium, ni podía quedarse, porque incapaz de ponerse del lado de los militares, estaba destinado a que le pasaran por las armas. Salió de Regium cuando la ciudad se había declarado facciosa y los milicianos, por segunda vez, empezaban a sitiarla. Todo esto lo sé porque tuve la fortuna de que me llegara una carta, fechada el mismo 18 de julio, cuando ya estaba claro que Regium se quedaba del otro lado. Pero los que creía suyos le detuvieron, y sin atender a sus protestas de adhesión a la república ni sus ruegos de que pidieran informes a Vierdes -cosa que, aunque no me consta, tuvo que hacer; que mi hermano, como sabes, no era tonto ni suicida- lo "pasearon", como ahora tonta y cruelmente se dice. Vieron que era un señorito, y a la fosa con él, ¡qué mundo! Ya ves, ni en un bando ni en otro podía salvarse: mira lo que es la guerra; pero bien es verdad, que tuvo además mala suerte, que aquí en Vierdes todos le hubieran respetado. Castigo de Dios, por no tener fe; aunque bien sé, que, a pesar de todo, en el cielo estará bien pronto; que más bueno que mi hermano no lo había".
Doña Belarmina calló, después de este parlamento que le sirvió de desahogo, pero Eduardo no supo qué decir. "Y tú, ahora, ¿qué?" -continuó ella- "Ya supe que te has enemistado con los que mandan y que quieren que te pases. Yo creo que no debías hacerlo. ¿Y si te ocurre como a Narciso, pero al revés? Tú, como él, quedaste en el medio, y estás en peligro en cualquier parte. Sé que te escondiste en Bodes esta temporada; Bodes está muy cerca, pero puedes ir a la casería nuestra de Pellico, que está mucho más arriba, y allí no llega nadie. Los caseros son de confianza y tienen huerta y animales; no se arreglan mal. Que nadie lo sepa, ni tus padres; allí puedes estar bien hasta que esta guerra maldita se acabe, si no es que antes acaba ella con todos nosotros". "No, tía Belarmina," -dijo Eduardo- "me voy a pasar. Se lo prometí al Comité por dejarme ir a buscar el cadáver del padrino, y ya les mentí bastante. Además," -continuó, insinuando una sonrisa- "estoy hasta las narices de los rojos: hace tanto tiempo que no voy a la iglesia, que tengo gana –bromeó- de oír una misa, de tres curas, por lo menos. No, de verdad, tía, ya lo he pensado mucho. Es precisamente si me quedo aquí cuando me pueden matar, o pasarme cualquier cosa: si ganan los militares, porque yo era rojo; y si ganan los republicanos, porque era un traidor. Pero si me paso al frente de León, me van a aceptar como sé que hacen con todos, y si ganan ellos, que es lo que más trazas lleva, de ellos sería, y podré volver. Ya está decidido y organizado desde antes de irme a buscar al pobre tío Narciso. Mañana mismo, por la noche, nos pasamos Roberto el de la línea, mi hermano Felipe y yo. En el frente de León hay guerra, creo que no mucha, pero guerra, al fin. Para mí ya es mejor la guerra que una retaguardia desesperante en Pellico, con noticias a medias y muerto de aburrimiento. Pues, si hay guerra, ¿qué hace un hombre, si no va a la guerra? Iré a la guerra, y ya que me han ahorrado la decisión echándome de un bando, me iré al otro; así tengo poca responsabilidad. Pero no te preocupes, que no pienso matar a nadie, espero no disparar ni un solo tiro".
Belarmina hizo un gesto de resignación, casi de hastío, y no dijo nada. Salió de la sala donde velaban a don Narciso y volvió enseguida con un paquete de cuatro cuarterones de tabaco. "Toma, lo guardaba para tí; ahora que te vas te será más necesario". Eduardo se disculpó por dejarla sola y se despidió con un abrazo.
Mi hermano se pasó, como dijo, la noche siguiente, justo después del entierro de don Narciso, al que no pudo ir. La muerte del catedrático, el republicano más significado de la villa, a manos de los milicianos de Paredes, había caído como una bomba entre la gente de Vierdes. Los del Comité, nerviosos, se apresuraron a sacar un bando y una esquela anunciando el entierro con honores oficiales al día siguiente de la llegada del cadáver. Se disculpaban diciendo que había sido, sin duda, un lamentable error, y que era imperdonable que de Paredes no se hubieran pedido informes a Vierdes. Tenían prisa en liquidar el asunto, pero asistieron oficialmente y mandaron que la banda "Vayo" diera solemnidad al entierro.
Fue un entierro laico, como le hubiera gustado a don Narciso, pero no a su hermana, que se negó a asistir. Era un día triste y gris, propio de la temporada, amenazando lluvia y con ocasional orbayo. Delante iba la banda, tocando una solemne y cadenciosa marcha lenta. Una carroza de caballos, sin coronas, marchaba custodiada por la guardia civil, con uniformes a medias, unos con tricornio y otros con gorro cuartelero, los mosquetones a la funerala y siguiendo la música con paso lento. Una gran bandera republicana, que la propia Belarmina había facilitado, algo a regañadientes, cubría el féretro. Detrás, algunos del Comité, pues se había considerado entierro oficial. Detrás aún, mi padre, y su hermano Bernabé, en representación de la familia, ya que quitando su hermana, ellos eran los parientes más cercanos. Luego, casi todo el pueblo, y en los balcones, crespones negros. El cortejo subió lentamente hacia la iglesia, la pasó de largo, y llegó al cementerio. Allí se encontraron con la sorpresa de doña Belarmina, plantada en medio de la cancela, vestida de negro, con mantilla, y el libro de misa y el rosario en la mano.
El cortejo se detuvo -allí se deshacía- y la banda cesó, pero no se movió nadie. En medio del silencio, doña Belarmina dijo: "Ahora, se acabó la música. Yo os lo agradezco mucho, pero idos todos a casa. Quiero quedarme sola con mi hermano; bueno con mi hermano y con mis primos". Los enterradores sacaron el ataúd ayudados por mi padre y mi tío Bernabé, y la banda, el Comité y la gente del pueblo se dieron la vuelta y bajaron hacia Vierdes, ahora con un sordo rumor, pues iban hablando.
Metieron el ataúd en uno de los nichos del todavía casi nuevo panteón de los Alonso Beleño, que era una obra relativamente reciente, de un solemne y atractivo Art-déco, dibujado y construido por mi hermano Eduardo, y que hoy allí sigue. Belarmina abrió su misal y, a falta de cura, ella misma leyó el oficio de difuntos. Los hombres, con boinas y sombreros en la mano, contestaron. Luego Belarmina cerró el misal y dirigiéndose hacia el nicho, que los enterradores sellaban con mortero, dijo: "Querido hermano, ahí hemos de dejar tu cuerpo, pues tu alma confío que vaya pronto a la diestra de un Dios en el que no creíste, pero que no dejará de perdonar tu falta en justicia a tu bondad. Fuiste víctima de una política en la que sí que habías creído y de una guerra que tus amigos y tú provocasteis sin saberlo cuando, ingenuamente, insensatamente, os propusisteis educar y regenerar el país. Descansa en paz, hermano mío, pero muera la guerra y viva Dios, nuestra única esperanza; y viva también la república, qué caramba, que la guerra no la montaron los de aquí; la montaron los otros". No quedó muy satisfecha del discurso, pero ya no tenía remedio. Sin decir otra palabra se dirigió al coche que la había llevado -un antiguo coche de punto, el mismo que fue a recoger el cadáver, que estaba entonces de servicio oficial, pero que ella conseguía con sobornos, no sé en qué tipo de pago-, hizo un gesto a sus primos para que entraran con ella, y se fueron.
Mis hermanos Eduardo y Felipe se pasaron, como estaba convenido, esa misma noche. Fueron a despedirse de nuestros padres. Madre, emocionada, pues lo tomaba como una auténtica conversión, calló de rodillas ante ellos, diciendo: "Santa María del Monte, gracias te doy por este día y te pido que los protejas". Nuestros padres, nunca muy convencidos de la república, se habían convertido en antirrepublicanos cuando la revolución, y más aún en la guerra, con los episodios de tío Faustino, de Eduardo y, sobre todo ahora, con lo de tío Narciso. Los despedían con sus bendiciones mientras ellos desaparecían en la noche cerrada.
Se fueron, como dije, con Roberto el de la línea, chófer profesional que tenía un autobús propio con el que hacía líneas entre Vierdes y algunas aldeas. En la guerra, el Comité había requisado el autobús con el propio Roberto incluido, que se convirtió en conductor oficial. Subieron con el coche por el estrecho valle del Vayo, cuyo curso va acompañado por una carretera que une Vierdes con León. No remontaron en el vehículo toda la carretera, sino que, al llegar a los valles altos del Vayo, a unos kilómetros ya del puerto, tiraron el autobús al río y siguieron, monte arriba, por un camino que los tres conocían. Pararon a dormir cuando se sintieron seguros, y a mediodía de la siguiente jornada se toparon con un pequeño destacamento rebelde que les dio el alto.
La cosa tenía su peligro, pues aunque a Eduardo le hubieran ordenado pasarse -porque Roberto les traicionó-, si eran descubiertos y perseguidos, se les aplicaba la ley de fugas: es decir, a tiro limpio. La desaparición de Roberto y del autobús -luego localizado en el desfiladero del río- dio en Vierdes conocimiento de la fuga. El Comité, como siempre hacía cuando alguien se pasaba, extendió la especie de que habían sido perseguidos y acribillados, pero nadie lo creyó. Además, enseguida llegaron dos palomas mensajeras que les había dado un vecino, y cuya aparición significaba que habían llegado felizmente a las filas enemigas. Todos en Vierdes, Comité incluido, lo supieron.
Lo que encontraron en León era casi nada: una menguada centuria de Falange, mandada por un teniente y dos sargentos. Ello llenó de alegría a Felipe que, mucho más joven que Eduardo -unos 18 años, a la sazón- había tenido ya contactos con falangistas y era un entusiasta. Los encuadraron a los tres, que se convirtieron así en falangistas combatientes.
Allí había muy poca guerra; tiros sueltos y escaramuzas ocasionales con tropas republicanas, tan escasas como ellos, cuando alguno de los bandos se asomaba a la otra provincia cruzando el puerto. Dentro de aquello, Felipe fue un combatiente normal, pero Eduardo cumplió su deseo de no disparar un tiro. Se ofreció como topógrafo, dibujante e ingeniero, así que se dedicó a trabajos técnicos, de otro lado innecesarios. También fue correo con un desvencijado autobús, que alguna vez tenía que pasar por en medio de un enclave rojo, por lo que había aprendido a conducir sentándose en el suelo y sin mirar la carretera. Tenía fusil, pero a mí me dijo en su momento que sólo había disparado 3 ó 4 tiros al aire.
Eduardo no sabía muy bien qué es lo que era eso de la Falange, ni conocía el "Cara al Sol", ni el saludo romano. Pero fue ardorosamente adoctrinado por mi hermano Felipe y por otro falangista de Vierdes, y le prestaron ajados recortes de artículos de Primo de Rivera y algún libro. Inseguro e ingenuo en política por su temperamento de artista, acabó creyendo a pies juntillas en el amanecer de la nueva España. Pero aunque su cambio se explicara por todo lo ocurrido, yo nunca comprendí completamente su entusiasmo de la posguerra, y, mucho menos, el que siguiera siendo franquista, aunque cada día con mayor desengaño, durante toda su vida.

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Aquella guerra de juguete acabó cuando el ejército que atacaba Regium desvió una columna para entrar por el puerto del nacimiento del Vayo. Al destacamento falangista se le ordenó incorporarse a aquél batallón, que hizo alto en una Vierdes que habían acabado de conquistar.
El comandante del batallón sabía que uno de los falangistas que se habían incorporado en León tenía carrera. Era Eduardo, claro, y lo mandó llamar. "Usté es de aquí y tiene carrera, ¿no?" "Sí, mi comandante". "Muy bien. Queda usté licenciado porque le nombro alcalde de Vierdes. El batallón se va pasado mañana, pero usté, naturalmente, se queda al mando del municipio. Aquí tiene el oficio. Tiene usté mando sobre la Guardia Civil y responderá ante el comandante militar de Regium. ¡Ah, por cierto! También ha sido nombrado jefe local de Falange, aquí tiene el papel. Puede usté nombrar teniente de alcalde, concejales, o lo que le haga falta, pero a partir de ahora usté responde de este lugar".
Eduardo se quedó de una pieza y le dio algo de vértigo, más por las vueltas a que la vida le llevaba que por una responsabilidad que no imaginaba muy grande. Fue a ver a sus padres, que no estaban, y recorrió luego el pueblo, vestido de soldado falangista.
El corazón le latió fuertemente al comprobar que Vierdes estaba casi en ruinas. De los dos puentes sobre el Vayo, uno de ellos, el hermoso puente antiguo, estaba roto. El Ayuntamiento no tenía torre ni cubierta. Del hermoso palacio de Intriago, con su torre pintada, quedaba bien poco. Algunas casas estaban completamente destruidas, pues a consecuencia de las bombas se habían incendiado. Vio con espanto que entre ellas estaba precisamente la casa de la familia de su madre que tenía debajo la tienda "El Comercio". De ella sólo quedaban los muros y la ennegrecida fachada y algunos días después le contaron que, cuando fue bombardeada y se inició un incendio, nadie se preocupó por apagarlo, aunque sí hubo varios que saquearon la casa y la tienda y se llevaron todo lo que había de valor. En la tienda era mucho.
Se enteró también de que, al empezar la conquista de la comarca por el ejército rebelde, casi todo el pueblo había huido, y entre ellos nuestros padres. Se habían ido a la aldea de Soto, a casa de unos parientes, pensando que allí se librarían de los combates. No fue así, pues Soto se convirtió en una parte especialmente violenta del frente y la casa -un palacio de aldea- fue ocupada varias veces por la jefatura de uno y otro bando. Además, unos tiros de mortero alcanzaron el palacio e hirieron a mi padre, que quedó con metralla en el cuerpo. Un año y medio después estas heridas le llevarían a la muerte.
Cuando se enteraron de que Vierdes había sido definitivamente ocupado por los militares, bajaron hacia allá, mi padre en camilla. Estaban con ellos las hermanas de mi madre, Africa, Manuela, y Soledad, dos solteras y una viuda. Al llegar cerca de Vierdes, y subido en un pequeño carro de combate, encontraron a Pablo Pérez de la Torre, un médico valenciano, casado con una vierdesa amiga de mi familia, y que era falangista de la primera hora. Al verlos, dio un salto y fue a su encuentro: "Os ayudaré a llegar, pero tomadlo con calma, porque las de "El Comercio" ya no tenéis casa". Mi madre y sus hermanas quedaron muy compungidas, sobre todo porque su madre -mi abuela Petra-, que estaba muy anciana, se había quedado en Vierdes con una antigua sirvienta, y las habían dejado viviendo en su casa. El susto no pasó de tal, pues la abuela estaba en una casa vecina. Madre e hijas lloraron amargamente delante de su destruida casa y de su destruido negocio.
Eduardo, mientras se hacía cargo de los desastres de su pueblo, ahora bajo su blando pero puritano yugo de artista, pensaba que el apocalipsis que sus padres temían había al fin llegado y que el dolor, la miseria y la muerte que doña Belarmina había predicho se habían hecho abrumadoramente presentes. Recordó con cierta vergüenza y un tanto de angustia que en León la guerra le había parecido bella; se dio cuenta que no había vivido la guerra de verdad, aunque sí había vivido e iba a vivir ahora sus dramáticas consecuencias.
Posesionado del municipio decidió nombrar a su amigo Leocadio Bilbao -un pintor y artesano de cierta fortuna, hijo natural de don Juan Antonio, pintor de bastante fama y amigo de mi padre- primer teniente de alcalde, así como segundo jefe de Falange. Leocadio, que no había salido de Vierdes en la guerra, no sabía muy bien qué cosa era exactamente esto último, pero, ingenuo y bonachón y con gran admiración y afecto por Eduardo, aceptó complacido, convirtiéndose de inmediato en un gran entusiasta.
En aquellos primeros días llegó un teniente de la Guardia Civil, que se le presentó con una credencial de jefe del cuartel local y de los cuartelillos del concejo. El capitán que anteriormente mandaba, que era republicano, había desaparecido, pero los guardias eran los mismos, y obedecían las órdenes del jefe con tal de que tuviera estrellas en la bocamanga, fuera quien fuese y dijera lo que dijera.
La presencia del teniente le recordó que su tío el cura estaba en la cárcel, y que era probable que allí siguiera. En efecto, allí estaba, pero también algunos de los que le habían encarcelado: varios miembros del Comité rojo, se habían refugiado en la prisión del partido, exigiendo, casi, ser detenidos, y los guardias les habían encerrado. Eran gentes sin gana de exilios, aquel era su pueblo, de donde nunca habían salido, y no estaban dispuestos a marchar. Total, ellos no habían hecho nada, montar un municipio local revolucionario, que había sido un poco como de zarzuela, no habían matado a nadie y en la cárcel estaba solo el cura. Ahora saldría el cura, pero ellos -pensaban- tampoco tardarían demasiado.
Mi hermano mandó abrir la celda de don Faustino, se asomó, y le dijo que saliera. El cura, demacrado y barbudo, sin levantarse del camastro en que estaba sentado, le dijo: "Sobrino, no me gusta nada verte, ni creas que me da gusto tampoco que me saques de aquí, porque tú eres de un bando, y yo no soy de ninguno. Y no pienses que lo digo porque eres del bando que me prohibió decir misa y me metió en la cárcel, porque yo, aunque no odio, porque me está prohibido, rechazo por igual los dos bandos que han llevado a esta guerra maldita. Igual me dan rojos que azules, republicanos que monárquicos; no sé porqué se creyeron que estaban autorizados a convertir la patria en un campo de batalla y a llevarla a la ruina en que sin duda estará. He pensado mucho en este tiempo, que me ha sido materialmente soportable, pero moralmente desesperante. Y he oído, además, en los últimos días, la ruina de este pueblo, los bombardeos; he olido, y oído, los incendios, el paso de las turbas y las peleas. Y he decidido que, sea cual sea, yo no soy de vuestro mundo. No saldré de aquí si no puedo abrir mi iglesia, si es que todavía está en pie. Un cura sin iglesia es una vergüenza, no tiene sentido; mejor está en la cárcel". Permaneció sentado y cruzó sus brazos sobre el cuerpo.
Eduardo le dijo: "Tío, las cosas han cambiado, es lo primero que debes saber. Fui obligado a pasarme, volví a Vierdes con el ejército, y el jefe de batallón me nombró alcalde. Ya entiendes, alcalde del alzamiento, no de la república. Podrás abrir tu iglesia -dentro de un rato, si quieres-, que está en pie, y pronto verás que, aunque ahora no te lo parezca, eres de los nuestros. Por sentido cívico, y no por una fe que hace tiempo perdí, defendí a la religión y a tu iglesia, y, por ello, fui expulsado de la república y de la revolución. Aunque ya estaba bastante desengañado de todo, tampoco confiaba nada en la mezcla de carcas, monárquicos y militares que formaban el bando rebelde. Pero al pasarme me he enterado de que las ideas de todo esto son las de la Falange, el partido de acción que fundó el hijo de Primo de Rivera, al cual pertenezco ahora, y que es el partido único. Sus ideas son sociales, cultas, de regeneración y de progreso, y yo creo que con ellas España saldrá adelante. Por otro lado la guerra, aunque no ha acabado, ya no tendrá lugar en Vierdes, que volverá a vivir en una retaguardia tranquila, parecida a la que tuvimos con el Comité. En el pueblo, efectivamente, hay muchos destrozos. Un puente apenas existe; el ayuntamiento está medio derruido; algunas, bastantes casas, se han incendiado y solo quedan los muros; entre ellas, la nuestra, por cierto; la de mi abuela, quiero decir, la de "El Comercio". Pero la verdad es que, aunque el pueblo te ofrecerá al principio una imagen terrible, desoladora, ya verás que la mayoría de las casas están en pie, muchas de ellas intactas, incluso, o con desperfectos no muy grandes. Ha muerto gente, es verdad, y bastantes han huido, pero la mayoría están aquí y vivos, y otros que se habían ido antes volverán, si no inmediatamente, cuando la guerra, al fin, haya terminado. La vamos a ganar nosotros, eso ya está claro, tarde lo que tarde, pues la caída de Regium es definitiva. La vida va a seguir, tío, y tú con ella, pues continúas siendo el arcipreste de Vierdes, y podrás decir todas las misas que quieras. La vida va a seguir y, cuando se pueda, habrá que reconstruir el pueblo. Ahora habrá que organizarlo un poco, sobre todo los suministros; y el campo, porque lo más importante es que la gente pueda comer. A tu casa, por cierto, no le ha pasado nada, pero mejor será que vengas a casa de mis padres, a comer algo y a bañarte. ¡Ah!, se me olvidaba decirte que mi pobre padre está mal, lo hirieron en Soto, donde fueron a refugiarse, con tan mala suerte que les cogió allí el frente. Vamos".
El cura, más o menos convencido y algo confortado, se levantó. Cuando salían, Canteli, uno de los del Comité que estaba allí, y que había oído el parlamento de ambos, gritó: "Alonso, Alonso, aquí estamos casi todos, ¿qué será de nosotros? Nuestras familias no saben ni que pasó, ni si estamos muertos, o si nos escapamos, o qué, ¿qué vais a hacer con nosotros?". Eduardo se quedó parado, y dijo: "La verdad es que no lo sé. Para no engañaros he oído hablar de situaciones muy duras -ya me entendéis- con los mandos rojos que no se han escapado, pero aquí mando yo y, al menos de momento, no pasará nada, os quedareis ahí. Cuando la cosa esté más pacífica y se estabilice un tanto pediré instrucciones a la comandancia militar de Regium. No sé si os formarán proceso, os llevarán a otro sitio, o que pasará. De todos modos, yo no dejaré de informar cuando lo vea oportuno de que vuestro comportamiento, más allá del político, fue bastante impecable, porque algunos pelillos pendientes, los echaremos sin más a la mar. Yo os tendré al corriente de lo que pudiera ocurrir y ahora diré a los guardias que digan a vuestra gente que estáis presos, pero bien".
El párroco quería ir a la iglesia sin más, pero Eduardo le convenció de que tenía que comer, bañarse y vestirse antes de abrirla, pues ni siquiera tenía la llave. Tío y sobrino se fueron a casa. La gente miraba a don Faustino, de paisano y con barba y, al reconocerle, le saludaban. Algunos le abrazaban y, así, entre saludos y comentarios demoraron bastante la llegada a casa de nuestros padres. Don Faustino saludó a su cuñada con cierta precipitación, pues quería ver a su hermano herido. Mi padre, en cama, vendado y con fiebre, se emocionó al ver a su hermano y, en principio, no le salía la palabra. Se abrazaron largo rato en silencio y, al fin, mi padre dijo: "¡Ay, Faustino! Al menos, al verte libre, ya sé que las cosas van por su cauce y que esta guerra miserable acabará algún día, ya no muy lejano. Yo, de todos modos, no creo que lo vea, pues esta herida me mata. Fuimos a Soto, al palacio de los Cortés, que tuvieron la gentileza de insistir en que fuéramos a refugiarnos antes de que la guerra llegara a Vierdes, pero con tan mala fortuna que fue allí donde llegó. No puedes imaginarte lo mala que es la guerra. El palacio quedó en el medio del frente y era tomado, una y otra vez, por un bando distinto. La última vez que llamaron a la puerta, Africa, mi cuñada, que estaba más cerca, se negó a abrir si no eran los militares, cosa que no sabíamos. Yo ya estaba herido y lo oía todo desde lejos. Al fin abrió alguien, y eran en efecto los militares, los mismos que ya habían estado allí, y que nos dijeron que la posición se había tomado definitivamente, y que Vierdes también, por lo que podríamos irnos a casa. A mí me tuvieron que llevar en camilla y por el camino nos enteramos de que "El Comercio" se había incendidado".
Calló, y su hermano le dijo: "¡Ay, Daniel, cuanto daría por ser yo el herido y que tú estuvieras bien! Yo, al fin y al cabo, no soy más que un pobre cura de aldea, mi persona no tiene importancia, y mi oficio -yo creo que un oficio fácil- lo puede hacer cualquier otro cura. Ya me enteré que perdimos al pobre Narciso. Mira de lo que le sirvió la república. Yo pediré todos los días por tí en la misa, y espero que pronto estarás bien. Dios me lo concederá".
Dejaron descansar al herido. El párroco no quería más que la llave de la iglesia y la de su casa, pero le convencieron de que se bañase y comiera algo. No quiso afeitarse, ya lo haría al día siguiente. Mi madre le sirvió fariñas de maíz con un poco de chorizo y un vaso de leche con castañas, que don Faustino devoró con placer. Las manos de mi madre estaban hechas para la comida, todo lo que salía de ellas sabía a gloria, así que aquellas humildes fariñas con unos trocitos de chorizo casi simbólicos le sentaron muy bien al derrotado pero ya esperanzado cura. Quería irse rápido y Eduardo lo acompañó. Fueron a su casa; entró como una tromba y en segundos se vistió una raída sotana y volvió a salir. Subieron a la iglesia y abrieron; estaba todo lleno de polvo, pero igual que la había dejado.
Quiso decir misa, pero se encontró sin especies; halló sólo un poco de vino avinagrado y unas formas rancias y mohosas de humedad y no se atrevió a utilizarlas. Salió fuera y en una casa pidió un trozo de pan y un vaso de vino. "Esto vale", volvió diciendo. Se fue al pie de la torre y, como pudo, empezó a tocar la campana. Lo hacía mal y se fatigaba, así que Eduardo le ayudó, y lograron tocar entre los dos un extraño aunque brioso repique. Aparecieron algunas personas del barrio y se enteraron que había misa. Sin esperar se revistió; no sabía que misa tocaba, pero se puso los ornamentos blancos, pues pensó que, en cualquier caso, era día de gloria. Algunas mujeres asistieron y Eduardo, que no tuvo más remedio que quedarse, pensaba que aquella imagen era la misma de siempre, aunque bien era verdad que las cosas habían cambiado. Por ejemplo, el tendría que ir a misa, pues como autoridad de un régimen al parecer oficialmente católico, no tendría más remedio. Era aquél un sentimiento agridulce, imposible de valorar.
En los días siguientes, y a salvo de la desastrosa imagen de las destrucciones, el pueblo parecía recobrar su ambiente de pasiva retaguardia, idéntico al vivido bajo el Comité. Eduardo pensó que hasta que la guerra acabara seguirían viviendo aquel tiempo parado que ya habían vivido, un tiempo que no parecía correr y que, a despecho de las estaciones, volvía en apariencia al mismo punto, recorría de nuevo el mismo año. Pero, ¡ay!, cuando la guerra, al fin, acabara, se verían obligados a vivir una nueva vida, una vida dura, real, en la que el reloj empezaba a marcar de nuevo las horas de un tiempo desconocido, ya sin el dramático pero tranquilo sopor de la retaguardia.
Decidió librarse de su uniforme de soldado y vestirse de civil, pero se puso camisa azul y corbata negra como signo del partido y de su autoridad, que el pueblo aprendería enseguida. Le dijo a Bilbao, su teniente de alcalde, que hiciera lo mismo. Instalaron el ayuntamiento en una casa unifamiliar de la carretera nueva, que estaba vacía y que incautaron para ello. Llevaron todos los archivos y papeles que pudieron rescatar del antiguo Palacio de Justicia y decidieron trabajar en la organización y el abastecimiento del pueblo.
Fue a ver a doña Belarmina, que nunca salía de casa, aunque ahora volvía a hacerlo sólo para ir a la iglesia. "Ya sé" -le dijo ella- "que eres la primera autoridad del nuevo régimen. Quien lo iba a decir, después de todo. Si Narciso lo viera no sé si te entendería, aunque algunas veces pienso -Dios me perdone- que mejor le ha valido morir, pues le hubiera sido bien difícil soportar el hundimiento de la república y ver ganar a un régimen de curas y militares, lo que menos podía tragar. Además, igual le hubieran encarcelado éstos también; claro que ahora con tu posición tal vez sería distinto. Por lo que a mí respecta, me da lo mismo; o, mejor dicho, me alegro; este régimen será cómodo para mí y que mandes tú, tanto mejor. No estoy tan segura de lo que será para ti, sin embargo, que te has visto tan comprometido desde el principio. En fin, se acabó mi miedo a la revolución, pues espero que los antecedentes de mi hermano no me perjudiquen. No sé si debo tomar alguna actitud, alguna precaución, tú me dirás".
"No, Belarmina. Tú eres de buena familia, católica conocida y además rica. Nadie se meterá contigo, todo lo contrario. Tío Narciso era republicano, pero lo mataron los rojos, así que, paradojas de la vida, casi se ha convertido en mártir del régimen, ¡qué diría si lo supiera! Unicamente debes esconder bien, o, casi mejor quemar, aquella bandera republicana que tenías y que me han dicho que fue la se usó en el entierro. Como pasa en cualquier política, en este régimen van a tener mucha importancia las imágenes. Quizá fuera conveniente que te hicieras con una bandera monárquica -nacional, quiero decir-, y la pusieras en un balcón cuando haya celebraciones, o lo que sea. No ahorres tu explícita adhesión al alzamiento, cuando venga a cuento, y no tendrás problemas. De todos modos debería advertirte que yo soy ya lo que se puede decir un convencido; creo que las ideas de la Falange, si se cumplen y se trabaja bien, sacarán adelante España, sobre todo una vez que la guerra se acabe, y yo haré lo que me toque porque así sea, por preparar esa senda. Es cierto que yo fui arrebatado por un destino contradictorio; que, sin voluntad mía, llevó mi vida por caminos sorprendentes. Pero ahora, me parece bien tal y como han venido a suceder las cosas, no creas que tengo ni un ápice de cinismo en mi posición actual; soy incapaz de ello, bien me conoces." "Bien, me parece bien, Eduardo. Mejor así. Dile a tu padre, el pobre, que iré a verle, y que me pidan cualquier cosa que puedan necesitar".

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Hasta que la guerra acabó Eduardo solo tuvo un verdadero problema. Ya al final, después que cayó Barcelona, vinieron a buscarle de Regium para que fuera a ver al comandante militar. Fueron instrucciones y cosas de rutina, pero al volver a Vierdes le esperaba Leocadio Bilbao, su teniente de Alcalde, con aspecto preocupado y de gran excitación. "¡Menos mal que llegaste! Hoy han aparecido en el ayuntamiento Carlos Pérez y Roberto Pandiella, que son combatientes falangistas, como sabes, y están de permiso después de la campaña del Ebro. Se presentaron aquí de uniforme, con pistola y hasta medallas, impresionantes realmente, y me dijeron, de forma bastante grosera, por cierto, que a ver que pasaba con los del Comité; que ya que no se les había juzgado lo mejor sería pasearlos, cosa que estaban dispuestos a hacer ellos mismos e inmediatamente. Pandiella es, por lo visto, jefe de centuria, según dijo, y lleva una estampilla de capitán. Pretendió intimidarme y hasta me requirió para que les entregara a los presos, cosa que no había conseguido del teniente de la guardia civil, al que intentó someter por su grado, pero que no cedió, claro, y me los mandó a mí. Yo les puse las peras al cuarto: les solté un par de gritos y les dije que, en tu ausencia, era el alcalde y el jefe de Falange y, por lo tanto, máxima autoridad de Vierdes. Que no iban a conseguir nada de mí y que, si querían, tendrían en todo caso que esperarte. Eso fue porque insistieron, no creas que te preparé una encerrona; no he podido con ellos y los tienes ahora en el ayuntamiento esperando que llegues."
Eduardo no dijo nada y se fueron los dos hacia la casa que hacía las veces de consistorial. Los falangistas estaban en la puerta; se saludaron los cuatro a la romana y Eduardo, sin darles tiempo a hablar, les dijo. "Hoy no puedo recibiros. Os mandaré llamar" "¿Cómo que no puedes recibirnos?" -dijo Pandiella con mal tono- "¿Por qué?" "¿Es que no me has oído? Hoy no puedo recibiros, y basta. No tengo yo noticia de que tenga que darte cuenta a ti de mi tiempo y de mis asuntos. Repito que os mandaré llamar, si no os ponéis muy pesados". Los dejó de una pieza y se fueron enfadados y murmurando.
Eduardo dejó pasar varios días por la pereza que le daba recibir a los falangistas y con la esperanza de que se fueran, pero, al fin, decidió llamarlos. Llamó también a Leocadio para que estuviera presente y, fingiendo no estar enterado de nada, les preguntó que se les ofrecía. Pandiella contestó: "Alonso, sabes muy bien a qué venimos. Esos canallas del Comité están en la cárcel tan ricamente, y eso no puede ser. Que se les lleve a Regium para que dispongan o, mejor aún, que se les pasee aquí mismo. Si queréis, lo podemos hacer nosotros." "Pandiella," -respondió Eduardo- "lo primero que tengo que decirte es que aquí tú no das órdenes, y me pareció escuchar un tono de orden por tu parte, cuando sólo a mí me corresponde darlas. Pero, vayamos al asunto: tú eres más joven que yo y a lo mejor es por eso por lo que no te acuerdas de los del Comité. Yo los conozco de siempre, y no recuerdo que fueran canallas. Eran y son, pobre gente, de pocos recursos y de malos trabajos. Cuando llegó la guerra, aquí mandaba el Frente Popular, y estos no hicieron más que lo que era lógico que hiciesen. Bueno, es cierto que echaron del ayuntamiento a los dos concejales republicanos, y proclamaron la revolución, pero aquí no hubo otra revolución que poner de barrenderos a Ramón, tu primo, y a Luis Remis, cosa que demostraba su tino y su buen gusto, pues eran y son los señoritos más inútiles y más tontos del pueblo. Encarcelaron a mi tío Faustino, pero fue por que se puso chulo. Hubo otros en la cárcel, pero sin consecuencias; no mataron a nadie y las incautaciones fueron las normales en una guerra; vehículos, en realidad. En Regium saben de su existencia, y seguiré en este asunto a la espera de órdenes. Así que no hay más que hablar al respecto". Calló, pero quedó pensativo unos segundos, y antes de que Pandiella hubiera podido pergeñar su réplica, continuó: "Aunque, bien pensado, no me parece que pueda pasar por alto lo que creo haber oído. Si no me equivoco, os ofrecisteis para pasearlos vosotros mismos, y, ante esto, debo decirte que, como vestimos el mismo uniforme -aunque yo no voy por ahí como si siguiera de patrulla- me avergüenzo, no de vestirlo yo, por supuesto, sino de que tú, de que vosotros, lo vistáis también y lo estéis luciendo por ahí con arrogancia chulesca. ¿Así que, para celebrar que en Vierdes no hubo, ni en la república ni en la guerra, ningún asesinato político, vais a cometerlo vosotros, y por lo visto en nombre del Alzamiento Nacional? Pues estamos fritos, esto era lo que nos faltaba. Para pasear al Comité tenéis que hacerlo antes con Leocadio y conmigo, por lo menos. Espero que vuestro permiso se acabe y os vayáis pronto. No tengo nada más que decir, y vosotros tampoco. Adiós, y arriba España". E hizo el saludo romano.
Perez y Pandiella saludaron casi inconscientemente, con un automatismo militar, pero la indignación de ambos era patente, y Pandiella dijo: "Alonso, esto no va a quedar así. Esto lo sabrá en Regium quien deba saberlo, porque si lo del paseo puede ser una exageración, esta gente tiene que ser juzgada y condenada por sus delitos políticos. Haces mal en hablar como lo has hecho; esto no quedará así." "He dicho bien claro que la conversación había terminado. Pero, ya que insistís, os haré dos advertencias: tenéis prohibido ir por la cárcel; avisaré a los guardias para que os impidan la entrada. No puedo echaros del pueblo, pero sí prohibiros el uso de otro uniforme que no sea el de paseo, si es que lo tenéis, y también el llevar armas. En adelante, y si no os vais, que sería lo mejor, o uniforme de paseo, o simple camisa azul debajo de la americana, como vamos nosotros, y la pistola en casa, que aquí ni hay frente ni hay otro cuartel que el de la Guardia Civil. Y ahora, andando, que tengo prisa." Pero Pérez dijo todavía: "A tí lo que te pasa, Alonso, es que fuiste rojo, y parece que todavía lo debes ser. Defender a los rojos es ser rojo." "Como me calientes, mentecato, te meto en la cárcel por insulto a la autoridad" exclamó Leocadio indignado, casi fuera de sí. "Calla, calla Leocadio, que se vayan. Aunque os vais a ir con otra advertencia más importante. Aquí hay, y siempre hubo, un toque de queda muy poco riguroso, la gente sale a los bares y al Casino, sin que se les diga nada. Pero para vosotros lo va a ser: si os encuentro por la calle durante el toque, os echaré. Y, esperad, otra cosa más: si quieres Pérez, puedes contarlo todo en Regium, y decir además que yo soy rojo, en realidad, y que por eso pasa lo que pasa. Se lo puedes contar, por ejemplo, a Angel Torner, que es el jefe provincial de Falange, y amigo mío desde los años 20, fuimos compañeros en Madrid en la Residencia de Estudiantes. Te entenderá muy bien, porque él también era republicano al empezar la guerra. Bueno, ale, a la calle".
Cuando se habían ido, Leocadio dijo, entusiasta: "Muy bien Eduardo; estuviste genial. Parecías Clark Gable en “El motín del Bounty”, de verdad. Pero estos fulanos son peligrosos, seguro que dan la lata. Además, en Regium no saben nada, si lo cuentan habrá lío. Lío para los del Comité, quiero decir." "La verdad es que a Regium no hemos dicho nunca nada" -Eduardo sonreía con la comparación cinematográfica de Leocadio y su capacidad para eliminar el dramatismo de las cosas- "aunque saber lo saben, al menos oficialmente; acuérdate de que una vez pidieron a la Cuardia Civil una relación de prisioneros. Bueno, ya veremos; por hoy ya va bien".
Hasta el final de la guerra ya no hubo en Vierdes otra cosa de importancia que la boda de Eduardo, que se casó al final del 38. Se contaban chistes, disfrazados de anécdotas, sobre el asedio de Regium, y se inventaban mitos sobre su extrema dureza, que fue real. Un tal Senén Díaz, que estaba dentro durante el sitio de la ciudad, le decía a Leocadio: "Chico, lo pasamos fatal; no teníamos que comer y, al final, ni siquiera había agua: teníamos que beber colonia" "¡Bueno, home, bueno, qué barbardidá!" -contestó Leocadio- "Mearíais en el pañuelo, ¿no?". Las hermanas de mi abuela, que se habían quedado sin casa, se fueron a vivir al chalé de la tía Rosa, que ya antes habían usado algo por indicación de ella misma y para que la casa se conservara bien. En el sótano encontraron una bandera nacional, con agujeros y signos de batalla. Llamaron a Eduardo para entregársela, pero él les dijo que se la quedaran para engalanar la casa los días de fiesta.

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